Visceras y piernas (Clochard XII)

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Errante, citando a Neruda y a Droguett, vuelve el Clochard, patiperreando por la ciudad. 

Visceras y piernas

(Clochard XII)

Renata del Río - "Hígado" - http://renatadelrio.blogspot.com

Detengo mi andar por la ciudad, abro mi bolsón de cuero, de la época de mi enseñanza básica, salen recuerdos de lecturas. Elijo un Café Literario, el del parque Bustamante, el de Providencia, el de Ñuñoa. Allí descanso y medito. Mi estampa de clochard no produce asombro, soy parte del entorno. Tras la ducha madrugadora, rasurarse, luego el desayuno melancólico, escucho el canto de la alondra mientras observo desde la ventana de mi dormitorio crecer y esparcir sus efluvios el aromo. Imposible no pensar en el poema Aromos de Nicanor Parra,  más certero en la poesía que en la antipoesía. Recuerdo sus líneas finales: …cada vez que florecen los aromos siento la misma cosa que sentí cuando me dispararon a boca de jarro la noticia bastante desoladora de que te habías casado con otro…

Pero más bien quiero escribir sobre vísceras y piernas, ¿Por qué? Muy simple, la lectura más devastadora de mis años de lector adolescente fue la Oda al Hígado, de Neruda. Puesto que en mi ingenuidad no era capaz de concebir que alguien, más encima un coloso de las letras, pudiera alabar poéticamente a… un pedazo de carne oculto con cien funciones secretas. Modesto, organizado, amigo, trabajador profundo, déjame darte el ala de mi canto… El mensaje lírico es muy claro: el vate le pide a su submarino hígado que no lo traicione, que le permita proseguir su poesía porque tiene innumerables deberes literarios aún por terminar. Esperan su palabra de aliento los obreros, las mujeres desventuradas, los solitarios y los bohemios. Por tanto, ¡déjame continuar mi canto!, es su deseo. Después, en los años universitarios, la lectura arrebatada, bajo la mirada y la guía incomparables del maestro nerudólogo y jazzista Hernán Loyola, el Ritual de mis piernas, de Residencia en la Tierra:  …largamente he permanecido mirando mis largas piernas, con ternura infinita y curiosa, con mi acostumbrada pasión, como si hubieran sido las piernas de una mujer divina, profundamente sumida en el abismo  de mi tórax…

Imposible, en noches de soledad juvenil, en mi dormitorio con azucenas y libros, pinturas y banderas, fotos y graffities, discos y deseos, no  quedarme extasiado contemplando mis piernas, cilíndricas y espesas. Después, después, siempre lo repito, es  difícil contar todo lo que ocurre después de cada después, la lectura hipnótica, sugerida por el inmortal profe Ernesto Livacic, en primero medio, o primero miedo, porque éramos temibles, de la novela cumbre de Carlos Droguett, Patas de Perro. La historia del niño Bobby, con cuerpo, alma, cabeza y manos de niño, piernas de niño, pero con patitas de perro en sus extremidades, por las que era objeto de bullying, de risotadas, de murmullos, de discriminación. Entonces, con los años del crecimiento, en noches de espejismos literarios, levantaba las sábanas estivales para contemplar mis piernas y comprobar, mi Dios, que no me habían aparecido mientras dormía, en sus extremos, pelos adicionales y amontonamientos nerviosos propios de las patitas caninas. No, eran los mismos pies, que terminan en uñas septentrionales, en dedos mesméricos, en venas perdularias.

Vísceras y piernas, si las consagra la literatura y las elogia la poesía, son entonces fragmentos imprescindibles del cuerpo para poder seguir vagando por la ciudad.

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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