Miercoles 24/05/2017

En horizontal

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Hoy en Revista Terminal, llega desde Argentina el cuento “En horizontal”, escrito por Irene Goldfeder e ilustrado por Vero Fradkin

En horizontal

Se viste con la corbata azul como si la corbata  roja que le regalé antes del accidente nunca hubiera existido. Se la acomoda lo  mejor que puede.

Cierro los ojos, besa mi frente y escucho cómo con pasos fuertes baja la escalera.

El ruido  de  la puerta de casa al cerrar retumba por esos dos pisos en los que vivimos hace más de diez años.

Nuestro bebé llora en la habitación lindante. Estoy sucia y me gustaría  esconderme en el armario, que me busquen y que rían al descubrir mi escondite como lo hacían cuando era  niña y no había en casa nadie más a quien cuidar.

Afuera el liquidambar no deja de crecer y con sus ramas tapa casi por completo el ventanal. Sus hojas al entrar al cuarto y esparcirse sobre el parquet me recuerdan cuando mi  Zeide tocaba el violín. Yo, pequeña, saltaba y  en puntitas de pie recorría el living.  Mi familia aplaudía y mi abuelo dejaba el violín y me alzaba hasta el techo.

Entra poca luz al cuarto.

Vuelvo a cerrar los ojos para acallar el piar de los pájaros junto al ventanal. Quiero dormir.

Mi hijo llora y suena el teléfono.

Con la punta de la lengua humedezco los labios e imito su llanto. Soy yo la que llora.

Una melodía hueca y fría llega del cuarto contiguo. Están meciendo a mi niño.

La luz que entra por el ventanal es tenue.

Se abre la puerta de par en par y una inmensa sombra se proyecta sobre el suelo. Cierro los ojos. Se acerca

Con manos grandes limpia mi cuerpo. Para cambiar las sabanas sucias me mueve a un costado como si fuera un tronco seco.

Soy liviana  y ella no me deja caer y estallar contra el piso.

El olor a orín sigue aunque mi pañal esté limpio y seco.

Se aleja. Vuelvo a estar sola y las gotas del suero caen más rápido que antes.

El aroma a comino llega al cuarto.

Mi casa huele al kuguel de papas que preparaba mi madre los noches de fiesta.

En la cena el Zeide toma vino y habla fuerte. Mamá también bebe y su rostro se pone morado. Usamos las copas labradas y los platos que el Zeide trajo escondidos desde Polonia.

Con el cuchillo dejo marcada la mesa de algarrobo. Lo hago escondida por miedo a que me castiguen pero el Zeide se da cuenta y ríe. Con el mismo cuchillo escribe su nombre y el mío. Sólo nosotros lo podemos leer.

Mi niño vuelve a llorar y sé que ahora es por sueño. Lo sé porque es de noche y porque el canto que lo acuna me hace bostezar.

Llora cada vez más suave, el horno encendido calienta la casa.

Cierro los ojos. Mi  cuarto queda a oscuras.

Ya no se escucha el llanto.

Cuando los abra será de mañana, el violín del Zeide sonara suave  y dentro del armario no dejare de bailar.

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

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