Miercoles 24/05/2017

La tragedia de la tragedia

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Los desastres azotan la nación. Se apela, como siempre, a la lucha, la resistencia y la solidaridad para salir adelante. La tragedia invita a pensar en el bien común, y sin embargo, la furia de los elementos demuestra con violencia la injusta brutalidad de nuestra forma de construir sociedad.

La tragedia de la tragedia

Agencia AFP

El fuego y el viento, la tierra y el agua, fuerzas naturales, arrasan Chile. En mi memoria, compartida con tantos, cuando la energía desatada de algún elemento ha hundido un pueblo o destrozado ciudades, reconozco el llamado colectivo a la unión de todos, apelación que demanda además a echar mano de los atributos que nos harían verdaderamente chilenos: ser hijos del rigor, ser de los que se levantan y dan cara a la tragedia, aquellos que aprietan los dientes y siguen adelante si les tocó de cerca la fatalidad, o bien, si nos tocó mirar de lejos el drama, cumplir con el deber de ser solidarios y comprometidos apoyando al compatriota caído.

Resistencia y lucha, compromiso entre iguales, solidaridad. Esos atributos serían parte del relato colectivo que por años ha facilitado la construcción de una idea general de lo chileno, identidad compartida entre los extraños que habitamos esta larga faja de tierra. La identidad nacional entendida como narrativa no existe esencialmente, ni ninguno de los atributos que se le asocian, la identidad colectiva -siguiendo a Jorge Larraín- “no se define como una esencia incambiable, sino más bien como un proceso histórico permanente de construcción y reconstrucción de la “comunidad imaginada” que es la nación” (2001, p.47).

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La producción permanente de este relato común luchador y heroico en la adversidad, ha resultado un recurso clave para enfrentar colectivamente los desastres. Contar con esta narrativa ha dado aliento y sentido a la reacción, ha conducido la recuperación, generando esperanza y energía para hacer lo posible por volver a la normalidad.

La tragedia de 2014 en Valparaíso ilustra lo hasta aquí señalado. El incendio activó no solo el relato nacional de empuje y coraje frente a la debacle, sino también la particular apelación a lo porteño, a la esencia de Valparaíso, retratada años atrás por Pablo Neruda en su Oda a Valparaíso:

Pronto,
Valparaíso,
marinero,
te olvidas
de las lágrimas,
vuelves
a colgar tus moradas,
a pintar puertas
verdes,
ventanas
amarillas,
todo
lo transformas en nave,
(…)
porque en tu pecho austral
están tatuadas
la lucha,
la esperanza,
la solidaridad
y la alegría
como anclas
que resisten
las olas de la tierra.

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Se puede leer una versión sintética de esta oda encarnada en la voz de un poblador, incluida en el relato de la tragedia ofrecido por un periodista de la agencia AFP: “En el cerro, circundado por pastizales y quebradas de por lo menos 50 metros, colgaban los restos de decenas de viviendas, que despedían un fuerte olor a madera quemada y en las que familias enteras intentaban rescatar algunas pertenencias. Ahora sólo queda pararse otra vez. No nos queda más que mirar hacia adelante, como buen porteño, declaró Patricio González, quien sacaba pedazos del techo de lata de lo que alguna vez fue su casa”.

Incluso desde la lejanía, David Pizarro se enlazó con el discurso identitario porteño para enviar aliento a sus coterráneos, fotografiándose con una polera que decía, simplemente: ¡¡¡somos choros y nos volvemos a parar!!!”. La breve frase está cargada de sentido y cumple con el objetivo de brindar apoyo, pertenencia y entusiasmo, todo aquello que se requiere en una crisis.

Entre la poesía de Neruda, la respuesta del poblador Patricio González o la frase de David Pizarro hay un relato mayor vibrando de fondo. Siendo miembros de una misma cultura, se encuentran inmersos en una tradición literaria común desde donde elaboran sus textos para enfrentar la tragedia. No hay diferencias entre sus procesos creativos, solo en el estilo de cada quién, pues todos se han sumergido en la misma corriente cultural. Sus producciones difieren pues “el camino del nadador, como la creatividad del autor, es el resultante de dos fuerzas: el propio esfuerzo del nadador [autoría individual] y la fuerza de desviación de la corriente [tradición literaria]” (Vygostky, 2008, p.38).

Las tragedias nos han permitido volver una y otra vez a levantar banderas y decir algo así como “aquí estamos”, “seguimos de pie”, o bien, “volveremos a probar suerte en esta tierra”. Y en ello, siempre ha sido de utilidad pensar que existe realmente un nosotros colectivo que nos une, una identidad chilena común que facilita que todos pongamos el hombro y nos demos una mano, de igual a igual. La apelación a la unidad ha facilitado en el pasado el encuentro, la solidaridad, el creer -aunque sea una fantasía- que juntos saldremos de esta nueva prueba. El futuro se puede mirar así con esperanza. La corriente en la cual nos sumergimos para contar nuestras historias frente a la dificultad es, justamente, la que nos ha ayudado a salir adelante.

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Ahora bien, la tragedia de la actual suma de tragedias naturales que enfrentamos es que el nosotros, lo común, aquello que convertimos en relato para hablar de todos, se encuentra en tensión, trizado por la contingencia. La misma corriente narrativa se haya revuelta.

Hoy, para bien, tenemos mayor conciencia de las trabas estructurales que limitan la igualdad en Chile. Hoy además, hemos asistido al fin de la infancia política para muchos, la inocencia (y la confianza) se ha perdido tras los casos Caval, Penta y SQM. Hoy, por lo mismo, cuesta mucho más hablar de lo común de nosotros.

Hoy, además, resulta evidente que las tragedias no golpean por igual a todos. Hoy resulta claro, también, que los desastres no son meramente naturales, sino enlazados con nuestras estructuras sociales, y que el rol de los elementos, del fuego y el viento, del agua y la tierra, solo es demostrar con violencia cómo las formas de construir sociedad que hemos desarrollado son brutalmente injustas.

Un container río abajo, con mujeres trabajadoras dentro, encerradas; toneladas de desechos tóxicos de la minería, dejados por años en el abandono tras la extracción de las riquezas locales, sin dueños ni responsables; casas humildes que desaparecieron en las quebradas; valles secos por acaparamiento, que hoy reciben el agua contaminada como maldición; especulación y alza de precios en medio de la catástrofe, sin rubor alguno.

¿Dónde está la solidaridad común en este tablero revuelto que la lluvia y el barro exponen? ¿Cómo puede ser una condena a muerte el trabajo? ¿Cómo puede ser el trabajo pobreza? ¿Cómo puede ser la riqueza heredera de cualquier cosa menos trabajo?

En el desierto, un hombre quiere quemarse a lo bonzo.

Un personaje del libro “Dios le bendiga Mr. Rosewater” de Kurt Vonnegut, el psiquiatra Ed Brown, afirmaba: “Después de una profunda y dolorosa investigación sobre la normalidad en este tiempo y lugar, este doctor se vio obligado a admitir que una persona normal, con funcionamiento normal en los niveles superiores de una sociedad próspera e industrializada, apenas puede oír su conciencia” (1966, p. 49).

En el Chile actual, afrontar de manera saludable la tragedia, dando espacio a la esperanza, se ha vuelto un dilema. Se ha vuelto tan bizarro pensar en un nosotros en medio de tanta emergencia y desastre, que quizá sea momento de crear una nueva historia de lo que queremos ser, una historia que haga honor a todos los que han muerto y sufrido por lo que hoy somos.

www.diarioreddigital.cl

Referencias

  • Vonnegut, K. (1966). Dios le bendiga Mr. Rosewater. Barcelona: Grijalbo.
  • Vygotsky, L. (2008). Psicología del arte. Buenos Aires: Paidos.
  • Larraín, J. (2001). Identidad chilena. Santiago: LOM Ediciones.

El autor:

Gonzalo Gallardo. Psicólogo educacional y profe. Hay días en que quiero escribir. Los más, me dedico a leer, disfrutar y aprender.

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