Santos Chávez, la poesía visual

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Mario Valdovinos nos ofrece la historia del grabador chileno Santos Chávez (1934-2001), el artista que aprendía en la escuela solo cuando llovía.   

Santos Chávez, la poesía visual

En la tradición cristiana el símbolo de la oveja y el pastor tiene intensas raíces. Jehová es mi pastor, dice el Salmo 23, uno de los más citados, particularmente con motivo de un funeral. Lo mismo ocurre con la imagen de la Virgen María, la divina pastora. El pastor lleva a su rebaño a tierras feraces, regadas por arroyos de aguas cristalinas, un locus amoenus donde descansan y tañen sus instrumentos musicales los pastores enamorados de las zagalas, en medio de una atmósfera de quietud y placidez. El tópico de la vida pastoril es antiquísimo, viene de la literatura latina, de Horacio y su oda Beatus Ille, feliz aquel, en la que, durante el Renacimiento ibérico, Fray Luis de León se basó para recrear un poema, su célebre Oda a la vida retirada. Don Quijote, cuando vuelve definitivamente derrotado de sus viajes y hazañas ilusorias, le propone a Sancho dedicarse a la vida pastoril, él será Quijotiz y su escudero, Pancino. Sueño de perdularios porque el hidalgo manchego regresa para morir. Hoy, otro tópico, Menosprecio de corte y alabanza de aldea, tiene una enorme fuerza cuando las ciudades, fundadas por la estirpe de Caín, han crecido a niveles monstruosos y son el epicentro del Apocalipsis próximo.

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En la literatura, fue pastor de cabras Miguel Hernández, combatiente republicano durante la Guerra Civil, posteriormente asesinado en los presidios de España por la dictadura franquista. En Chile, el grabador Santos Chávez fue un niño que pastoreaba ganado, a quien el patrón, un latifundista, dejaba ir al colegio solo en los días de lluvia torrencial, cuando los animales  deben permanecer encerrados. Durante el resto de los días, sin lluvia, monótonos como oraciones, se formó su alma, junto a las cabras y las ovejas. Huérfano de padres en la infancia, el vínculo con la tierra estuvo siempre en su ser, sería un artista telúrico, deseoso de expresar el canto de la Naturaleza y reflejar en su gráfica el viento, la cielografía del sur y la presencia humana en ese entorno.  Lo declaró Santos Chávez a su amigo el pintor y maestro Nemesio Antúnez:  “Nací en un trigal (Canihual, Arauco, 1934).  Mi madre estaba cortando trigo. Nací en medio de gavillas de trigo que mi padre le separó”. Detrás de esta anécdota, con carácter fundacional, hay una revelación, un milagro y poco menos que una profecía. Lo dice Neruda en su Oda al trigo de los indios:  …Un perfume indecible de raíces/ tan profundo/ como si la tierra/ fuera una sola rosa humedecida.

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El niño vino al mundo en medio de otros miles que no tuvieron ninguna oportunidad de salir de la pobreza y la marginalidad. Fue un autodidacto, vagabundeó por distintas ciudades para lograr una formación más sólida, pero la academia le fue esquiva, siendo sus maestros, de modo intermitente, Julio Escámez en Concepción y en Santiago Nemesio Antúnez. No caía bien en los círculos artísticos afrancesados, europeizantes o norteamericanizados su figura de ácrata, su aspecto de paria, de olvidado, sus orígenes mapuche,  su estética que no correspondía a la dominante.  Lo suyo era la profundidad del bosque, los ríos, los pájaros, los amantes, la luna y en especial el viento y su modo tan propio de hacerlo cruzar por sus grabados.

Si bien Santos Chávez mantuvo una posición política de izquierda, su ideología se refleja de manera tangencial en sus grabados y abarca en su registro no solo a quienes participan de una postura disidente ante la sociedad. Al universo del grabador Santos Chávez ingresa el que tenga una sensibilidad abierta, una actitud de simpleza y una inocencia primordial. Es un arte de fácil acceso que no requiere de grandes claves de interpretación, tampoco estar premunido de un bagaje teórico, ni conocer de intrincadas teorías estéticas. Sus grabados, como la poesía de Gabriela Mistral o más aún la de Jorge Teillier, son equidistantes de las Vanguardias. Hay un cierto soplo surrealista en sus figuras, pero su trabajo plástico es la revelación, la epifanía de la tierra, el canto del mundo vegetal mucho más que el desarrollo de conceptos estéticos impresos sobre la superficie del papel o sobre  el tallado de la madera –xilografías, su técnica predilecta-,  la madera húmeda del sur, la que recogía, como los leñadores, de los árboles centenarios abatidos por las tormentas y antes de su derrumbe alumbrados por los relámpagos.

No es el caso de otros artistas plásticos donde la militancia ideológica era visible y explícita: José Venturelli en Santiago, Julio Escámez en Concepción y Carlos Hermosilla en Valparaíso. Debe entenderse todo aquello como propio de la época, el contexto confrontacional de la Guerra Fría, dos bloques excluyentes y enemigos. Santos Chávez optó por la identidad de su región natal, la voz ronca y aplastada de sus antepasados. Se consagró a dos géneros plásticos, el grabado y la acuarela, que vienen  a ser algo así como, en la lírica, cultivar la oda y el soneto, expresiones arduas, rigurosas, que exigen tenacidad y una severa actitud autocrítica. Requieren de sabiduría y dominio en el encuadre, la composición, el trabajo con la mancha, las zonas de oscuridad y de luz, la presencia figurativa o su ausencia. En el caso de Santos Chávez un cierto aire naif, de ingenuidad, como dibujaría un niño los símbolos elementales del mundo: la cordillera, el viento, la noche, el sol, la pareja humana y su lenguaje de gestos enamorados.

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El quiebre del país, en 1973, desestabilizó a Santos Chávez. Había adherido con entusiasmo a las ideas reformadoras de Allende. Se autoexilió, en condiciones precarias, debiendo realizar trabajos ocasionales, sumido en al arte de la sobrevivencia. Terminó su vagabundaje, tras innumerables vicisitudes, en Alemania Oriental, en 1981, la DDR de Erick Höenecker. Allí fue acogido, logró estabilidad e incluso se casó con la alemana Eva, su sombra y su luz, su orden y su cable a tierra. Logró además respeto, admiración y difusión, todo lo que su país le mezquinó. Pero, ya había empezado la llovizna de cenizas que anunciaba el derrumbe de la alborada socialista. Regresó a Chile en 1994, cuando el experimento neoliberal daba paso a la seudodemocracia y el enraizamiento del modelo económico y político que las Fuerzas Armadas dejaron como legado. En suma, Santos Chávez no se hallaba, ni aquí ni allá, se refugiaba en su jardín, en el cultivo de las flores, en su taller desde donde emergían sus sueños, su taller que rastrillaba el viento  que poliniza las araucarias y hace crecer el trigo de los indios.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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