Jodorowsky

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“La Danza de la Realidad” , la última película del multifacético Alejandro Jodorowsky se encuentra aún en carteleras. Mario Valdovinos nos ofrece una breve relación a la vida y obra del autor, el barroco y kitsch Jodorowsky. 

Jodorowsky

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Desde su aparición como integrante -tal vez a su pesar-, de la Generación del 50, compañero del poeta Enrique Lihn y de los narradores Enrique Lafourcade, Jorge Edwards, José Donoso, entre  otros, Alejandro Jodorowsky, Tocopilla, Chile, 1929, agitó el quieto panorama cultural chileno,  más cercano a la política, la actividad económica, el fútbol y la TV, que a la creación artística. Junto al inspirado, y tímido por esos años, poeta Lihn, hizo presentaciones de mimos, marionetas y títeres y estuvo de paso  en la bohemia gélida del Parque Forestal, la pista de despegue de su generación. Cuando el frío y los borrachos que ocupaban los bancos para dormir los ahuyentaban, partían  hacia Il Bosco, el Café Iris, El Sao Paulo, Las Cachás Grandes, el bar Hércules del barrio bravo de Bandera.

Los del 50 eran peripatéticos, lectores furibundos, ilustrados, pobrísimos y especialmente cosmopolitas. De esta forma, pronto emprendieron el vuelo, a Europa, el amado París, la Ciudad Luz, a Estados Unidos. Huir, huir del siniestro país conservador, del futuro clausurado donde los esperaba una hostil sala de clases con los alumnos dormidos, o una oficina  con un jefe de ojos turbios; tal vez la redacción de un diario donde trabajarían de amanuenses, de correctores de pruebas, de columnistas. Huir de lo que Neruda, horrorizado, llamaba ¡la sombra de las administraciones! Preferían la estampida hacia Valparaíso, en vagones de tercera, como había viajado el poeta Pezoa Véliz, el autor de El pintor Pereza:

Hace ya diez años que en el tren nocturno
y en un vagón de última dejó la ciudad
iba a un desertado recluta de turno
y una moza flaca de marchita edad.

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Valía más ser envueltos por el viento negro de los cerros, visitar al cónsul chileno en Valparaíso, Joaquín Edwards Bello, el inútil de Joaquín, despertarlo cuando dormitaba sobre una mesa del Bar Inglés, recordando sus hazañas y frustraciones de ludópata, las cocottes parisinas que lo arruinaron, las burbujas del champagne que lo habían embriagado, el perfume de la bailarina española llamada la Bella Otero. ¡Huir, lejos, huir¡, soñar con l´amour fou, con la hipnótica Nadja de André Breton, con fantasías paranoicas e imposibles; alimentar a un gato en una pieza de pensión; abandonar un cuarto repleto de escenografías y cachivaches teatrales; seducir a una viuda sin consuelo, residente en el barrio La Chimba; contemplar a los niños vagos deslizarse por los tajamares del río Mapocho y seguir, con los ojos inyectados en alcohol, el curso de las aguas pestilentes, arrastrando cadáveres de perros hacia el océano; enamorarse de una putidoncella en un burdel de la calle Orompello de Concepción: Perdí mi juventud en los burdeles, pero no te he perdido ni un instante, mi bestia, máquina del placer… y visitarla una madrugada para encontrar que la estaban velando y sonreía, como Ofelia, en el lecho de muerte, con sus ojos, uno celeste y el otro verde, abiertos de par en par, como su cuerpo que se ofrecía en noches de lujuria.

¡Huir, lejos, huir¡

Arrancarse antes de terminar en el patíbulo, colgado de un árbol o de una viga, como Alfonso Alcalde, en la caleta Coliumo, o como Adolfo Couve en su nostálgica mansión  de Cartagena.

Tras quemar todas sus fotos, Jodorowsky partió por mar desde Valparaíso, en 1953, tal como el infortunado pintor Carlos Faz, muerto a la edad de James Dean, al saltar desde el barco hacia el muelle, porque viajaba indocumentado. Jodorowsky llevaba una maleta de cartón con marionetas, un viejo par de zapatos, un libro de poemas, Residencia en la Tierra de Neruda,  una oreja y ninguna imagen de su estampa, porque las incineró. ¿Exorcismo o embrujo? Abordó el vapor la silueta de lo que, a la vuelta de los años, sería un artista pletórico de  historias, símbolos, delirios esquizos. Sombras nada más. No llegó, por primera vez, a un ensayo teatral convocado por él. Se esfumó, se lo tragó el mar. Reapareció en México, donde estuvo quince años, y dirigió  teatro pánico -inspirado en la dramaturgia de la crueldad de Antonin Artaud-, junto a Roland Topor y Fernando Arrabal. Después vendrían otras residencias -Nueva York, París-, y trabajos, el estudio sistemático del tarot, los guiones de las aventuras de El Incal, dibujadas por el genial artista gráfico francés Moebius; también firmó los textos en la serie del Lama Blanco, junto a Georges Bess, cómics hoy de culto, ediciones de gran formato y de tapa dura, legendarios e inencontrables, a pesar de haber vendido más de un millón de ejemplares.

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Después, después, después, es largo contar toda su increíble trayectoria, la poesía, las novelas, los cuentos pánicos, el cabaret místico, la sicomagia, los chistes, los aforismos, las fábulas, la música, los ensayos, la pintura, las terapias, el sicoanálisis, el surrealismo, el budismo zen, el cine. El personaje Jodorowsky se construyó en el desarraigo, en el exilio, la patria del artista es su quehacer, su propuesta, su incesante búsqueda.

El ego gigantesco trajo aparejado el culto a la personalidad, el artista de aptitudes y vocación invencibles, el que hizo un tipo de arte híbrido, sobrecargado, repleto de referencias herméticas y oníricas. Lo suyo no ha sido un trabajo en la penumbra, de bajo perfil, un artista secreto para iniciados. Todo lo contrario, dislocado, estridente, declarativo, un místico de la imaginación con un universo barroco y kitsch, también un creador de imágenes incombustibles. Hasta hoy un surrealista que persistió, renovándola, en esta tendencia  vanguardista del siglo pasado, que se había retorizado, volviéndose tradición académica.

¿Le interesó alguna vez el receptor de su torrencial y heterogéneo trabajo? La misma pregunta puede hacerse al cineasta Raúl Ruiz. En primer lugar estuvo su universo personal, un mandala seductor o ahuyentador, después, quizás lejos, quienes se asoman a ese cosmos. No importa, está allí todo lo que ha hecho, merecedor sin duda, y por lo menos, del Premio Nacional de Literatura, del Premio Nacional de Arte, mención teatro, del acto de justicia, más que de un galardón, de una actitud integradora, admirativa y agradecida de parte del país que tuvo el privilegio de verlo nacer y  formarse en él, sin duda solo, con estudios informales e interrumpidos. No los requería, su camino era el de un río en expansión.

En el plano de la literatura chilena, Jodorowsky aportó la fantasía, la imaginación desaforada, en un contexto de realismo dominante, de captura muchas veces mecánica de lo visible, de versiones planas de nuestra realidad. Como en el verso del Cholo Vallejo, siempre hubo un vacío en su aire metafísico. Jodorowsky lo ha llenado con el método de los del signo Acuario.

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El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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