Martín Vargas, una elegía

PortadaRecordamos a

De Mario Valdovinos a Martín Vargas, un homenaje justo a la poesía que habita entre los guantes y la carne golpeada, esa misteriosa fuerza que lleva a unos pocos a levantarse otra vez, empinar los puños y abrazar la derrota como destino.

Martín Vargas, una elegía

A los que vengan a golpearse
Sin conocerse, sin odiarse,
El cuadrilátero ya espera.
Oscar Hahn

www.urbesalvaje.wordpress.com

Ni qué recordarlo, usted pertenece a la sagrada, y por qué no decirlo, a la gloriosa estirpe de los  fracasados deportivos, que en Chile forma una larga lista, la de las victorias morales, la de los segundones, la de quienes regresan con medalla de plata o de bronce, no de oro, o con las manos vacías. Usted se parece a Justo Suárez, el boxeador de los años treinta en Argentina, muerto de tuberculosis cuando estaba en la cima de su carrera como púgil y protagonista de un cuento de Cortázar, Torito; a Benny Kid Paret, el cubano abatido para siempre en el Madison Square Garden de Nueva York, el 24 de marzo de 1962, por los golpes de Emile Griffith; a los boxeadores que quedaron rayados por los puños de los rivales o a los que, a propósito de los golpes,  se hundieron en las brumas del Alzheimer o del Parkinson. Por ejemplo, el autodenominado “más grande de todos”, Cassius Clay, Muhammad Alí; usted se parece al iquiqueño Estanislao Loayza Aguilar, el Tani. Todavía se escucha por las barriadas, refiriéndose a alguien recio y terco a más no poder: Erís más duro que el Tani. Loayza fue derrotado por Jimmy Goodrich, el 13 de junio de 1925, cuando el árbitro le quebró un hueso del pie al chileno, en el momento de separarlo de su rival; parecido a Arturo Godoy, dos veces derrotado por un titán, Joe Louis, “El bombardero de Detroit”; a Luis Vicentini, a Fernandito, a Chumingo Rubio, a Godfrey Stevens, a Cardenio Ulloa, a Carlos Ariel “Látigo” Uribe, a Chifeo Mendoza, a Benedicto Villablanca. Todos devotos de la virgen, de la madrecita de Chile.

Usted es un hijo del arroyo, claro, si es osornino y del barrio Rahue, vale decir, de la plebe, del flaiterío, de la garuma, de la gente que está allí, aunque su rostro y palabras no aparezcan en parte alguna; la gente que se levanta temprano, como los gatos, a pelar el ajo, a ganarle a la vida, despiadada con ellos. Usted salía a correr solo. Créame, no hay soledad más espantosa que la de un atleta o la de un boxeador entrenándose por los arrabales de la ciudad, despertándola, saltando sobre los borrachos congelados y los fiambres víctimas del cuchillo en una esquina de rufianes, levantando su mano para saludar a las prostitutas que volvían sin haber tenido clientes, mirando perplejo a los chinchineros y organilleros, de regreso, con los bombos, los organillos y los loros llenos de escarcha.

www.lasegunda.com

Se molió el cuerpo y las manos de tanto embestir bolsas de arena en los gimnasios destartalados de Osorno, haciendo sombra, como si usted no lo fuera, cuerda, dándoles la fleta imaginaria a los sparrings. Se vino a Santiago, fue campeón de Chile, después sudamericano y llegó a disputar cuatro veces el título mundial de la categoría mosca, donde un púgil pesa apenas 50 kilos y es como los llamó el mismísimo Pablo Neruda, quien supo de las hazañas boxeriles, aunque no sé si usted supo de las del poeta: “Pequeños colosos”.

Además, y no es algo intrascendente, le tocó enfrentar al mexicano Miguel Canto cuando este era, literalmente, invencible.

La prensa deportiva, en particular la escrita, lo ninguneó sin tregua, lo chaquetearon cada una de las cuatro veces que perdió en sus disputas por la corona mundial. Frente a Betulio González, a Yogo Gushiken y dos veces frente al mentado Miguel Canto. Sin entender, primero, que para treparse a un ring hay que tener los cojones más grandes que una pelota de fútbol, puesto que me imagino el box como una coreografía donde dos rivales flotan en un sueño que se vuelve rápidamente danza de la muerte debido a los puñetazos, y, segundo, usted se subió en las cuatro oportunidades sin miedo, lleno de fe y de esperanza, con garra y coraje.

Además, y no es poco, con los colores de la virgen de Lourdes en sus pantalones de seda y en su bata de combate. -¡Ahora sí que triunfaré, carajo!, declaraba cada vez. Claro que sí, ¿o que no?. Y si bien bajó del cuadrilátero hecho bolsa, vuelto paquete, con la cara como bofe y con la nariz en la nuca, más feo que cuando subió, descendía entero, digno, un cadáver hermoso, una Pietá masculina, un macho golpeado y abofeteado, pero no vencido, una estatua inmaculada. Lo deben haber protegido, sin duda, la virgen de Lourdes, su hija, alumna de un colegio municipal, y el recuerdo de su esposa. La mujer que lo quiso y no pudo resistir más su vida desordenada, sus borracheras, sus ausencias, sus infidelidades.

Lo vi una vez desde una micro. Usted, Martín, rodaba por el barrio San Diego, la calle del Caupolicán. Iba muerto de curado, gritándole a Chile que usted era Martín Vargas y peleaba por nosotros. Había dejado el corazón, el hígado, el páncreas y los riñones en el cuadrilátero y le habíamos pagado como las huifas, el triste pago de Chile: la ingratitud y la indiferencia. Dijeron que su figura, como lo escribió en la revista Qué Pasa Fernando Villegas, era la de un pobre diablo, cuesta abajo en la rodada, que encarnaba el gusto morboso por los perdedores, un triste mamarracho que simbolizaba la glorificación de la derrota y el acto de estimular, con el chistecito fácil y el humor negro de siempre, al chileno julero, bueno pal frasco, mujeriego e irresponsable. Un loser. Con otras palabras el periodista expresó ese chorro de denuestos.

Todo esto a propósito de sus patéticos, hay que decirlo, Martín, intentos postreros de reflotar su carrera deportiva cuando ya tenía más de cuarenta años y, la verdad, no había vuelta, ni en un match a quince, ni a doce, ni siquiera a un asalto. Lo noqueron, Vargas, y le contaron diez. Si bien era preciso comprender sus esfuerzos, motivados por la ruina económica. Por aquel tiempo ya había arrojado la esponja, las vendas, el protector dental, la bata, el balde y la toalla. –No supo retirarse en su momento glorioso-, Dejará un pésimo recuerdo-, comentaron y escribieron en la prensa deportiva.

Retrato Martín Vargas - Nicolás Aravena / Flickr

También lo divisé, años después, en una segunda oportunidad, en el metro: esmirriado, con la cara amontonada por las hinchazones, producto de los golpes que jamás se borraron. Iba solo en un asiento, al lado de la ventanilla, distraído miraba  a algún curioso, como yo, que lo reconocía y lo saludaba desde lejos con la mano. Ese tren se me fue, como tantos, y no pude subir para estrechar su derecha y decirle que lo considero hace tiempo una figura de un gran género literario: la leyenda.

Iba con las manos quietas, entrelazadas, tal vez para que no se le escaparan, cuando el tren frenara, y se pusiera a lanzar puñetazos al aire, en recuerdo del estruendo de la afición cuando el Caupolicán se estremecía con los gritos: ¡Pega, Martín, pega! Y los cesantes de la época de la dictadura creían que usted podía concederles trabajo. Quedan sus fotos, sus momentos de victoria, cuando demolía a sus adversarios al primer round, su tenacidad y su vehemencia para alcanzar el triunfo: todo está allí, en revistas color sepia, en los anuncios rituales, en programas de matches estelares.

Otro perdedor como usted, el poeta Jorge Teillier, que devoraba las revistas Estadio y The Ring, la Biblia del boxeo, escribió en su poema A un viejo púgil:

La tarde cuelga frente a su ventana
Como una raída y sucia bata de combate,
Y él vuelve a bailotear en el ring

Ni qué decirlo, Vargas, los versos están hechos para usted. Perfectos, como un guante de box en su mano.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

Dejanos tu comentario