El Palacio de la Risa, de Germán Marín

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Comenzamos el mes de mayo con las reflexiones de Joaquín Pérez sobre “El Palacio de la Risa”, de Germán Marín, un viaje a lo más siniestro de la historia chilena reciente. 

El Palacio de la Risa, de Germán Marín

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Considerando que Villa Grimaldi no confiere, a cualquier veedor lúcido, risa alguna, el título del presente provoca una sospecha premeditada. Se podrían re-escribir vastas páginas de recuerdo colectivo sobre lo acontecido en el Cuartel Terranova, pero todo ello redunda en lo que ya todos conocemos sobre la violación a los Derechos Humanos. Por lo mismo, la conclusión debe anticiparse: ¿qué risa?

Dentro de las anotaciones expuestas en la contratapa, el propio Germán Marín, autor del libro, señala:

“Uso a Chile como un enorme basurero en el que puedo rastrear para escribir. Soy un novelista que vive de escarbar la basura”.

De entrada –convengamos que uno de las razones para adquirir un libro son las motivaciones provocadas en la contratapa-, Marín refriega al lector el estilo ecologista de su prosa, en donde vacilando entre resabios del pasado, describe y reflexiona sobre lo que más sentido nos genera hoy en día. Recicla, cuan experto en su oficio, los estertores más siniestros de nuestra historia reciente, injuriando con ello aquella concepción reconciliadora del presente que olvida antes de comprender su pasado, y obliga al lector a percibir con mayor aplomo los desbandes de la cordura cívica dentro de una comunidad nacional.

Es, por ende, que la Risa dentro de la novela de Marín nace desde el absurdo. La ridiculez, el oprobio de la naturalización de los hechos y el declive de una sociedad democrática en un régimen tiránico de carácter militar, son los elementos utilizados por Marín para encauzar un relato que capítulo a capítulo indaga en los resultados y las consecuencias sufridas por los personajes.

 

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Entre los últimos candidatos al Premio Nacional de Literatura estaba, más allá de la contienda Lemebel/Skarmeta, Marín junto a varios otros. Su figura revela una cautela y parsimonia que no será reconocida en vida. El mayor jolgorio emanado de su persona es su encendida prosa, constante provocadora de pesares y mal sueños inalcanzables. Ello remece y destaca en El Palacio de la Risa.

En esta obra, el autor proyecta una narrativa compuesta de prolijidad y ritmo. La sofisticación de su lenguaje no estanca el relato, por el contrario, acelera los tiempos al punto de converger con el dinamismo temporal que evoca la historia de la novela: un exiliado que va, mira y recuerda lo que fue y es Villa Grimaldi.

Es muy común –y muy esperable también- ver en la prosa post trauma golpista, lagunas de estancamiento referentes a la memoria. Se evidencia una actitud evocativa de la perplejidad instalada luego del Golpe Militar, que llena el relato de nostalgia, recuerdos y compromiso ético.

Probablemente, el lugar dentro del tiempo desde donde nace la historia, ilustre esta decisión estilística: una época de infantil democracia, que subyugó una tiranía que no fue vivida tan directamente por el personaje principal. Su problema no lo es tanto en Golpe en sí, ni su hija la dictadura; su quiebre está más bien con la arquitectura.

 

 

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Germán Marín - Fotografía disponible en www.memoriachilena.cl

Otra de las presentaciones al libro es la de Álvaro Bisama, quién destaca en una de sus líneas:

“Como en el resto de la obra de Germán Marín, están acá la arquitectura y la lengua de Chile, amabas transfiguradas en el fulgor de una poesía amenazante, de un mundo quebrado que acaso tiene el esplendor de un monumento secreto”.

Bisama reconoce, puntiagudamente, aquella estética de la percepción arquitectónica en Marín. Y, precisamente, el personaje de El Palacio de la Risa, se detiene en revisitar no tan solo en el espacio sino que en el tiempo, los matices de una casona conocida por su misma niñez. Detenerse en lo aparentemente estático es, necesariamente, una ética de la memoria. En ella, constantemente, se percibe el presente como un tiempo caótico en donde ni su figura ni sus recuerdos caben dentro del nuevo orden. En algún momento, el personaje reclama

“la ciudad, desconocida hoy para mí, envuelta en un cúmulo de modernidad y barbarie” (p. 22).

Por lo mismo, la historia queda estampada en las pocas huellas que, afortunadamente para él, quedan en la arquitectura. De ahí el hecho de detenerse largamente, con un esfuerzo memorialístico importante, en su niñez vivida en aquella casona, dando espacio a sentimientos de todo tipo engendrados en aquel lugar. Va y vuelve, física y sicológicamente, tratando de generar un sentido al absurdo en que llegó a convertirse, durante los años negros, la Villa Grimaldi. Sus espacios son, caricaturescamente, la historia del país resumida en cuenta gotas, que ofrecen una panorámica territorial, social y cultural de aquella casona; por ende, es imprescindible anotar la influencia del espacio en el desarrollo social de las personas, quienes aíslan su abstracción histórica para sentir y emocionarse junto a las paredes, las puertas los techos y los pilares de cada hábitat.

 

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“No se debían dejar huellas que mañana fueran utilizadas para saber la verdad” (p. 25)

Como anexo a esta edición –desconozco esta realidad en la edición de 1995-, el libro contiene lo que Marín denominó como El Palacio de la Risa (antecedentes para una investigación). Una versión poética de la historia de Villa Grimaldi, que se convierte en las primeras luces de lo que hoy es la novela. Ella es una primera impresión, una catarsis vomitiva de lo sucedido, emociones enclaustradas en un papel para ser luego reflexionadas a la luz crepuscular de la parsimonia.

Lo interesante de este accionar es la estructural posibilidad del escritor-narrador de entroncar una escritura indagatoria a través de la historia, siendo ello parte de la búsqueda, por parte del autor, de encontrar aquel sello característico de su novela y, por otro lado, la búsqueda de sentido que el personaje, paralelamente, investiga con la casona. Esta indagación en el tiempo resulta provechosa para quien su linealidad se vio interrumpida por un hecho traumático, porque su propia historia situada, concretizada y espacialmente identificada con una geografía se quiebra al momento del Golpe. De esta manera, la indagación es una recuperación de la identidad personal en la memoria colectiva de un país nublado por los desaires militares. Su intrusión en esa basura es, precisamente, una incursión en lo desechado que aún siendo así, nos pertenece. Eso convierte en necesario un libro como El Palacio de la Risa.

De manera indirecta, Germán Marín entrega un método de recuperación de la memoria, basado en los indicios estáticos que perviven dentro de la ciudad moderna. Así, el trauma no permanece en la penumbra y el absurdo sale a la luz de la ridiculez.

El autor:

Joaquín Pérez | Estudiante de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado. Lector compulsivo en la medida que la universidad y mi salud me lo permiten. Profesor del Preuniversitario Popular “Agogé” en Quilicura e incipiente escritor de reseñas, columnas y cuentos.

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