Diario de un solo

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Gonzalo Ortega reseña el libro de Catalina Bu (Catalina Bustos), “Diario de un solo”, donde texto y dibujo se combinan para producir un tenso efecto de realidad, del cual surge la risa, y también el silencio. 

Diario de un solo

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Una de los principales requerimientos en la sociedad actual es la presión de estar en movimiento y, por supuesto, acompañado. Sentirse parte de la masa, pertenecer a comunidades, compartir experiencias, tiempos, actividades, en definitiva, conectarse con el mundo, con los otros. Sin embargo, siempre hay seres relegados que no pueden introducirse en estos espacios creados, se desconectan, permanecen aislados, los “solos”, sujetos –y a veces objetos- de una indiferencia absoluta. Catalina Bustos, joven ilustradora y fundadora del sitio de tendencias The-Youthquake.com, rescata a este sujeto solitario en su libro “Diario de un solo”, donde uno de los principales elementos que protagoniza los dibujos es la inevitable cama con su intimidad-reclusión de estar echado, encapsulando el ruido externo para estar mirando el techo con las horas moviéndose y no haciendo nada.

En “Diario…” los dibujos, las escenas, el ambiente, expelen incomunicación, desinterés, el peligroso punto de la apatía. Una de las viñetas muestra al protagonista despertando tarde y pensando, desesperadamente, en las llamadas perdidas que debe tener registradas, para, en la acción siguiente, darse cuenta que no había nadie, que no existía un alguien intentando contactarse. Aparece primero la risa -incluso la burla- para luego entenderlo o, mejor dicho, para sentirse representando.

El libro tiene viñetas para reírse y no solo introducirse en un caudal de desdichas. Este parece ser el juego de esta gran “observadora”, como dice Alberto Montt en el prólogo: tener la capacidad de mezclar ambos registros, hacer reír solo como un acto de expulsar una sonoridad, pero también, y de ahí su fortaleza, reflexionar.

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Las situaciones de consumo y costumbres, ejecutadas y repetidas por la gran mayoría, los que, a la vez, (des)comunican y (des)conectan cruzan todas las páginas. Así aparecen:

–          El Efecto Breaking Bad: maratones de capítulo con la imposibilidad de dejarlo, aunque hayan responsabilidades orbitando y presionando para que se deje (tengo que ver otro capítulo. Y otro. Y otro. Si yo creo que me voy a tener que quedar en cama. Aló, sí, como te decía tuve fiebre en la noche).

–          Procrastrinaciones: el excesivo material que uno usa para poder rellenar el día con actos superfluos, pero que inclinan al cerebro a creer que se está haciendo algo ( ¿Quién habrá inventando la pizza?, ¿quién será la persona más fome del mundo?)

–         Quejas Recurrentes: capacidad de incomodarse con alguna parte del cuerpo o situación, llegando a la única opción de seguir reclamando infinitamente (me duele la guata, me quiero ir a mi casa, estoy cansado, no quiero estar acá, estoy incomodo, no puedo dormir).

Sin duda, se ve una configuración de un estilo tanto en los dibujos como en los diálogos: secos, tristes, punzantes, burlescos. Y ese mismo estilo es una liberación, un desatarse de las influencias para crear algo nuevo que significativamente tiene el poder de no limitarse a una simple área geográfica, porque “Diario de un solo” transita por la soledad, y que más universal que la distancia que se ha generado entre tantas personas que ya solo poseen indiferencia una de otra.

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