La ocupación: rebeldes sin causa

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Felipe Valdivia recomienda el libro “La ocupación”, del chileno Alejandro Rojas. 

La ocupación: rebeldes sin causa

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“La ocupación” (Tríada Ediciones, 2014) es un buen ejemplo de que los autores contemporáneos chilenos se están atreviendo a asumir desafíos literarios importantes al momento de escribir. Sobre todo, si se toma en cuenta, de que si se va a retratar sobre mundos completamente ajenos a los cánones prefijados por la sociedad, entonces se debe incurrir –indirectamente– en ellos.

Es lo que sucede en la primera novela de Alejandro Rojas (Santiago, 1981), cuyo reto fue el de evidenciar el mundo de una casa Okupa. Y vaya reto. Desarrollar una historia de estas características no es fácil, porque el tema en sí es rudo, engorroso y hermético. No es fácil penetrar en ese espacio. En todo caso, hace rato que la trama de la realidad estaba clamando para que alguien abordara la historia, tras el denominado “Caso Bombas”, la explosión de un artefacto en la Escuela Militar y los innumerables y prokofievanos (permitiéndome el concepto) falsos avisos de bombas en distintos puntos, no sólo de Santiago, sino que de varias ciudades del país.

Es evidente que el autor que tomara la valiente decisión de abordar una historia de estas características tendría que asumir cierta responsabilidad, pues existían dos tajantes posibilidades: o se fallaba en el intento de narrar un mundo de estas características en base a la ficción, o se “salía jugando” dignamente, al exponer ciertos códigos que son tremendamente herméticos para quienes forman parte de una sociedad tradicional y que están fuera de ese mundo. Rojas lo logra con honor, gracias a una acertada decisión de exponer la trama en tercera persona, tomando en cuenta que el narrador es simplemente un testigo de los hechos que nos presenta un escenario y, por cierto, a los personajes que se relacionan entre sí. Hubiera sido sumamente arriesgado que el escritor asumiera esta responsabilidad en primera persona, dado que hubiese requerido ahondar mucho más en los pensamientos, sentimientos y antecedentes psicológicos de cada uno de ellos, complementando las personalidades que el narrador omnisciente pone a disposición de los lectores. Porque independiente de que el transcurso de los hechos sea mera ficción, los elementos que la conforman se encuentran repletos de guiños a la realidad. Por ejemplo, la primera imagen, nos remonta a la muerte del joven anarquista Mauricio Morales, el “Punky Mauri”, en 2009, cuando iba en bicicleta a colocar un explosivo en la Escuela de Gendarmería de Santiago; también ataques a carabineros en marchas, entre otros.

El libro comienza así: “La bomba le explotó a Michel cuando se bajó de la bicicleta. Fue curioso, pensaron todos: debía haber andado unos cinco o seis kilómetros con la bomba en la mochila, la distancia que hay entre la casa y el banco, sin que nada ocurriese. Se lo imaginaban saltando cunetas, virando sin mayores precauciones, frenando a veces de sopetón, riendo, como cualquier otro mocoso de trece años que sale a andar en bicicleta o a echar carreras con sus amigos. Alejado por completo de preocupaciones propias de los adultos, esas que exigían el uso de cascos, luces y chalecos reflectantes que lo hacían a uno lucir ridículo, sin que nada indicara que, en unos cuantos minutos, todo acabaría con un estallido imponente”.

En sentido común, la imagen de la bomba explotando parece de Perogrullo, si se toma en cuenta que una casa Okupa es sinónimo de anarquismo, insurrección y artefactos explosivos, que es lo que la autoridad nos ha hecho querer creer. Pero en “La ocupación” se habla mucho más que de bombas, anarquismo y rebeldía. Hay otros problemas que se esconden detrás de esas paredes impenetrables. Parece sólo una excusa la presencia de estos factores, porque a lo que finalmente Rojas apunta y nos invita como lectores, es a descubrir el porqué de la auto-marginación de este grupo de jóvenes. Los personajes de esta novela son una suerte de rebeldes sin causa, para ellos este sistema de vida es simplemente un juego, una justificación para vivir en la periferia del sistema, una respuesta a esa vorágine a la que estamos expuestos diariamente como miembros de una sociedad establecida. Como dije, para ellos no existe un motivo esencial por el que luchar, esto sigue siendo un juego.

Al lector le puede quedar la sensación de que los personajes carecen de un compromiso social serio, quizás una causa por la que la lucha y esta “batalla” en contra de las autoridades valga la pena, identificarse a través de alguna chapa, alguna consigna a favor del proletariado expresada por la agrupación, pero como para ninguno de ellos las causas nunca estuvieron claras, la coherencia literaria lograda por Alejandro Rojas resulta rescatable, porque finalmente esta es la historia de una pléyade sin norte, sin motivos, unos rebeldes sin causa. Para ellos, el único afán era el de auto-marginarse de la sociedad.

El autor:

Felipe Valdivia | Santiago, Chile, 1985. Escritor, Periodista y Gestor Cultural por la Universidad de Chile, autor de “Traducciones de anagramas” (editorial Forja, 2012) y Manual de alteraciones (RIL editores, 2014). Columnista de las revistas El Desconcierto e Intemperie. Actualmente dicta un taller de introducción a la narrativa en la librería Lila y concluye su primera novela “Nosotras”. Sus cuentos han sido incluidos en varias antologías, entre ellos, “Sueños en tinta” (editorial LK).

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