Un psicópata con una herida profunda

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Felipe Valdivia comparte su reseña al libro Dardos corporales: retrato de un homicida múltiple (Editorial Panspermia, 2015) de Jean Véliz D´Angelo (Chile, 1985).

Un psicópata con una herida profunda

Portada DardosLa gracia de la ficción en literatura es que todo está permitido, por lo que el autor puede darse “ciertos gustos”, como por ejemplo, crear nuevos países y ciudades; situaciones e incluso enfermedades. Algo parecido al Realismo Mágico. Es lo que ocurre en la novela Dardos corporales: retrato de un homicida múltiple (Panspermia, 2015), de la escritora chilena Jean Véliz DÁngelo, quien inventa una enfermedad óptica llamada Síndrome de Auschemberg, la cual afecta al protagonista de la historia, el fotógrafo Pablo Droguett. En lo sustancial, el mal impide percibir los colores en su totalidad teniendo sólo la capacidad de enfrentarse a los matices grises, por lo que Droguett cometerá una serie de crímenes con el objetivo de capturar fragmentos específicos de los cuerpos de sus fotografiadas.

Lo anterior, pareciera ser un spoiler sintetizado pero, a decir verdad, en esta obra no importa el qué, si no el cómo. Es esa, precisamente, la gran virtud que posee Véliz al tener la capacidad de imaginar, transformar y transmitir este tipo de historia definida como “una novela negra de corte psicológico”. Arriesgarse a inventar una enfermedad, cuyo progreso irá de la mano del personaje es una travesía de la cual se corre el riesgo de naufragar, lo que –a grandes rasgos– no ocurre en esta obra. Porque desde el arranque hasta el punto final sabemos que Droguett es un tipo sicópata, oscuro, insensible, frío (…) “parco, distante e impenetrable”. Siguiendo la lógica del “cómo”, parece mucho más importante determinar cómo va desarrollándose esta sed homicida y sicopática del personaje, por lo que la elección de un narrador-testigo en tercera persona, aquel que se encargará de contarnos detalladamente las acciones de Pablo Droguett, se presenta de forma coherente ante esta imposibilidad que tenemos como lectores de penetrar y saber qué piensa y siente el protagonista. Eso sí, el riesgo que se corre con este tipo de narradores es caer en excesivas descripciones, las que muchas veces parecen innecesarias. No obstante que hay algunas imágenes notables, lamentablemente en algunos pasajes de Dardos.. queda la sensación de que la historia avanza, pero lento. En ese sentido, hay que tener paciencia.

Pero convengamos que hechos sicopáticos y sangrientos merecen más espacio, sobre todo en literatura, por lo que la autora apelando al desarrollo adecuado tanto de la historia como de la propia personalidad del personaje, se toma su tiempo para exponernos el real problema de Pablo Droguett. Porque hay una insinuación constante de que lo que le afecta al protagonista va más allá de una simple enfermedad, sino que lleva consigo una herida invisible, profunda y desconocida para los lectores, la cual está insinuada en el arranque de la obra. Se trata del suicidio de su madre que lo afecta y determina para siempre.

Será este dolor el que lo marcará más de lo que uno pudiera creer, porque a fin de cuentas, detrás de este sicópata existe un sentimiento que lo humaniza frente al mundo. Y tanto puede marcar aquella imagen de su madre Alicia colgada, que este hecho determinará la serie de asesinatos que cometerá en el transcurso del libro. Todo esto lo explica muy bien Véliz en un brevísimo párrafo: “Después de cuestionamientos interminables y meticulosos llegó a la conclusión de que en su vida habían sólo dos cosas que a él le resultaban atractivas: el color rojo y las mujeres. Y ese hecho podría haber sido evidente después de enamorarse de la imagen de Alicia con la sangre pegada en sus muñecas, pero no fue sino hasta ese momento en donde logró encajar ambos ingredientes. A partir de ese instante no necesitó más vida que la que había encontrado”. Porque dentro de la sicopatía de Pablo Droguett existe algo de ternura: “Miraba la noche parisense, las luces de los autos que parecían luciérnagas pegadas a un género negro. La niebla le recordaba Londres, aunque era mucho menos frecuente. Se sintió indefenso de nuevo y en cada pestañear aparecía ella, su madre. Después de mucho tiempo, la imagen le volvió como castigo. La infancia se le había atravesado como un tren. Cada vagón llevaba un recuerdo más punzante que el anterior (…) La atadura a un recuerdo que, como tatuaje recién hecho, escocía en su piel”.

Son aquellos elementos los que fortalecen a la novela que, en todo su desarrollo, tiene mucho olor a tabaco, mucho sabor a whisky y otras cosas; obviando algunos mínimos errores en la citación de diálogos; y la presencia de palabras y frases grandilocuentes y anacrónicas (“mas”; “había sido flechado”; “en un dos por tres se dispuso a salir”; “Las voces iban in crescendo”; Fotografió a Camille hasta decir basta”; “la velada”; “tortolitos”), la obra en sí consigue un muy buen resultado tanto por su originalidad, atrevimiento y, sobre todo, por lo que sugiere.

El autor:

Felipe Valdivia | Santiago, Chile, 1985. Escritor, Periodista y Gestor Cultural por la Universidad de Chile, autor de “Traducciones de anagramas” (editorial Forja, 2012) y Manual de alteraciones (RIL editores, 2014). Columnista de las revistas El Desconcierto e Intemperie. Actualmente dicta un taller de introducción a la narrativa en la librería Lila y concluye su primera novela “Nosotras”. Sus cuentos han sido incluidos en varias antologías, entre ellos, “Sueños en tinta” (editorial LK).

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