Aprender un idioma

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idiomaCuando se escucha una historia en medio de una conversación lo que el receptor de las palabras hace es organizar hechos en su mente, compilando acontecimientos para que la información tenga sentido. Ese trabajo es propuesto por quien cuenta la historia, teniendo el narrador el desafío no sólo de comunicar los datos de manera comprensible sino también de dotar a su narración de expresividad, suspenso y gracia. Quien escucha, entonces, debe cuidar de no distraerse, porque si no entiende deberá preguntar, si pregunta habrá que detenerse y recapitular y si el narrador se detiene (todos sabemos esto) la historia pierde intensidad y atractivo.

Hay quienes gustan de hacer puzzles de piezas como pasatiempo. Pueden, pacientemente, pasar horas de las tardes sentados frente a una mesa, frente a un panorama despedazado y disperso que requiere ser unificado. Quien hace puzzles siente ese deber como si se tratase de un compromiso con el orden de la tierra. Cada pieza va en su lugar conforme a criterios de forma (cada una es en realidad un encaje) y fondo (no sólo deben calzar, sino también tener sentido pictórico en el cuadro). El resultado es una nueva imagen compuesta de pequeños pedazos que se presenta ante el mundo; un pan hecho miga a miga, la copa de un árbol completado hoja a hoja.

Hay otro tipo de puzzles que son un conocido pasatiempo; aquellos cuyas piezas son letras. La palabra como unidad de sentido reclama un sinónimo ahí donde se ofrecen casillas, y el coleccionista de letras las piensa y busca, se vale de una contabilidad literaria para encontrar el encaje en el papel y así poder rellenar y armar decenas de casillas donde a su vez afloran otras palabras. Estos son los puzzles que encontramos en diarios o revistas; el coleccionista debe estar atento al significado (donde se requiere una sinonimia) y a la forma (la extensión de la palabra que encuentre como respuesta). Ello construye, finalmente, una locución que convive con otras en un misterioso plano de definiciones contrapuestas y entremezcladas, como un puñado de semillas de sentido o un curanto de significados.

Existe a su vez un tercer tipo de pasatiempos (y es aquí donde quería llegar, espero el lector disculpe mi tardanza) muy parecido a los puzzles de piezas, similar también a los de sinonimia de palabras: se trata de aprender un idioma, rellenar el vacío de espacio mental con nuevo sentido sonoro y semántico. Se trata de una actividad pastoril, donde el aprendiz recorre campos y sierras de textos y conversaciones cuya magnitud no entiende, cuya extensión no dimensiona, y se inclina, consciente de su pequeñez, a recoger palabras, conjugaciones y significados como si fuesen pequeñas piedras preciosas que guarda en un mediano saco de cuero junto al cinturón. Y cada tarde vuelve en silencio al calor del hogar para contarlas con la esperanza de usarlas correctamente algún día.

Aprender un idioma se ha vuelto un ejercicio de pertenencia a la humanidad, una actividad que nos recuerda que, sin importar cuánto conocimiento podamos reunir, o cuan cultos podamos llegar a ser, seguiremos siendo bárbaros en algún punto. Siempre existirá un idioma que nos suene a expresiones dichas en bocas llenas de piedras, y eso nos alerta de que siempre habrá alguien que con justicia reclame ser escuchado y comprendido. Aprender un idioma es aceptar a otras personas.

El ejercicio descrito es particular porque nos lleva a pasajes de la infancia. Se trata de una actividad primaria e íntima porque hay que re-aprender palabras que comúnmente se ofrecen como instaladas desde primera edad en nuestros esquemas lingüísticos. Al volver a aprender las locuciones casa, mamá, persona, perro el aprendiz las revisa y ve en el espejo de éstas cuánto tiempo ha pasado, cuánto se han desgastado y nutrido los significados en el transcurso de su existencia. Y esa praxis, que puede ser a ratos pesarosa, contiene también elementos didácticos y frescos, porque al hablar se cometen muchos errores y toda persona sensible al pensamiento sabe que aquellos accidentes no producen sino sana risa.

De todas las maneras de viajar, es de las mejores, porque el trabajo de descubrimiento y construcción es suficientemente lento como para generar mundo interno y ensanchar la visión sobre las cosas. Lo difícil al viajar no es “abrir la mente” sino mantenerla abierta una vez que se vuelve del viaje. Ese es el verdadero desafío, el que como todos los verdaderamente importantes, se libra cotidianamente. Aprender un idioma es viajar hacia la cultura.

Para que un lenguaje muera no debe morir la última persona que sabe ese idioma. La partida se produce un paso antes, y esto es muy expresivo. Un idioma muere cuando muere la penúltima persona que sabía el idioma, dado a que quien queda en la tierra sabiéndolo ya no tendrá con quien conversarlo. Eso, porque el lenguaje se vitaliza cuando se comunica, como si tomase prestadas las energías de nuestro aliento. Con el movimiento de nuestro oxígeno cobra vida y recorre los confines del universo distribuyendo significado, como una sola conversación ininterrumpida.

Aprender un idioma es participar de ella.

El autor:

Cristóbal Hasbun | Abogado, Investigador en derecho penal, U.Mayor.

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