Intervalo I: Fantasía

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Teófilo Asfura se presenta hoy en Terminal. Trae preguntas esenciales y el ejercicio de la memoria. 

Intervalo I: Fantasía

¿Qué sería de nosotros sin la ayuda de aquello que no existe?

P. Valéry

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En un café, en las calles o en el frotarse las manos al alba para hacer frente al frío la remembranza de la niñez se evoca siempre sinuosa. Incluso disfrutando de las volutas nacientes del movimiento seco de la mandíbula fumando de pie en el umbral de una casa para capear la lluvia. O cuando después de un partido de fútbol atesoras aquel íntimo orgullo de haber participado de una buena jugada. Acaso lo único que no hay de engañoso en la infancia es que resiste en nosotros pese a la regeneración de nuestro mundo; la caprichosa fortuna ha permitido que Cronos pueda adentellarla, pero no engullirla.

De todas las variantes para divagar, contemplar a un niño e intentar entrever qué piensa es una de las más misteriosas. La pregunta por la conformación de la trinidad parece un volantín de plomo al lado de ella; la metafísica y la teología presentan preguntas tan arduas que violentan la creatividad del observador, en cambio, el modesto intento de saber qué piensa un infante (o intentar revivir qué pensábamos cuando éramos niños) resulta un ejercicio primariamente deslumbrante.

El existencialismo de Sartre o Camus (de justa nombradía), la logoterapia de Frankl o el intento cartesiano de esclarecer nuestra existencia no están ni un paso más adelante cuando se trata de de responder a la pregunta qué es la vida, que aquella respuesta que dio la pequeña Mary Levov cuando en el colegio se lo preguntaron y ella escribió: la vida es aquel momento en que estamos vivos. Es al ingenioso Philip Roth a quien debemos la poco frecuente lucidez de esta escena; quedo agradecido de la incomprensible epifanía que lo llevó, al menos por un instante, a escribir bajo sus estados mentales infantiles como un ciego disparo, de abajo hacia arriba, del inabarcable imaginario de la puericia retornante.

Pero no enaltecería los retablos de la infancia ni por un momento; acaso este ejercicio sea sólo el placer contemplativo que genera la belleza en la búsqueda de lo ausente. (¿Cómo podríamos desear volver a un estado en que no hubiera pasado que desdibujar,  para clamarlo con otras pinceladas o manotazos?). Siempre llegaremos tarde para abjurar de lo vivido.  A Picasso le tomó toda la vida aprender a pintar como un niño.

Y es que bien vale la pena vivir con la infancia; volver a los mismos sitios, echar un juego de cartas con el sinsentido. Que los cinco, seis, siete años se nos volteen y nos miren. Y que sus conductas y  triquiñuelas reverberen en nuestra cotidianeidad como un agente interno trasladado en el tiempo que de tiempo en tiempo viene a visitarnos frente al alto portón de hierro de nuestros años.

Por qué no abrir el pórtico (pregunto con la candidez de quien piensa se puede elegir). Cuando la monotonía de la convivencia cotidiana hace que los diálogos se entrecrucen como alambres oxidados por el vaho del té o las lágrimas o cuando el firmamento despierta del color del pavimento entonces las juergas y el merodeo entoldan de azul un amanecer que parecía azabache. Y si acaso la embestida me encuentra en el Metro, entre mis amigos o fumando bajo un paradero, entonces fantaseo, como todos, frente al espejo del infante que fuimos y que viene a compartir un instante con nosotros.

Cuánto estamos hechos de lo que no existe, me pregunto, con alegría íntima, mientras leo esperando la muerte que llaman sueño. No sé si toleraríamos la orfandad del ensueño que con cada célula que envejece hilvanamos. Si supiésemos con certeza que mañana acabará el mundo, estoy seguro de que hoy agotaríamos nuestras fuerzas inventándolo.

A veces no es necesario ir tan lejos (como para cavilar respecto a si existe literatura realista y ésta es, de uno u otro modo, fruto de nuestra fantasía entonces por qué nuestras historias no podrían ser, cada una, descifradas como literatura fantástica que otro lee). Basta con ir a la otra esquina. A la esquina de Gauguin o de Florita Tristán bajo las letras de Vargas-Llosa, en esa novela formidable donde la combustión de la sangre, la respiración, la energía y el alma bullen con el haz de la expectativa fantástica de que, con sólo un ápice más de esfuerzo, se llegará al paraíso (ubicado siempre en la otra esquina).

¿Cuál será nuestra esquina? (quizás, como la música, la podamos construir mejor en silencio). Como Joaquín Rodrigo quien, asolado por la ceguera, compuso sus fantasías sobre piedras de seis cuerdas extendidas desde donde podía levantarse y mirar en lo alto lo que no había perdido. Existimos lo mejor que podemos. Si el tiempo soplara colérico un día de arriba a abajo sobre nuestras coronas para espantar las cenizas,  ínfimos serían nuestros huesos y nuestra carne, quedando a la ventisca  las moléculas de lo que no existe.

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El autor:

Teófilo Asfura | Licenciado en Literatura. Lector.

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