Gatos (Clochard XI)

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Adriano Mazzei Labanca vuelve con un texto dedicado a los gatos, homenaje necesario en su mes principal. Rompe la noche el maullido en los tejados, ronroneos que se cuelan a la literatura. Ilustra Clavel Verde. 

Gatos (Clochard XI)

Ilustración: Carla Valdovinos / Clavel Verde - http://miclavelverde.wordpress.com/

En cada ciudad que visito me fijo en ellos. También detengo mis pasos para contemplar sus movimientos cuando entro en una habitación. Todavía más, el resto del decorado pasa a segundo plano por su presencia, en especial la cara, los ojos, el pelaje. Neruda, en su Oda al gato, lo define como:  Emperador sin orbe/conquistador sin patria/mínimo tigre de salón/nupcial sultán del cielo/de las tejas eróticas. Alguna vez le escuché a Poli Délano decir que todo escritor de buen corazón debe tener un gato, o una gata, que lo cuide. De esta forma, Hemingway escribió sus cuentos y novelas rodeado de gatos. Los chismosos, nunca faltan, cuentan que un gato centenario lo acompañaba en sus viajes y residencias por España, Cuba,  Estados Unidos,  África. Dicho gato no sólo le sugirió el final maestro de El viejo y el mar,  más aún, en un momento en que su amo y señor dormía, víctima quizás de un exceso de whisky, se sentó a la Rémington, su fiel máquina de escribir, y tecleó  las líneas del desenlace de la novela.

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El momento inolvidable en que Santiago, el anciano pescador, se duerme en su cabaña, mirando el mar. Mientras en la playa yace el esqueleto del pez capturado, el más grande que nadie en la caleta cubana, donde transcurren las acciones, haya visto jamás. Devorado por los tiburones.

Otro tanto ocurrió en el domicilio, en La Ligua, del gran poeta lárico Jorge Teillier. El gato Pedro falleció una semana después que su compañero de ruta. Hay fotos en que se les ve, abrazados, en el jardín de la casa que ocupaba el célebre minino, donde  era el monarca, reinaba aun por encima de los cónyuges, el poeta Teillier y su esposa, dueños de la parcela dedicada al cultivo de paltas. Me gusta también la foto, publicada hace años en el diario Clarín, donde aparecen el poeta y el gato Pedro sentados a una mesa del bar La Unión Chica, brindando por los años venideros.

No sólo en la literatura están presentes los felinos. Piénsese, por ejemplo, en el saxofonista Gato Barbieri; en el cantante Cat Stevens; en que a Elvis, el rey, lo apodaban Cat; en la comedia musical Cats; en la tanguera Adriana Gata Varela; en Gatúbela, personaje de Batman; en el único cuento que ha escrito el antipoeta Nicanor Parra, Gato en el camino, etc.

Lope de Vega escribió La Gatomaquia; el poeta maldito francés, Baudelaire, su célebre soneto Les chats, Los gatos; Edgar Allan Poe (él mismo era un gato), el cuento de terror El gato negro; Cortázar habla en una carta acerca de esos sentimientos explosivos que caen como un gato desde la azotea; Hay esqueletos de gatos embalsamados en las tumbas de los faraones y los egipcios se rasuraban las cejas, en señal de duelo, cuando moría el gato de la casa. Su aporte a la cultura es innegable. Se les suele encontrar como bibliotecarios, médicos, músicos, actores y actrices, ministros y embajadores.  ¡Están en todo! Y suelen ser garantía de discreción, silencio y sagacidad. Tienen su ego y eligen a quien querer. No se dejan influenciar y sus ciudades predilectas son París, Venecia, Valparaíso y Chiloé. También Roma y Atenas, porque les gusta la tradición, las ruinas y la arqueología. Allí, además, con frecuencia trabajan como guías de turismo, oficio en el que son, francamente, insuperables.

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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