Fuego en la Conciencia de Chile

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Fuego en la Carcel de San Miguel

Fuego en la Carcel de San Miguel

Comentario a partir del libro
“Fuego en la Cárcel de San Miguel”
Autor: Diego Gonzalez Fuentes
Via X Ediciones, 2016.

Lo primero que se agradece de esta crónica de precisas 160 páginas es que relata con bastante tino y sensibilidad esta tragedia humana vivida en la Cárcel de San Miguel el 8 de diciembre del año 2010. La crónica no omite ni el clasismo ni el resentimiento que se esconde a ambos lados de la sociedad: el profundo desconocimiento de la situación de las poblaciones, los bajos fondos y villas marginales por parte de la mayoría de la élite, así como la clara percepción de que muchas injusticias sociales producen rabia y violencia por parte de los excluidos del sistema socioeconómico.

Luego de leer esta investigación periodística, que reconstruye la noche del incidente en formato de novela, no es sostenible mantener el argumento de que quienes están al cuidado del Estado en un recinto especialmente acondicionado para ello sean los responsables de su tragedia. A diferencia de la TV y los grandes medios que asignaron rápida y ligeramente la responsabilidad de la tragedia a la riña entre dos bandas rivales iniciada en el cuarto piso de la Torre 5 de la cárcel de San Miguel (ya que una banda impedía a la otra comercializar dulces y cigarros), González se da el espacio para revisar la situación estructural del sistema penitenciario chileno.

El autor le pone cifras a las condiciones de la Cárcel de San Miguel: la inhumana sobrepoblación y falta de intimidad de las cárceles (1.700 internos en un recinto diseñado para máximo 700 personas), las deficientes condiciones mínimas de higiene y salubridad (el agua de la cárcel no llegaba al cuarto piso con suficiente presión, además de graves problemas de la red húmeda y seca), la ausencia absoluta de un enfoque que persiga de forma real la rehabilitación.

A lo anterior se agrega el hacinamiento histórico y crónico de las cárceles chilenas, el aumento de las “prisiones preventivas” del 2000 en adelante con la implementación de la Reforma Procesal Penal, el triste récord de ser el segundo país en América Latina con la mayor cantidad de personas privadas de libertad (266 personas recluidas cada 100 mil habitantes).

Asimismo, frente al mito social del “alto costo de los presos para el Estado”, el autor relata con crudeza las condiciones de vida paupérrimas en el lugar donde se desembolsaban 500 pesos diarios por cada interno de San Miguel. Además, el Estado paga de multa 100 UTM diarios a empresas de las cárceles concesionadas en el caso de existir sobrepoblación de estas.

El texto reivindica el maltratado rol público de la Defensoría Pública, que históricamente defiende a los “imputados” y en esta ocasión debió defender a los celadores de la acusación del Fiscal Alejandro Peña de no haber brindado apoyo a tiempo a los presos. La responsabilidad de la tragedia no era, sostenía la Fiscalía, del sistema penitenciario nacional, de las políticas públicas impulsadas por el Ministerio de Justicia, de la Dirección de Gendarmería o del alcaide de la cárcel: era de los gendarmes que tenían esa noche el cuidado de la torre.

Al conocerse el resultado del juicio, los familiares de las víctimas reaccionan con rabia y frustración frente a la absolución de los gendarmes y funcionarios acusados por la Fiscalía. Pero el texto sugiere algo bastante posible en un país profundamente desigual como Chile: que la situación general de las cárceles hacen bastante probable una tragedia como esta y que la búsqueda de responsables “se cortó por lo más delgado” y dejó fuera de manera deliberada a los altos mandos institucionales (como el Ministro de Justicia o el Director de Gendarmería de la época).

81 razones para luchar

También la tragedia genera fuertes efectos en las familias afectadas: se conforma la coordinadora “81 Razones para luchar” liderada por César Pizarro (hermano de uno de los fallecidos), que mantienen la memoria colectiva de la tragedia y que al día de hoy denuncian los malos tratos y condiciones indignas de los privados de libertad.

Sorprende que la gran mayoría de los protagonistas del relato sean tan jóvenes, menores de 30 años: presos y gendarmes. Jóvenes, que terminan siendo ambos víctimas de un sistema social que lo obliga a confrontarse.  

Estremecedor resulta el relato íntimo de Patricio Bastías en medio del juicio oral, uno de los presidiarios sobrevivientes del incendio, cuando rebate abiertamente al abogado que plantea cándidamente que “todos quieren ayudarlos” y sostiene entre lágrimas que, ya en libertad y transcurrido más de un año del incendio, en las noches, escapa de su casa y aún no puede volver entrar a la cocina porque no puede verla prendida.

El libro da cuenta detallada de los casi nulos avances del sistema carcelario desde la ocurrencia de la tragedia hasta el día de hoy, a excepción de una minúscula medida: la prohibición de balones de gas y combustibles.

Al final, el libro emociona y conmociona porque nos hace realizarnos preguntas incómodas como sociedad: ¿Por qué en los delitos poco graves contra la propiedad -como son el robo, el hurto, la venta de cd’s piratas- hemos exigido que impliquen privación de libertad para sus responsables? ¿Por qué como sociedad preferimos encarcelar a quienes cometen delitos antes que intentar siquiera rehabilitarlos? ¿Tendrían las cárceles el mismo estándar con que actualmente cuentan si todos los chilenos -sin distinción de clase social- tuvieran que asistir a la misma cárcel? La sospecha de que la cárcel está inevitablemente diseñada sólo para los pobres resulta tan cruda como cierto. ¿Cuáles es la responsabilidad de los medios de comunicación que, cual reality show, plantean que los delitos quedan impunes si no hay prisión preventiva de inmediato para los potenciales responsables (aquí Ejemplo 1, Ejemplo 2, Ejemplo 3, por citar algunos)? ¿Dónde hemos dejado la solidaridad y la empatía por el otro o la hemos reemplazado simplemente por el “sálvese quien pueda”? ¿Qué significa la traducción para la convivencia social del slogan político “delincuentes, se les acabó la fiesta”? ¿De verdad es una buena solución sancionar y condenar penalmente a niños menores de 14 años, como proponen constantemente algunos parlamentarios?

Si las condiciones de las cárceles en Chile no han cambiado drásticamente y como sociedad en conjunto no hemos tomado conciencia de un enfoque penitenciario distinto, pareciera que aún no podemos sacar un aprendizaje o lección de esta tragedia. Y ya sabemos lo que pasa cuando nos proyectamos al futuro sin mirar y resolver nuestras heridas del pasado.

Para conocer cómo sufre el verdadero pueblo de Chile, este libro es uno de los pocos libros imprescindibles de los últimos años.

Mensaje de apoyo a los 81 caídos en los días posteriores.

Mensaje de apoyo a los 81 caídos en los días posteriores, en la cárcel de San Miguel.

 

El autor:

Matías Montenegro. Leo un poco y escribo menos que poco. Antes quería ser profesor de castellano, estudié psicología y hoy intento colaborar con que construyamos un país más justo. Se supone que soy el computín de Terminal.

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