Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel

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Escrito por Eduardo Plaza Ávila e ilustrado por Enita Cortés, hoy presentamos en Terminal el cuento “Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel”.

Con Paula en la cocina, del tiempo junto a Isabel

Ilustración de Enita Cortés | http://www.flickr.com/photos/lasrtasinestesica/

Con Paula teníamos un dicho en común, una frase que nos gustaba y repetíamos mucho: la armonía es un pacto. Solíamos terminar nuestras discusiones así, era nuestra pequeña broma privada. Se la oímos una vez, en la fila del cine, a un sujeto que peleaba con su mujer por teléfono. Ella no llegaba y la película ya estaba por comenzar. La discusión estaba subiendo de tono cuando él la interrumpió diciendo algo así como “amor, por favor, ya sabes: la armonía es un pacto. Recuerda las buenas intenciones, por favor”. Nosotros supusimos que era esa clase de mierda que inventan en las terapias de pareja. Desde ahí en adelante se convirtió en nuestro cliché. Cada vez que nos arreglábamos, tras una pelea, rompíamos así el hielo y nos reíamos y luego nos aburríamos y buscábamos modos originales de decírnoslo. Una vez ella lo escribió con pasta de dientes en el espejo de mi baño. Una vez yo se lo dije en griego. La idea era ser tontos. En mi cumpleaños veinticinco ella lo hizo en latín, sobre la torta. No recuerdo cómo se escribe ni en latín ni en griego. Pronto la frase derivó en un acrónimo: laeup, y comenzamos a dejarnos pequeñas notas pegadas por ahí cada vez que alguno quería disculparse por no haber pagado la cuenta del cable o por haber salido apurado sin lavar la loza del desayuno. Y pronto, también, las discusiones dejaron de resolverse con humor y se volvieron graves, y sin darnos cuenta reemplazamos aquel gesto por otra clase de palabras, más hondas y complejas.

Me acordé de todo eso la última vez que hablé con Paula. Fue varios años después. Vaciábamos una botella de Campari en mi cocina y ella hacía olas en el aire con el humo de sus cigarrillos. Mi mujer, Isabel, ya se había acostado. Mi hija dormía. No fue planeado: yo esperaba el metro en Universidad de Chile y la vi. Nos saludamos, nos reímos, fuimos por unos tragos y terminamos en mi casa. Isabel, como era de esperar, no lo tomó del mejor modo: mira, amor, me encontré con una ex novia en la calle, tomamos hasta que nos echaron y ahora nos vinimos a la casa para seguir con la farra, me dijo ella, irónica, en voz baja, cuando me siguió hasta el baño. Solo falta que ahora Rocío se despierte por el ruido que meten el borracho de su papá y la borracha de su amiguita, ¿no? ¿Te das cuenta de que es martes o ya ni en eso te fijas? Yo no hice caso. Con Paula nos encerramos en la cocina porque era el lugar más alejado de los dormitorios.

Pusimos música en la pequeña radio reloj sobre el refrigerador, cerramos la puerta y nos quedamos conversando y riendo sin que nos importara mucho el contexto. La risa de Paula era ronca y larga como el paso de un tren.

—¿Te acuerdas de esto? —le pregunté, avanzada la madrugada. Saqué mi teléfono y le mostré un viejo correo electrónico:

de:  Paula G.  < lasguaguaschinas@gmail.com >
para:  Eduardo P. < jonasrenkse@hotmail.com >
fecha: 7 de octubre de 2002, 11:01
asunto:  Nada
Te quiero negrito. Conversemos mañana. Laeup.

—Mi cuenta de correo vieja —dijo, intentando recordar.

—Sí, pero no me refiero a eso. ¿Te acuerdas de esas letras de…—alcancé a decir antes de que Paula me interrumpiera tomándome del brazo, como quien recuerda haber dejado la plancha enchufada.

—¡La armonía es un pacto! —respondió, con sus ojos fijos y vivos sobre mí. Volvimos a reírnos y a hacer un breve recuento de las veces en que la usamos hasta que ya no la usamos más. Ella comenzó a extenderse en esto último. Entonces recordé que había visto un lápiz al lado de la radio. Dejé mi vaso y me levanté con un poco de dificultad. Cuando me vio tomar el lápiz y sacar un papel con la lista de compras pendientes que Isabel pegaba en el refrigerador, su semblante cambió. Empecé a rayar y escribir por encima.

—¿Qué estás haciendo?

—Espera —Doblé el papel dos veces, con la frase al interior, y firmé con el acrónimo. Tomé su mano e intenté entregárselo—. Toma, llévatelo. Es la última vez.

—¿Y por qué? —preguntó. Nos quedamos en silencio dos o tres segundos. Rompí con una risotada el aire frío que comenzaba a meterse— Qué tontera. Qué estupidez —me dijo, ahora seria, mientras yo solo atinaba a reírme y seguir bebiendo.

—¡Pero qué tiene! Es un regalo, vamos…

—Ni siquiera es gracioso, Eduardo. Ni siquiera es una buena broma: es fome y es estúpido.

Ella se quedó en silencio, hizo una pausa. Me quedé mirándola. De pronto tomé conciencia de que realmente estaba ebrio. No era una exageración de Isabel: habíamos tomado tres botellas de vino en el bar, quizá más, no lo sé, y ahora íbamos por el Campari. Paula era cosa seria cuando se trataba de beber. Era fuerte. Cuando estábamos juntos, solíamos hacer todo un poco borrachos: conducir, acostarnos, discutir, salir a comer y salir a bailar. Eso era todo. Todo lo que hacíamos juntos. El resto de las cosas las hacíamos con otras personas, aunque a veces incluíamos lo de acostarnos. Bajé el vaso y puse mi mano derecha sobre mi rodilla, a pocos centímetros de su muslo izquierdo. Miraba sus piernas. Yo quería tocar sus piernas. Quería subir su falda, empujarla en dirección a la logia, cogerla del cabello y metérselo apoyados en la secadora. Eso. Y luego echarme a dormir sobre el sofá. Y roncar. Y despertarlos a todos con mis ronquidos. No me importaba Isabel. Tampoco me importaba Paula.

Pensaba en eso cuando apareció Rocío, que se había levantado porque tenía sed. Siempre hacía lo mismo: despertaba, caminaba a la cocina con su vasito de melamina amarillo, intentaba alcanzar la llave del agua y, cuando se daba cuenta de que no podía y no había nadie para asistirla, nos iba a buscar a la habitación. A Isabel o a mí. A veces yo olvidaba dejar la puerta sin seguro y Rocío trataba de abrirla y luego se rendía y pasaba la noche acostada sobre la alfombra. Paula dio un grito de sorpresa y la abrazó. ¡Qué haces despierta a esta hora!, le dijo, empapando su rostro somnoliento con una mezcla de alcohol y tabaco. Rocío se quedó quieta, sorprendida por la desconocida. Soltó sin querer su vaso cuando me lo entregaba. Paula la miraba y luego me miraba a mí, tal vez buscando rasgos en común. ¿Te doy agua?, le preguntó con ternura, acariciando sus rulos castaños, y Rocío asintió con los ojos entrecerrados. ¿Te acuerdas que conmigo hacías lo mismo?, me dijo a mí, mientras abría la llave y vertía dos dedos de agua en el vaso. Yo no entendí la pregunta. Volvió a la mesa, se sentó, subió a mi pequeña a sus piernas, las mismas que yo quería tocar, y le dio de beber. ¿Te acuerdas que conmigo hacías lo mismo?, volvió a preguntar. Metías minas en la cocina. Me acuerdo, le dije. ¿Cuántas veces lo has hecho con Isabel? Esta es la primera vez, contesté, intuyendo que muy probablemente no sería la última. ¿Y conmigo? ¿Cuántas veces lo hiciste? La miré y me quedé callado. ¿Quién más ha podido aguantarte tanto?, me dijo. Rocío, pensé. Rocío me va a aguantar todo. Forcé una sonrisa y me quedé mirando el humo de su cigarrillo subir hasta la pantalla de papel que cubría la ampolleta del cielo. Y el humo avanzaba dibujando pequeñas, muy pequeñas curvas.

El autor:

Eduardo Plaza Ávila | Periodista. Nunca ha tenido caries. Nunca ha sentido un calambre. A excepción de Daniela Aguirre, nunca nadie lo ha invitado a un matrimonio. Ex cliente de bares con CDF Premium.

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