¿Robar o no robar libros?

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Cuando la FILSA está que arde, el IVA al libro se mantiene intacto y en los buses del transantiago se instalan televisores para acompañar el viaje, vale la pena acompañar el desvariar consciente del Clochard y responder la pregunta que ronda a más de un alma:

¿Robar o no robar libros?

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Sobre la adicción de coleccionar, desde mansiones, automóviles y amores, hasta cajas de fósforos, tarros de cervezas, mascarones de proa o de popa, estampillas, etc., Neruda afirmaba: -No hay coleccionista honrado. Se trata de una pasión tan irracional como absorbente. La humanidad se divide en dormilones e insomnes; atrasados y puntuales;  ordenados y caóticos; fríos y cálidos. Son fatalidades provenientes del ADN, del zodíaco, y resultan irreversibles. Si alguien tiene una de ellas le llevará toda la vida cultivarla, aumentarla, desarrollarla y… arruinarse. ¿Qué ocurre con los libros? Existen los bibliófilos, los que coleccionan ediciones extrañas, únicas, inencontrables; viven en los anaqueles y producen e irradian, en cualquier espacio que ocupen, una atmósfera instantánea; también están quienes los compran solo para leerlos y los regalan o botan, sin acumularlos; además quienes los venden porque son su más honda vocación y su medio de vida.

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En mis años de clochard puedo asegurar muy pocas cosas, una de ellas es que quienes se consagran a los libros, la música y las plantas son seres muy particulares, diría incapaces de dañar a nadie, con una sensibilidad exquisita. Años atrás conocí a una muchacha, decía que las buganvilias de su casa en la playa,  cassettes de música y su biblioteca eran todos sus tesoros, irreemplazables, sin los cuales la vida no tenía sentido.

Pero  esta crónica vagabunda se relaciona con ese tema y con otro que es un afluente: el acto reprochable de tomar los libros prestados, no devolverlos y dejarlos como propiedad personal en la biblioteca doméstica. Sabemos que en Chile la devolución no es un hábito, es como seguir instrucciones, nadie pone atención cuando se dan. -Presta un libro y pierde un amigo(a), se escucha. Para que no suenen tan feos y radicales los verbos hurtar, sustraer y expropiar, podría decirse: préstamo eterno, asilo constante, secuestro permanente.

Los libros, una vez leídos, desentrañados, extraída su verdad y fantasía, suelen quedar durante lustros, y a veces eternamente, en silencio, durmiendo de pie, verticales, el sueño de la soledad. Solo la mirada de su dueño(a)  que los ama -aunque rara vez los vuelva a hojear-, pasa sobre ellos, tal vez en mayor medida los acaricia el polvo que van juntando sobre sus lomos y páginas; quizás una mariposa queda atrapada entre sus hojas; tal vez una araña muere asfixiada entre sus capítulos o una rata erudita  e inquieta por historias de gatos y ratones los recorre con sus ojos vivaces.

Libros, libros, mundo oceánico, como la música, el teatro, la danza, los viajes, el cine. Pedirlos prestados en los quioscos de la DIBAM ubicados en las estaciones del metro  ¿y no devolverlos?, muy egoísta; ¿olvidarlos en un bus del transantiago?, inusual; ¿meterlos en tu mochila desde la biblioteca de una casa visitada por azar?, desubicado; ¿esconderlos bajo la ropa desde una librería con vendedores distraídos?, temerario.

Cualquier lector o coleccionista de libros, por las razones que sea, debería hacerse estas preguntas y después de responderlas todas  con tajantes negativas podría lanzar la primera piedra. O el primer libro, a la cara de quienes podemos contestar negativamente solo algunas de ellas.

 

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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