Por qué leer: alegato en favor de la lectura

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¿Por qué leer? La pregunta justifica diversas respuestas e iniciar el debate. Hoy en Terminal, Felipe Cañas toma la palabra para ofrecernos su alegato en favor de la lectura. 

Por qué leer: alegato en favor de la lectura.

Ilustración: Januel Mercado | http://artofjan.blogspot.com/

“Libro, cuando te cierro
abro la vida.”

Pablo Neruda.

“Una conciencia agudizada de las palabras, para agudizar nuestra percepción de los fenómenos”

John L. Austin.

En ese instante comprendí 
que explicar esto a alguien
sería inútil.
Las luces temblaron
con la furia del viento
y las hojas mojadas
con perlas del alba
me vieron huir

Luis Alberto Spinetta.

En las páginas que siguen, intentaré reflexionar brevemente sobre la lectura, los libros y el lenguaje.

¿Qué beneficios –si es que existen- puede suministrarnos ese silencioso y solitario acto de leer? ¿Es realmente necesario leer?  Y, en caso de ser afirmativa la respuesta, ¿por qué sería necesario emprender tal esfuerzo?

Las respuestas a estas preguntas -afirmativas, adelanto- constituirán la tesis central de estas breves notas sobre la defensa –y urgencia- de la lectura.

En mi opinión, es difícil exagerar la importancia que tiene despertar en las personas, especialmente niños y jóvenes en un país como Chile, un interés compulsivo por la lectura.

Y la razón -de sencilla constatación teórica, pero de difícil ejecución práctica-, es esta: la única forma que tenemos los seres humanos de agudizar la percepción de los fenómenos es mediante una atenta y disciplinada agudización de las palabras.

El lenguaje, como nos enseñó la filosofía del lenguaje durante el S. XX., es una forma de vida, pues la manera que tenemos de experimentar el mundo es a través de categorías lingüísticas. Si es posible que a través del lenguaje podamos describir/hablar sobre el mundo, debe existir, entonces, -pensaron estos filósofos-, algo en común entre el lenguaje y el mundo. Y el elemento común debe estar –afirmaron- en sus estructuras. De esta manera, podemos concluir, conocer agudamente la estructura del lenguaje, nos debiera revelar también la estructura del mundo. Eso no quiere decir, como advierte John Searle, que el lenguaje haga la realidad. Más bien, indica el filósofo norteamericano, “lo que cuenta como realidad, lo que cuenta como un vaso de agua, como un libro o como una mesa, lo que cuenta como el mismo vaso, como un libro diferente, o como dos mesas, depende de las categorías que le imponemos al mundo; y esas categorías, en su mayoría, son lingüísticas”. Así, entonces, el mundo, agrega este autor, “no se nos presenta ya rebanado en objetos y experiencias; lo que cuenta como un objeto, es ya una función de nuestro sistema de representación, y la manera en que percibimos el mundo en nuestras experiencias, está influida por ese sistema de representación. Nuestro concepto de realidad –finaliza Searle- depende de nuestras categorías lingüísticas”.[1]

Ilustración: http://wanderingbooks.tumblr.com

Dicho sea en otras palabras,  existiría entre una proposición lingüística y el hecho al que se refiere, una relación isomórfica, vale decir,  una relación de estructura lógica entre una proposición y un hecho, la misma relación que existiría entre una composición musical y la partitura que la contiene.

En este sentido, es útil recordar la famosa afirmación de Wittgenstein en su Tractatus Logico-Philosophicus, parágrafo 5.6, sobre que “los límites de mi lenguaje, significan los límites de mi mundo”.

Así, entonces, la pregunta fundamental de ¿cómo nuestra mente representa el mundo?, es una pregunta cuya(s) respuesta(s) posible(s) debe(n) ser tomada(s) muy en serio.

Si nos detenemos por un minuto, no es difícil intuir que en cada momento en que una persona reflexiona sobre un asunto o fenómeno cualquiera que le concierne en su esencia, el presupuesto de dicho proceso reflexivo es el lenguaje. El único insumo o “nutriente” que facilita no solamente el pensamiento humano, sino que, también, hace posible nuestra percepción de los fenómenos, el relatar un suceso, divertirnos, cantar, actuar en una obra de teatro, narrar, crear, hablar, maravillarse ante un hecho estético como la poesía,  son las palabras. Cuando pensamos lo hacemos con palabras, y, por tanto, un examen de las palabras –como sostuviera Isaiah Berlin- “es el examen del pensamiento y, ciertamente, de todas las perspectivas; de todas las formas de vida”.[2]

Esta constatación fundamental acerca de que un examen de nuestro lenguaje es, finalmente, un examen de nuestro propio pensamiento y de todas nuestras formas de vida, no solamente reorientó a la filosofía en el siglo recién pasado y se transformó en una de las mayores preocupaciones de los filósofos contemporáneos, sino que, además, estimo que toda persona que tienda a maximizar todas sus posibilidades de existencia, y pretenda  alcanzar los más altos grados de excelencia y virtud, no debe olvidar nunca la importancia del lenguaje y su relación con la realidad.

Ilustración: http://maravillosodesgarro.blogspot.com

¿Por qué es importante tener en cuenta lo anterior?

Cuando nos olvidamos de las palabras, o nuestro lenguaje se empobrece y dejamos de utilizar ciertas palabras, lo que ocurre no es una mera reducción de nuestro caudal lingüístico para luego vernos imposibilitados de articular una idea y no poder expresarnos claramente ante los demás. Lo que ocurre en verdad -y esto es lo único que me interesa que el lector de este texto retenga-, es una pérdida de la realidad y la comprensión de los fenómenos que acontecen en ella. En otras palabras, ocurre que la vida es absolutamente irreal en su realidad directa, solamente es posible encarnarla, percibirla y comprenderla por medio de categorías lingüísticas que describan los elementos del mundo y la totalidad de los hechos de nuestra realidad inmanente. Pues una palabra, aprendimos de la filosofía del lenguaje, no es más que un retrato lógico del objeto que designa, por lo que un empobrecimiento del lenguaje, no está demás volver a repetirlo, deriva en un proceso de “desrealización”, esto es, en una pérdida de realidad.

Si esta constatación al público lector de este escrito no lo angustia, siquiera conmueve, no sé qué puedo hacer para suplicar su atención ante este hecho.

Toda la reflexión anterior debemos hacerla –esto es evidente, y de ahí mi urgente alegato en  favor de la lectura- a la luz de la gravísima situación que hoy vive nuestro país. Toda persona medianamente atenta ha podido advertir en sus trabajos, barrios, colegios, universidades, etc., la atrofia lingüística o el severo empobrecimiento del lenguaje de los chilenos. Hace muchos años que se viene sosteniendo por destacados psiquiatras, como el médico-psiquiatra Otto Dörr, entre otros,  que en Chile se estaría hablando una especie de lenguaje coprolálico sin importar la clase social, es decir, un lenguaje excrementicio, sustentado en la pura y desnuda grosería y en un desesperante exceso de muletillas.

Esto es peor si se advierte –como indiqué- que este empobrecimiento del lenguaje que denuncio cruza a todas las clases sociales de Chile.

Frente a esta gravísima situación, cabe preguntarse entonces, si ¿es posible corregirla? Y de serlo ¿cómo sería posible?

La respuesta parece ser de nuevo afirmativa.

Como sabemos, da un poco pudor recordarlo, la pureza del lenguaje, la excelencia, agudeza y precisión en el empleo de la palabra escrita, la mejor gramática, no la contenida en un estático y aburrido manual, los hechos estéticos más deslumbrantes de nuestra lengua, y la única forma que tenemos como nación de salir de esta oscura, limitada y estrecha realidad y  superar esta triste pero cierta sentencia que hiciera alguna vez el poeta Huidobro de imaginar a Chile “como un inmenso caballo muerto, tendido en las laderas de los Andes bajo un gran revuelo de cuervos”[3], es leyendo y recuperar nuestro lenguaje a través de la lectura de los más grandes narradores y poetas de nuestro idioma, pues la lectura nos permite actuar con conocimiento. Y el conocimiento, puedo discutiblemente agregar, es el instrumento mismo de la libertad.

Mi ferviente alegato hoy, y mi única esperanza en lo que viene,  es que nuestra gente pueda colmar sus existencias con palabras, y, de esta manera, puedan en esas horas en que la tarde inunda de ternura las calles, cerrar sus libros, abrir sus vidas y lograr la libertad.


[1] Magee, Bryan: “Los hombres detrás de las idea. Alguno creadores de la filosofía contemporánea; trad. de José A. Robles García México, Fondo de la Cultura Económica, 1982; pp. 190 y ss.

[2] Magee, Bryan: “Una introdcción a la Filosofía. Diálogos con Isaiah BErlin; (En Línea), Disponible en la Web:
http://api.ning.com/

[3] Huidobro, Vicente: Balance Patriótico; (En línea), Disponible en la Web: http://www.saladehistoria.com/Historia_Chile/Fuentes/Huidobro_1925.pdf; p.3.

El autor:

Felipe Cañas Gamboa. Egresado de derecho UDP. Prefiero el Reino de los almacenes al Imperio de los supermercados. Mi única morada es la poesía y filosofía. Tal vez lo único real que tengo. Creo no merecer la amistad de los árboles.

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