Miercoles 24/05/2017

Clochard X: destinos de rebeldes e insumisas

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Divaga entre libros y calles el Clochard, el profesor jubilado, el vagabundo ilustrado. En el escrito de hoy, el Clochard viaja desde la road movie novelada que es el Quijote hasta la poesía de Alfonsina Storni, mostrando destinos brutales que la humanidad ha dado a rebeldes e insumisas en la historia. Ilustra Carla Valdovinos

Clochard X: destinos de rebeldes e insumisas

Ilustración: Carla Valdovinos | http://miclavelverde.wordpress.com/

Andar y andar, el imperativo del camino, la movilidad de los pies, la dilatación del horizonte. Don Quijote a través del campo de Montiel, de las tierras labrantías de La Mancha, hasta llegar a una playa de Barcelona. Existen una literatura y un cine On the road, en el camino. Ahí está la novela del mismo nombre de Jack Kerouack, que ocurre en el instante en que el lector se asoma a viajar por sus páginas, y un cine semejante, el de la travesía y el desplazamiento perpetuos. Es difícil hallar un modelo más categórico que El fugitivo, la versión para cine de la serie televisiva, protagonizada por Harrison Ford, o, para mencionar al mismo y recio actor, Búsqueda frenética, dirigida por Roman Polansky. Los personajes de ambos filmes corren, huyen, buscan, arrancan, son nómades, hiperkinéticos, acelerados.

Lo contrario, la inmovilidad, la locación única, proporciona también seducción y asombro. Ahí está, intacta, desde su estreno en 1972, Last tango in Paris, todo ocurre en un piso de alquiler en la Ciudad Luz, y Claudel 1915, dirigida por Bruno Dumont (2013) y revisada anoche en mi dormitorio, después de recorrer las calles con el objetivo de ver transformado Santiago en una ciudad literaria, que preserva y difunde a los escritores, hombres y mujeres, que la han vitalizado y siguen en ese afán para refundarla como una leyenda urbana.

Camille Claudel, la trágica escultora francesa, ya fue objeto de un filme protagonizado por Isabelle Adjani, en 1988, y dirigido por Bruno Nuytten. La película culmina con la patética imagen real de Camille, internada en un manicomio a instancias de su familia, particularmente de su hermano Paul, el escritor católico, con la complicidad de los padres. Allí permaneció recluida un año más que Nelson Mandela: 28 infinitos años. El filme muestra el confinamiento y la reclusión inmerecidos de la artista. Ha sido amante de Rodin por quince años. De los 16 a los 31, y, cuando comienza la proyección, hace ya veinte que lo dejó. Por tanto tiene 51. Es cierto que tuvo crisis nerviosas, histéricas y neurasténicas, según las denominaciones prefreudianas de la época, y destruyó a martillazos buena parte de su valiosísima obra escultórica; también en la casa de orates prefiere prepararse su comida por la paranoia de ser envenenada, pero sus anormalidades, vistas hoy, aparecen absolutamente bajo control. Además la racionalidad de la época, en el exterior del manicomio, era… la Primera Guerra Mundial.

La mujer rebelde e insumisa del siglo XIX y buena parte del XX, no sometida y doblegada, tenía los destinos muy marcados: el burdel, el convento, el hogar y los niños, el manicomio.

Camille envió señales y mensajes desesperados durante toda la auténtica cadena perpetua a que fue condenada. Cartas, recados, entrevistas con su hermano Paul, lo único que parece no haber intentado fue la fuga. ¿Dónde podría ir?, sin amistades, con una familia hostil, probablemente habría sido devuelta a un lugar peor: la cárcel. En el fondo, el mensaje familiar era: debes agradecer estar en un buen lugar, cuidada, protegida, es un remanso y una pausa en tu agitada y estéril existencia, resígnate y agradece. El castigo lo recibió por su creatividad, por ser transgresora, por haber superado a quien se había erigido en un dios: Rodín; por haberlo deseado, amado y enloquecido por una gloria del arte francés, además casado y con familia. Su osadía atentó contra el ser de esa sociedad, había entonces que acallarla, relegarla, exiliarla, amordazarla para que no escupiera más; atarle las manos para que no esculpiera de nuevo.

Pasó después algo semejante con Delmira Agustini  y Alfonsina Stornien Uruguay; con Teresa  Wilms Montt en Chile. Cada una a su manera, padecieron destinos patéticos

Musas y diosas de la venganza; inspiradoras y víctimas.

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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