Poe Terminal

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Mario Valdovinos reactiva la web de Revista Terminal con un artículo original sobre E. A. Poe, perfecto para días grises y noches largas. 

Poe Terminal

Edgar Allan Poe

Edgar Allan Poe

Las condiciones en que el escritor estadounidense Edgar Allan Poe (1809-1849) gestó su obra literaria, compuesta por poemas, una novela, críticas, ensayos y cuentos, género en el que destacó, fueron, cuando menos, siniestras. El azar o la causalidad, nunca lo sabremos, le deparó una existencia llena de sinsabores, novelesca y ahíta de infortunios. Una vida gótica semejante a la literatura que creó.

Nacido en Boston fue abandonado por sus padres, una inmadura pareja de actores itinerantes, bohemios e irresponsables, además ambos tuberculosos. Poe tuvo dos hermanos y el padre, un mediocre histrión que se hizo actor al enamorarse de Elizabeth Arnold, actriz vocacional, los abandonó antes de que Edgar cumpliera tres años. Del orfanato lo recogió  un próspero comerciante, míster John Allan, quizás por la tez nívea y los ojos azul eléctrico de la criatura. Esta relación, un padre que hace de tutor, ya que nunca lo adoptó oficialmente,  lejos de  resultar un emocionante idilio significó para ambos una desgracia pues sus personalidades eran absolutamente opuestas. Allan tenía, a espaldas de su mujer, hijos naturales, debía educarlos y no quería otra obligación de ese tipo.

El niño fue educado en Inglaterra. Imaginemos la odisea que significaba en el siglo XIX viajar por barco desde Estados Unidos a Gran Bretaña, viajaron mrs. Frances Allan, su madrastra, que lo adoraba, mr. John Allan y Edgar. El niño debió  resistir la represiva enseñanza inglesa. Castigos, detentions, reglazos en las nalgas y en las palmas de las manos, todo envuelto en un clima frío y hostil apto para impresionar a un chico sensible, diferente y talentoso. La educación no consiguió volverlo un integrado, un sumiso al orden imperante y logró lo contrario,  un individuo anárquico, un rebelde emboscado y silencioso, pero perseverante en sus proyectos literarios y en su vocación artística, aunque desmedrado en su existencia en la que rara vez dio puntada con hilo. Es muy probable que haya padecido bullying debido a su origen ultramarino y por su tímida inteligencia. Por aquel tiempo componía poemas y relatos poblados por los seres que sus afiebrados sueños le proporcionaban. Era aficionado a estrellas y mareas, no mostraba nada a nadie y siendo adolescente comenzó a rebelarse contra su padre. Años después, Oscar Wilde lanzaría uno de sus famosos aforismos: La juventud es una enfermedad que se cura con los años. Poe y Wilde murieron antes de llegar al medio siglo, vale decir, jóvenes. Víctimas de ese mal incurable.

Su padre adoptivo lo reprendía con severidad, el joven Poe había comenzado a beber whisky, fumaba tabaco, probó opio, que se comía por aquellos años, más un derivado del opio, el láudano, que se bebía con  cuentagotas, y blasfemaba contra su padre y contra el mundo, en  ese orden. Se sabe que la blasfemia cultivada con saña y esmero es otra forma de oración. El alma de Poe anhelaba que se infiltrara Dios en ella, tal vez sin saberlo, a su pesar quizás. La adolescencia, como se entiende y extiende hoy, era brevísima. Se pasaba de una infancia muda  a la vida adulta. Tras una ruptura con su padrastro, Poe se enroló como soldado raso en

el Ejército, la única manera que encontró de no caer en la miseria total, y tiempo después gestionó su ingreso a West Point para seguir la carrera militar, que agradaba a su huidizo progenitor y eludir así la abogacía o el comercio, las dos preferencias de Allan y las dos abominaciones de Edgar. Allan lo apoyó, pero sobrevinieron otras rupturas entre ambos y Poe, que detestaba la vida de cuartel, decidió hacerse expulsar. Lejos de reformarse a través de la odiosa disciplina, se volvió más díscolo e indescifrable, caprichoso y arbitrario. No concurría a las formaciones ni obedecía a las órdenes perentorias de los instructores y oficiales, fue sorprendido con aliento alcohólico, el uniforme desordenado y sin tener su ajuar de cadete en regla. Las reiteradas faltas, actitudes atrevidas y soberbias con los cabos y sargentos, motivaron que fuera desvinculado, previa ceremonia de degradación en el patio de la Academia Militar con toda su generación de cadetes presente. Su padre no lo perdonó y Poe quedó expuesto a los vientos de la desdicha. Sus biógrafos, entre los que están Baudelaire y Cortázar, mencionan que a propósito de deudas de juego que no podía pagar y significaban la deshonra y la prisión, le escribió una carta al padre: “Por el amor de Cristo no me dejes perecer por una suma de dinero cuya falta ni siquiera notarás”. El tono suplicante escondía también el deseo de que considerara el retorno al hogar de Edgar. John Allan lo salvó de ese naufragio puntual, pero le cerró las puertas de su casa y de su corazón. En abril de 1833 escribió la que sería la última carta a su padrastro: “En nombre de Dios, ten piedad de mí y sálvame de la destrucción”. No hubo respuesta. El joven no pudo cumplir la parábola del hijo pródigo y no volvieron a comunicarse.

Mientras tanto, Poe bebía y vivía a duras penas con la venta de sus relatos a los periódicos de Baltimore, Filadelfia y Nueva York, ciudades donde llegó en busca de trabajo, por unos puñados de dólares. Aparecía mal vestido, de barba y cabellera desordenadas, en las redacciones de los diarios. No obstante, sus cuentos de horror y misterio hipnotizaban a los lectores, pues la prensa escrita era el medio de comunicación dominante. Aparecían a la manera de entregas, de la misma forma que los vendedores de impresos llevaban a domicilio los folletines de las novelas decimonónicas, pertenecientes al Romanticismo y al Realismo literario, y también poesías, ensayos científicos, crónicas de viajes a regiones exóticas como África, Japón, China, India. Un lector expresivo les leía a los integrantes de la familia estos relatos fascinantes.

En el plano sentimental Poe experimentaba más dislocaciones. Se enamoró siempre de imposibles, que al ser mujeres idealizadas no podían devolver la intensidad entregada por el escritor.  Era, como lo sería después el pintor Van Gogh, un abandonado que apostaba sistemáticamente por el amor irrealizable. ¿Escondía, por ejemplo, un cuadro de impotencia sicológica a raíz del alcohol que le provocaba descalabros físicos?, ya que su cuerpo debido a disfunciones cardíacas, trastornos nerviosos y depresivos se intoxicaba fácilmente con las bebidas espirituosas, demostrando una clara intolerancia. Mientras tanto los lectores enviaban cartas a las redacciones de los periódicos y revistas en las que comentaban y elogiaban los cuentos de Poe, escogiendo sus favoritos: La máscara de la muerte roja, William Wilson, El gato negro, La carta robada, El extraño caso del señor Valdemar, El retrato oval, al punto que  estimularon al poeta a escribir su única novela, Aventuras de Arthur Gordon Pym, que conocieron los lectores por entregas. Al mismo tiempo, y por fortuna, logró cierta estabilidad emocional  al formar una bizarra familia compuesta por su tía María Clemm, Muddie, y la hija de ella, Virginia Clemm, Sis,  prima del poeta, de trece años (Poe tenía veinticinco) y de inteligencia limitada, un diáfano ser dependiente a quien desposó y, lo más probable, con quien se negó a consumar el matrimonio. Vivían los tres en condiciones de absoluta precariedad, soportando los fríos y las inclemencias de la otoñada, la nieve, la lluvia, las estaciones que sin tregua regresaban y los volvían más pobres y solitarios, cambiaban con frecuencia de domicilio, forma elegante de eludir el pago de los alquileres. Virginia es la inspiradora de su célebre poema Annabel Lee, a quien el hablante de los versos sigue amando después de muerta.

Poe compuso alrededor de sesenta cuentos traducidos todos a un español deslumbrante por Julio Cortázar en 1956. Es imposible no imaginar a estos monstruitos, en absoluto repugnantes, viviendo bajo el mismo techo, una tribu de maravillosos freaks. La tía y suegra del escritor cocinaba, Poe escribía, bebía a escondidas y comía opio, Virginia cantaba canciones religiosas ¡acompañada de un arpa que tocaba! o se sentaba durante horas frente a la ventana para esperar el tambaleante regreso de su esposo, Eddie, si bien ella no sabía que lo era.

La composición de El cuervo, su más célebre poema, obedece al momento en que el alcoholismo y la opiomanía de Poe llegaron a  su punto máximo, lo mismo que su romántica estética que el poeta cargaba en su alma y en su aspecto. Conservó su capa de cadete después de ser expulsado de West Point y la usó hasta el final, era un ave de plumaje enlutado, cargada de presagios En enero de 1847 había muerto su adorada esposa, de tuberculosis, vomitando sangre de sus pulmones desgarrados. El alma de Edgar se fue con ella. Virginia era una sombra y otra sombra seguía su cortejo con la capa de cadete sobre sus hombros. Vivieron juntos trece años, murió a los veintiséis,  y ella nunca superó en su mente la edad de siete años. El escritor gastaba en comprar el alucinógeno, no satanizado en su tiempo, lo poco que ganaba, tras la resaca lo abrumaban los reproches a sí mismo y las promesas, incumplidas, de no recaer. Agonizó botado en una calle fangosa, tras un día entero de lluvia, en Baltimore. Quiso seguir bebiendo, pero no podía pagar la cuenta y fue arrojado a la calle, a empujones. Allí quedó tendido y ahogado en la culpa y en la sensación de un fracaso oceánico, el más desventurado de los poetas, tal vez uno de los espíritus más refinados del siglo XIX en Estados Unidos.

Sobrevivió a este cataclismo cinco días más en un hospital de Baltimore, en medio de brumas mentales, alucinaciones, gritos y ráfagas de lucidez. En una de ellas alcanzó a decir “Que Dios se apiade de mi pobre alma”, y expiró, eran las 3 am del  7 de octubre de 1849.

La hora del graznido del cuervo.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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