Doce pasos

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Al comienzo sintió miedo, un dejo de espanto lo invadió como si hubiese visto un caballo negro cruzar intempestivamente un bosque de noche. Pero pronto su semblante se rigidizó con visible hidalguía, con un siete níveo cargado en su espalda y su pecho embetunados con el color de la sangre. Aquel siete que durante tantos minutos fue oscuro azabache, como los pecados capitales, como un día de la semana para cada lamento en el deambular errático por los valles de una hierba corta, demasiado corta.

El camino fue directo y deciso, cada paso hirió ese campo y todos los campos; la tierra del sur sintió los cuatro golpes como azadones sobre su alma; el desierto recibió dos y dos golpes de puño sobre la sólida mesa de su arena. Luego vendría el vendaval, muy pronto llegaría la lluvia cegadora que enaltecería aquellas huellas que poblaron de manera ubicua, por un momento, toda la geografía.

Entonces se elevó el mundo, alto sin demasiada altura, llevando dentro de su piel de cuero miles de corazones de sangre agolpada. Las manos de un pueblo herido, con la marca de Caín en la derrota, yacían tomando las cabezas que sólo sentían, o estaban cerradas en puños de alambres de nervios, o abrazando el calor de quienes sufrían al lado. Y en un destello millones de almas perdieron su alma por segundos, porque se encontraban atrapadas en una esfera que lleva la forma de la Tierra, mientras se alzaba para hacer una pendiente sobre el universo de probabilidades que desgarra los sentimientos más íntimos de un puñado de elegidos y de un océano de humanos.

El único bote fue un temblor en Tocopilla, resabio de un antiguo quebranto amargo que se redimió con la redonda caída un poco más allá de la línea. La línea del dolor que se transforma en locura; el límite de lo cierto, de la inenarrable explosión eufórica de todos quienes, entre gritos y cantos de alegría, celebraron al ver que la marca aciaga se había borrado de sus frentes. La línea que el desconcertado celador de la guarida dejó desprotegida, la misma que investida de nieve, una vez traspasada, robusteció el pecho de una gran cordillera.

El recorrido frenético y sin rumbo de un torso helénico disipó el sabor de la angustia y lo transformó en júbilo, un júbilo que se vertió por completo en la palabra nosotros. Una alegría íntima que llevó a un solitario abuelo en Valparaíso a irse a dormir con los ojos llenos de lágrimas, en paz con este juego y con su destino. Una exaltación parecida al éxtasis que inundó las calles y resignificó los monumentos. Un canto unívoco que recorrió una nación en cada esquina, avenida y recoveco, para desvanecerse pausadamente al alba, cuando todos sabían que había sido su turno de conquistar el continente, con la certeza de que la única estrella de un país amanecía prendida en lo alto de su cielo.

El autor:

Cristóbal Hasbun | Abogado, Investigador en derecho penal, U.Mayor.

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