Autoayuda

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En su segunda novela, el escritor Matías Correa muestra a un abogado exitoso, Jean-Michel Mena Viollier, quién vive en una de las zonas más acomodadas de Santiago y gana treinta veces el salario mínimo, cayendo en el encierro y la soledad y la ironía de poseer propiedades que no tienen “valor”. El uso de la palabra “éxito” rodea la vida del abogado, mostrando el reverso que siempre está presente: el declive.

El punto de inflexión es la desaparición de la esposa de Mena -el narrador queriendo traspasar confianza, desea que así lo llamen-. Sin poder hallar la causa, decide enclaustrarse en su departamento y dejar de trabajar para introducirse en un estado entrópico. Incluso, la rutina del consumo de drogas duras, alcohol y alguna mujer que siempre venía acompañando el pack denominado “cajita feliz”, se desvanecen. “Dejaron de darle sabor a mis días”, declara.

El narrador contornea pequeñas descripciones de lo que es vivir en el sector alto de la ciudad: “Un barrio donde los niños no existían fuera de sus propias casas”. En otras, de forma seca, describiendo a un personaje: “Se trataba de una señora de edad, gruesa pero chata a la vez –quizás obesa para ser tan baja- , que llevaba el pelo corto, casi al rape”. Pero lo que inunda, y desborda el conjunto del libro, dándole volumen, son reflexiones simples, algunas certeras, algunas vacías, pero siempre sintiendo esa capa que se eleva como un juego doble de sarcasmo hacia el género de autoayuda: “Me había transformado en mi propia enfermedad, y todavía no entendía que las probabilidades de convertirse en el remedo de una persona pequeña y miserable aumentan con el tiempo, a medida que más tarda uno en aprender tan simple moraleja”.

Una de las tantas virtudes del libro, es la velocidad con que suceden las cosas. Las descripciones son precisas y los verbos ayudan a situar a Mena en su propio abismo. La aparición de Genaro Scott, un hombre que esconde su desfiguración en una máscara de luchador mexicano, debido al azar de un suicido mal ejecutado, agrega un eje complementario al protagonista. El solipsismo de Mena, engañosamente empieza a borrarse, por el acompañamiento de Genaro.

Tras descubrir la fama de Genaro, como pintor de cuadros que sella con aforismos reflexivos, Mena entra en un proceso de autoayuda cedida por este. Es inevitable pensar -y acá la fuerza destructiva e irónica del libro- la miseria de realizar una lista de actos disparatados con la única finalidad de volver a ser. La manipulación de obligaciones se vuelve triste y profundamente devastadora.

El personaje en esos segundos, pareciera flotar sin convicciones dentro de una burbuja que está a punto de reventarse, pero a la vez, eso mismo, el no poseer una especie de lista de moralidades proyectivas o establecidas, logran profundizar aún más el deshilachamiento.

La aparente lejanía que logra la plata en el personaje, de los que tienen y no, se invisibiliza al sentir la putrefacción de lo que pueden provocar estos tipos de libros-procesos. En este caso, es un cuico perdiéndose en la soledad del dinero, pero podría también haber sido un pobre intentando serlo, con esos conocidos diez pasos para ser millonario. Existe un reflejo grisáceo que el de la dehesa proyecta sobre el de la población, alumbrándolo o encegueciéndolo para llegar a ese lugar.

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