Piazzolla, primer bandonéon de Buenos Aires

ColumnasPortada

Mario Valdovinos redactó este homenaje al maestro Astor Paizzolla, delineando su vida y figura, así como la relación de su música con el cine y la literatura. 

Piazzolla, primer bandonéon de Buenos Aires

www.bajolainfluencia.es

Si hay una forma de medir el peso y la fama que tiene un artista popular en Buenos Aires esa es la opinión que entregan los taxistas y los dueños de quioscos de la ciudad. Es difícil encontrar a alguno que no valore a Roberto Goyeneche, el Polaco, como el más eximio intérprete de tango, después de Gardel, claro está; o a Amelita Baltar, Susana Rinaldi, La Tana, y Adriana Varela, La Gata, como tres damas inmortales en la interpretación del tango; lo mismo con Charly García en el rock y Mercedes, La Negra, Sosa en la música folclórica y de compromiso político; también Maradona en el fútbol, el periodista Jorge Lanata en la crítica sociopolítica a la corrupción, etc.

Con Astor Piazzolla ocurría lo mismo, solo que hubo una extensa etapa en la que el bandoneonista se transformó de ser director artístico de la orquesta de Aníbal Troilo a un compositor soberano  y autónomo que se propuso transformar el tango y fusionarlo con la música clásica, con el Jazz y aun con la música electrónica: “Me fui de la orquesta de Troilo porque quería ser yo mismo”, fue su acta de independencia. El portazo significó una relación tempestuosa con los tradicionalistas del tango, quienes deseaban que la música bonaerense jamás cambiara y un artista como Piazzolla, que luchó para que ocurriera lo contrario. La opinión de los porteños de a pie se volvió decididamente hostil hacia él, lo repudiaron y cuestionaron como un traidor, un antipatriota, un vendido, un asesino del tango y otros calificativos más hirientes, al punto que contó, en medios de prensa, los taxistas solían no detenerse cuando los requería para abordarlos en alguna madrugada, tras una actuación; o, si lo hacían, el diálogo entre el conductor y el ilustre pasajero se volvía tenso e ingrato para el músico. Costó mucho que lo aceptaran e integraran al panteón de los elegidos. ¿Cuál fue su pecado? Sin duda, la audacia y la perseverancia para combatir una convicción y al mismo tiempo un tabú y un prejuicio arraigado: el tango es para bailarlo, y proponer algo distinto: el tango es para escucharlo. Otro rasgo de disidencia fue tocar de pie, no sentado, como los bandoneonistas clásicos, para Piazzolla parecidos a una viejita que teje. Afirmaba una pierna sobre un piso mientras sostenía el fuelle en la rodilla. Además, como buen blasfemo, introdujo la guitarra eléctrica.

Piazzolla pertenecía a una familia de inmigrantes italianos que llegó a Argentina, radicándose en Mar del Plata, donde él nació en 1921. De allí el padre, Vicente Piazzolla,  decidió dar el salto a Nueva York, donde se estableció la familia para, cuando el joven Astor había cumplido su etapa escolar y tenía dieciséis años, volver a Argentina. En Nueva York se crió en el Lower East Side de Manhattan. El padre, apodado familiarmente Nonino, cuando supo que Gardel estaba de visita en la ciudad (1933), envió a su hijo al departamento donde alojaba el Zorzal criollo a llevarle de regalo una talla en madera, hecha por él mismo, que representaba a un gaucho con guitarra. El cantante, muy asediado, recibió al simpático pibe, quien no estaba muy consciente del calibre del personaje a quien entregaría el regalo paterno. Gardel incluso le pidió fuera su traductor cuando salieron a comprar camisas en Nueva York. También lo invitó a participar en El día que me quieras (1935), filmada en Estados Unidos, y el chico apareció como un vendedor de periódicos.

En el seno familiar Piazzolla aprendió a tocar el bandoneón y, una vez en Buenos Aires, la ciudad fue su gran inspiración como compositor e intérprete, junto a Béla Bartók, Alberto Ginastera, Aníbal Troilo, Nadia Boulanger, Igor Stravisnki y George Gershwin, como lo reconocía con orgullo el músico. A continuación se dedicó a integrar orquestas hasta permanecer varios años en la agrupación de Troilo, el carismático gordo triste de Buenos Aires, Pichuco, el más brillante heredero de bandoneonistas como Pedro Maffia, Pedro Laurenz y  Ciriaco Ortiz.

Como deseaba aprender composición orquestal tomó clases  con Alberto Ginastera, composición, orquestación, armonía, durante más de un lustro, si bien previamente y en un arrebato de osadía visitó al pianista Arthur Rubinstein, de paso en Buenos Aires, quien lo recibió en su departamento con una servilleta al cuello, manchada con salsa de tomates, y lo aconsejó y estimuló. Después de sus sesiones gloriosas y privadas con el maestro Ginastera, Piazzolla volvía  a los clubes y confiterías donde dirigía a los músicos de Troilo, quienes tocaban por oído los tangos que la gente pedía mil veces para bailarlos, mientras comían y conversaban. Piazzolla quiso imponerles partituras, haciendo arreglos orquestales finos y sofisticados, pero logró, por parte de ellos, casi un motín, pues la mayoría eran intérpretes bohemios e intuitivos, de burdeles y cabarets. El rechazo, el hastío y los excesos de la noche bonaerense lo llevaron a tomar la decisión  de irse a Europa con una beca, en 1955, a los 34 años, junto a  su familia, su mujer, Dedé, y sus  hijos, Diana y Daniel. Se estableció en París y,  para tomar clases con ella, pidió una entrevista con la legendaria profesora Nadia Boulanger, quien le expresó que a su edad era muy difícil llegar a ser un compositor clásico, consagrarse en Europa era una carrera durísima por la competencia.  Piazzolla se descorazonó, pero había llevado su bandoneón y las partituras de su tango Triunfal. Ella le pidió que lo interpretara, cosa que su alumno hizo con desgano. Mientras lo escuchaba, Nadia lo interrumpió y saltó gritando:   -¡Voilá, monsieur Piazzolla! Tomó sus manos y le expresó, emocionada:    –Eso es lo que debe hacer. La mezcla del tango con la música clásica.

De allí en adelante el camino fue sinuoso y accidentado. Piazzolla, un artista hiperactivo, formó el quinteto, en opinión de muchos la formación ideal para su música, el octeto electrónico y el noneto, disolviéndolos y rearmándolos varias veces, haciendo una música que provocaba adhesiones y disidencias, posturas enconadas que lo llevaron a ser una figura polémica. ¿El demoledor  del tango, que se hundía irremediablemente en la nostalgia, o un genial compositor e intérprete que reactivó una música ya demasiado conservadora? El tango era burdel, mujeres de mala vida, puñal, suburbio, lamento, machismo. Piazzolla desplazó las locaciones tradicionales del tango y lo sacó  del espacio de baile familiar, del café, del tugurio, del night club y lo llevó a la sala de conciertos, a los escenarios prestigiosos, como el Olympia y el Colón. En un comienzo -lo cita Borges en una conferencia-, lo bailaban en las veredas del barrio Palermo entre hombres porque las mujeres sabían su origen y se negaban a ponerse al nivel de las percantas. Uno de los hitos en la fecunda trayectoria piazzolliana fue la alianza con el poeta porteño Horacio Ferrer, con quien colaboró en cerca de veinte canciones, Piazolla en la música, Ferrer como letrista. Allí están Chiquilín de Bachín, un vals; sin duda Balada para un loco y la menos difundida pero absolutamente sublime Balada para mi muerte, soberbia en la interpretación de Amelita Baltar; más la ópera María de Buenos Aires. También los trabajos con el saxofonista Gerry Mulligan, el vibracionista Gary Burton, la intérprete italiana Milva y, por supuesto, dos cantantes de tangos que estuvieron, además, relacionadas sentimentalmente con el músico: Egle Martin y Amelita Baltar.

www.allmusic.com

Piazzolla escribió alrededor de 3.000 obras y, si bien confesó ser un mal lector, tuvo la sensibilidad para acercarse a la literatura y compuso música para el cuento de Borges Hombre de la esquina rosada, una historia de orilleros ambientada en el suburbio, lo que el poeta ciego llamada las mitologías de arrabal; compuso música inspirada en fragmentos de la novela Sobre héroes y tumbas, de Sábato, y aun musicalizó un poema de Neruda dedicado a Matilde, Pequeña canción para Matilde; también música para filmes, entre ellos Llueve sobre Santiago, de Helvio Soto, en torno al golpe de Estado en Chile, Lumiére, de Jeanne Moreau, Tangos, el exilio de Gardel, y Sur, de Humberto Solanas, y llegó, tras innumerables giras y conciertos, a actuar en el teatro Colón de Buenos Aires (1983), donde, tras la interpretación de Adiós Nonino, una pieza musical elegíaca, compuesta a propósito de la muerte de su padre, fue ovacionado durante diez minutos. El tema, en la actualidad con cerca de 200 versiones,  parece haberlo escrito en estado de gracia y rodeado de arcángeles. Lo mismo ocurre con la Suite troileana, a propósito de la muerte de Troilo, en 1975, y Las cuatro estaciones porteñas y Libertango, y…  El aporte de Astor constituye un legado impresionante.

El 5 de agosto de 1990 sufrió un derrame en su sobrecargado cerebro, ahíto de escalas, partituras, melodías, compases, un cerebro y un corazón porteños desbordados por el tango. Estuvo en coma varios meses y falleció, tras casi dos años de inconsciencia, en 1992. Era el fin de su viaje, desde entonces su bandoneón resuena cuando atardece en Buenos Aires, su sonido la volvió la tarde más dulce del mundo.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

Dejanos tu comentario