Fotografía en movimiento

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El Clochard se gasta los pocos pesos de la jubilación en adquirir una cámara para atrapar momentos. Tomas en medio del caminar errante.  

Fotografía en movimiento

www.culturainquieta.com / Foto: AFP

www.culturainquieta.com / Foto: AFP

Recuerdo mi caminar por la ciudad envuelta en el frío de agosto. Mirar la madrugada, cuando salía a recorrer calles cubiertas por la escarcha, y el horizonte andino de Santiago se volvía celeste y hacia el océano dominaba el rojo carmesí. Llevaba una mochila con mi cuaderno de apuntes y una cámara fotográfica Canon 7D,  LA cámara, la de los cineastas, pues toma fotos y graba imágenes en movimiento. La compré de ocasión con los ahorros de mi jubileo en la feria de Bío-Bío, brillaba en una cuneta irrespetuosa. Miraba los rostros ansiosos por la espera en los paraderos del Transantiago; una señora  tejía en el metro, ajena  a todo; un joven manipulaba su celular, como si esperara un milagro, el aviso de la llegada a su vida de un dios o de una fortuna repentina. En esos casos, y en otros, particularmente en lo relativo a los rostros que me conmueven, porque colecciono rostros que alguna vez se detuvieron en mí, como yo en ellos, extraigo, como si fuera un arma, pero un arma de luz, la cámara, y robo por un instante de vértigo sus imágenes. Las reacciones son de todo tipo: sorpresa, enojo, indiferencia, espanto. Los mayores, es probable que recuerden los aciagos años dictatoriales, cuando una foto en la calle podía ser parte del fichaje de un organismo de seguridad, la DINA, la CNI, y el primer paso para una desaparición, un exilio, un relegamiento o aparecer con el cuerpo  baleado en un sitio eriazo. En tiempos democráticos, con una democracia corrupta e intranquilizadora, no lo es. Pero tampoco es fácil tomar con serenidad  a un desconocido que te enfoca y te fotografía. Lo sé.

No suelo pedir permiso; trato de no ser agresivo ni invasor; a veces pido autorización. Rara vez alguien se niega, me pongo en el lugar de los capturados por la lente. También les digo que hago un reportaje sobre la lectura y los libros en los vagones del metro; sobre el empleo de los celulares en la calle; sobre la gente que duerme en autobuses y trenes.

En más de una oportunidad alguien se puso rígido y me espetó, con voz airada, que no tenía derecho a transgredir su privacidad, ese círculo que rodea a cada uno y donde solo entra quien tú autorizas a entrar, para un saludo, un abrazo o un beso. Y en otra ocasión, el airado agregó: “¡No está permitido sacar fotos a la gente en la calle!”. De inmediato pasó por mi mente el cuento Las babas del diablo, de Julio Cortázar, en el que el protagonista, el fotógrafo franco chileno Roberto Michael, captura con su Cóntax a una bizarra pareja que se acaricia en L´ile de la cité, en París, una fría mañana de domingo, un amanecer fisurado por rayos primaverales de sol. La mujer lo detecta y, fuera de sí, lo reprende, poniendo su mano en la cámara para censurarla, para cegar con sus dedos ese ojo imperativo. Michel replica diciéndole que no solo no hay impedimento para fotografiar lo que cada cual desee en la calle y donde le plazca, sino, y aquí está la clave que yo también he repetido ante los objetores de mi manía de coleccionista: ¡Tomar fotos no solo no está prohibido, sino que cuenta con el más decidido apoyo oficial y privado!

Y después de la efervescencia de algunos segundos, todo vuelve a la gran costumbre y las horas indiscretas envuelven al mundo y nadie se intimida, y yo sigo mi deambular por la ciudad que ya superó el invierno y la envuelve la luz.

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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