Las olas son las mismas

LibrosPortadaRecomendaciones

Juan José Richards (Santiago, 1981) debuta en narrativa con Las olas son las mismas, retratando el ejercicio de una novela inconclusa, dibujando los mecanismos de la creación, juzgándolos, riéndose de los clichés y asumiendo la impotencia y la dificultad del punto final.

http://www.loslibrosdelamujerrota.com

http://www.loslibrosdelamujerrota.com

La novela dentro de la novela relaciona dos historias concéntricas donde el juego de proyecciones va incorporando y sumando soledades, rupturas, melancolías, con asociaciones climáticas que destacan la fuerza de la naturaleza y la precariedad de los personajes.

Todo comienza cuando Juan, un estudiante chileno de letras en Nueva York, encuentra un libro-bitácora abandonado en la biblioteca de la universidad. Al abrir el libro se encontrará con las notas del viaje de Aureline y Maxime, una joven pareja francesa que decide pasar los últimos días del fin del milenio en Valparaíso.

La bitácora escrita por ellos es leída como el vestigio de las ruinas de una relación, usando a la ciudad porteña como metáfora de un presente arruinado.  Juan seguirá el viaje de los franceses como si tuviera cámaras instaladas por toda la ciudad. El recorrido a pie, perdiéndose en calles, paisajes, la indecisión de cuáles caminos tomar, la entrada al cementerio sin permiso y la contemplación del mar, impregnará de impresiones y significados contrapuestos la psiquis de los protagonistas.

A Aurelien “le cuesta comprender que ese cúmulo de casas que parece estar cayéndose al mar es Valparaíso”. A Maxime, entretanto, “le gusta esa primera impresión que tiene del puerto abandonado a su suerte”. A través de estas diferentes visiones, se ve representado lo que cada uno está sintiendo por el otro, la distancia de los cuerpos, las miradas que se esquivan, los silencios propagándose.

Para Maxime todo indica que la relación está viviendo sus últimos momentos y lo acepta. Mientras Aurelien ve con ojos impotentes como la figura del otro se va desvaneciendo, sin tener a mano las herramientas necesarias para reconstruirla.  Por otro lado, Juan se verá como un satélite rondando las vidas de los franceses, canalizando su soledad y la lectura, en caminatas silenciosas por muelles, observando la vida que transcurre sin poder entrar, sobrevolando periféricamente,  sintiendo el frío, la nieve, las capas de hielo que cristalizan la mirada.

La escritura de Richards es pulcra, ajustada a la sensación interna del observador, Juan, y los observados, Aurelien y Maxime. El clima y las ciudades son los telones de fondo que ahogarán, presionarán y cubrirán de soledades, conflictos y resoluciones a ejecutar. La aparición constante de una lírica potente, va registrando la frialdad, la humedad, la tensión y las presiones internas de las dos ciudades protagonistas.

Si Valparaíso es la sombra destructiva que cae sobre los personajes, Nueva York aparece como una postal sin vida y abandonada que alberga la soledad de Juan y del narrador. Los autos cubiertos de nieve, los edificios vacíos, los basureros de plásticos configuran un presente quieto, muerto y congelado.

Sin duda, Richards sale airoso de la complejidad que intenta retratar: va sumando una y otra vez olas, capas, superficies a las historias, sin marear ni privar de brújula al lector. Así, el autor crea una novela llena de matices y múltiples significados para releer y encontrar nuevas historias, enfocándose en diferentes detalles, con muchos caminos para elegir y descubrir.

Las olas son las mismas

Juan José Richards

Los libros de la mujer rota, 2016, 108 páginas.

 

 

 

El autor:

Dejanos tu comentario