Bar de Constitución

CuentosPortada

En este nuevo cuento de Ire Goldfeder, la acción ocurre en un bar del bonarense barrio de Constitución, puerta de entrada sur a Capital Federal.  Ilustra Vero Fradkin.

Bar de Constitución

Ilustración: Verónica Fradkin | http://veronicafradkin.blogspot.com/

El escenario es un bar en el barrio de Constitución.
Los personajes, Carla y Roberto, aunque ellos dos jurarían que la cámara está apuntando hacia la otra esquina de la plaza.
Están sentados en la misma mesa, uno frente al otro.
Carla pidió un cortado y Roberto tostado con fernet.
-Necesito picotear algo- dice.
Ella revuelve y juega con el humo que sale de la taza. Él se detiene frente a cada sorbo, apoya de nuevo el vaso en la mesa y muerde el tostado.
Carla levanta la vista y mira a través del ventanal.
-Tenés unas tetas bárbaras- murmura Roberto.
Carla sonríe.
Roberto continúa diciendo cosas sobre sus pechos y le pregunta si su pija es igual de grande.
Ella se cambia de lugar y lo toma de la mano.
La mano de Roberto se deja llevar y con la impunidad que le da estar oculta por la mesa, se apoya en  Carla.
Pero de pronto avergonzado saca la mano y sigue comiendo el tostado.
-No me vas a creer, es la primera vez- explica.
Gotas de transpiración recorren su frente.
Carla toma la cartera, se para y se dirige al baño.
Mueve imponente el culo. Entra al de hombres.
Roberto la mira de espaldas. Se da cuenta que es alta, quizás un metro noventa.
Piensa en pagar la cuenta y rajar de ese bar. Maldice el día que José le metió en la cabeza la idea de comerse un traba.
Se acerca el mozo y le pregunta si necesita algo más.
-No pibe.
Carla vuelve del baño. Camina despacio, balancea los pechos. Sus labios son anchos y están pintados de rojo. Su cintura fina y la cadera hacen juego con el resto del cuerpo.
Viste minifalda y una camisa escotada.
Roberto se imagina desnudando ese cuerpo y teme no crecer como seguramente lo hará el de Carla.
-Vamos a tomarnos un vino a otra parte- propone.
-No me hagas perder tiempo.
-Así no puedo. Con la Negra vamos despacio. Es que ella trabaja mucho, y yo me quedo con los pibes, y las ganas no vienen así nomás…
Roberto deja de hablar, levanta la mano y llama al mozo. Le pide un vaso de vino y un plato con queso.
-Tengo el estómago vacío- explica.
Carla saca una lima de la cartera y se arregla las uñas. Llega el pedido.
-¿Vos no querés nada?
-No, cuando trabajo no tomo.
-Yo en cambio…
-¿Siempre hablás tanto?
Las luces del bar son cada vez más tenues. Poca gente camina por la calle.
-Mejor lo dejamos- propone Carla.
Roberto niega con la cabeza, y no lo hace por él sino porque no se le ocurre una buena excusa para contarle a José o a la Negra.
“Viejo, andá . Hacelo por mí”, le insistió la Negra.
Carla se levanta y se cuelga la cartera al hombro. Roberto la sujeta de la muñeca y de pronto lagrimea.
Ella mira con asco y vuelve a sentarse pegado a él. Él levanta la vista y la observa sacar algo de su cartera.
Es una navaja. Carla escupe en la parte filosa y con la manga de la camisa limpia unos manchones rojos.
-A ese hijo de puta le gustaban las cosas limpias- dice acercándole la navaja al cuello.

Lo acaricia despacio, se cuida de no lastimarlo.
Roberto siente el frío de la navaja, le empiezan a temblar las manos. Ya ni puede sostener el vaso de vino y lo apoya en la mesa.
Carla, sin soltar la navaja, se acerca más y le lame el cuello.
-A esto jugaba con el viejo- le susurra al oído.
Roberto no contesta, ruega que alguien se acerque.
Las luces se apagan y Carla apoya la navaja en la mesa.
-Así no puedo- confiesa Roberto.
Carla le saca el pantalón y se lo lleva a la boca.

Roberto sigue asustado, pero ya no habla. De a poco el miedo lo excita. Siente que crece, se hace gigante, cierra los ojos, suma oscuridad y algo se acomoda.
Carla sigue abajo, se frota contra su cuerpo y caen al piso. Roberto festeja esos pechos tan diferentes a los de la Negra.
Sin darse cuenta ya no está dormido.
Carla ríe y grita. Él también lo hace.
Desnudos sienten el olor a cerveza, a vinos, a vasos caídos.
Roberto mira para arriba y ve el cielo cubierto de espejos.
Entre tanta oscuridad lo único que se refleja son sus cuerpos. Los dos acostados, bien grandes. Las manos ayudan.
De golpe las luces se prenden y están sentado uno frente al otro.
El vino y los quesos sobre la mesa.
Carla de nuevo abre la cartera y saca una navaja que ni siquiera está limpia.
Él no está desnudo y el techo no tiene espejos.
Carla repite que se parece a ese hijo de puta y acerca la navaja. Pero esta vez no lo hace contra el cuello de Roberto, sino contra ella misma.
Aprieta fuerte hasta que el filo traspasa la piel y todo en la mesa se empapa de sangre.
-¿Estás loca?- grita Roberto y le quita la navaja.
Carla cae al piso.
Las mujeres gritan.
-Fue él- dice el mozo y señala a Roberto que aún tiene la navaja.
Él contesta que él no fue.

-Esa mina está loca, no la conozco, José y la Negra insistieron tanto.
-Voy por la cana- propone el mozo.
Roberto se levanta y apunta con el cuchillo.
-Nadie se mueva- amenaza y se sorprende al escuchar su voz, parece segura.
Le ordena al mozo que se tire al piso y a los demás también.
-¿Alguien tiene auto?- pregunta.
-Sí, yo- contesta una mujer.
Roberto le indica que le dé la llave, pero ella  que no, que mejor se van juntos, que tiene tiempo de sobra para llevarlo a cualquier lado.
-Otra loca más- murmura Roberto y mira el cuerpo de la mujer.
Es alta, con pechos medianos. Demasiado rubia.
La observa de nuevo y ve que sus piernas son flacas, pero no para tanto y cuando la mira ella sonríe
Roberto se limpia los ojos, siente que la conoce y no sabe de dónde.
-Bueno, si te gusta la joda- dice mientras junta los quesos que quedan en la mesa y sin limpiarles la sangre se los come.
Le aclara a los demás que cuando está nervioso necesita tener algo en la boca, que no es su culpa, que desde chiquito le pasa lo mismo.
La mujer y Roberto se dirigen a la puerta.
Ella camina adelante, él la sigue y la piensa desnuda.
-Otra vez, no- repite para adentro.
La mujer se da vuelta.
-Te oí- le dice.
Roberto se pone colorado y susurra que él nunca hace esas cosas.
Siguen caminando.
Ríe al sentir que la palma de su mano está cubierta de sangre.
Cruzan la Avenida Constitución.
Él vuelve a refregarse los ojos, no entiende nada.
La mira de nuevo y cree conocer esos pechos.
-El auto lo dejé a unas cuadras, no quería llamar la atención…
Roberto se pregunta por qué no quiere llamar la atención y vuelve a mirarla.
La mujer se saca los lentes de contactos. Sus ojos ya no son claros. Luego se quita  de la cara una  cobertura de piel que esconde una pequeña nariz dentro de una nariz enorme.
-Juraría que la conozco- comenta Roberto y recuerda a Carla y sus grandes pechos, de nuevo siente ganas, ya no importa con quién.
-Apurate- ordena ella cubriendo su cara con anteojos de sol.
Él obedece. Necesita huir de Constitución, volver a su casa, cocinarle a los pibes y esperar que la Negra llegue del taller.
Caminan tres cuadras más, ninguno de los dos habla.
Se cruzan con un policía y deciden correr hasta el auto.
Ella se saca los tacos, ya no es tan alta y sus piernas parecen menos flacas.
Están cerca, pueden ver el auto.
-Se parece al mío- comenta Roberto.
Se cruzan con un hombre. Es José.
-Viste, yo tenía razón- les dice
Después José murmura que no era necesario chorrear tanta sangre y se despide.

Vuelven a correr.
Ella abre la puerta, ya no es rubia, ni alta , ni desconocida.
La Negra y Roberto se aman, como nunca antes, en una calle oscura de Constitución.

 

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

Dejanos tu comentario