Abrazos

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Un cuento de hermandad en medio del absurdo de la guerra y las bombas. Un cuento de humanidad. Escribe Irene Goldfeder. Ilustra Fernanda Bragone.  

Abrazos

Ilustración: Fernanda Bragone | http://fernandabragone.blogspot.com/

Papá tiene los brazos tan largos que mi hermana y yo entramos en su abrazo. Yo me olvido de las bombas  y  de meterme en la cama, taparme todo y dormir de corrido.

Cantamos juntos

“Taa, taa taiyyi, taitine biâliyi,
Rin rin ya jarase, hauil ou irkab âl faras
Taa, taa taiyyi, taitine biâliyi,”

Entonces los ruidos, el olor a gas y la muerte de Kalhil  se van lejos.

Mamá se tapó la cara con la burka en el entierro de Kalhil. Creo que lo hizo  para que yo no me diera cuenta que lloraba mientras me acariciaba los rulos. Fatima también lloraba. Mi hermana siempre llora aunque papá se haga el payaso para que se nos vaya el miedo.

Yo no lloré. Me acerqué a Kalhil y le dije en secreto que se levantara a jugar conmigo.

Tu amigo va estar envuelta en túnicas blancas, me avisó antes papá.

Cuando me miro al espejo mi piel parece  pálida. Dicen que es porque casi no salimos a la calle.

Ahora de nuevo  las bombas afuera y  la luz que no prende.

Casa está llena de velas y papá camina de un lado al otro. No escribe. Creo que se quedó sin palabras después de pelear con mamá.

Vayámonos de este infierno, gritó mamá. ¿A dónde vamos a ir?, respondió él y bajó con dos baldes a buscar agua. Mi tío Ammar  lo acompañó.

A mi tío Ammar le digo tío Elefante porque es enorme y siempre ríe. Hace malabares con sus manos como si fueran trompas. No tiene hijos.

Seguro que él nos va a llevar lejos de las bombas y va a llevar  con nosotros el alma de mi  amigo Kalhil, a mis primos y a Yedid.

Me gusta mucho jugar con Yedid. Habla mal árabe por eso  hablamos todo el tiempo inglés cuando estamos juntos. Mi tío elefante dice que a todos los israelíes les pasa lo mismo, no pueden pronunciar la “r”.

El día antes que comenzaran las bombas Yedid llegó con su padre a casa.

Trajeron un paquete repleto de comida y frazadas. Mi hermana abrió la puerta y el papá de Yedid la abrazó tan fuerte que la levantó del suelo, después me alzó a mí.

Perdón, pidió ese hombre alto.

Los grandes de casa se acercaron a él y lloraron juntos.

Después Yedid y su papá se fueron.

No los vamos a ver más, dijo mi hermana y mi tío Elefante acarició mis rulos.

El padre de Yedid escribe libros en hebreo.

Una vez escribió un libro junto con mi papá que hablaba de la paz.

Cuando iba a lo de Yedid jugábamos partidos de fútbol en su play 3. Yo ganaba por goleada y su padre reía. Grande Palestina, decía y con su barba pinchuda raspaba nuestras caras.

Yedid y yo nos escapábamos de sus brazos y él nos perseguía.

Luego comíamos kipes. Nunca salíamos de esa casa que a mí me parecía un palacio.

Por las noches el padre de mi amigo nos leía cuentos mezclando árabe con hebreo mientras nosotros dos dormíamos tomados de las manos.

Las veces que Yedid venía a mi casa jugábamos en la plaza con los otros niños y reímos tan fuerte que seguro que se escuchaba del otro lado del muro.

Mamá nos esperaba con maglube calentito y él usaba las manos como nosotros y se chupaba los dedos al terminar de comer.

Qué rico, decía festejando la comida de mi madre aunque fuera picante.

La última vez que nos vimos Yedid y yo nos contamos secretos que juramos no decir a nadie.

Después él me dijo hermano.

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

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