Miercoles 24/05/2017

Memoria

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Un nuevo cuento llega a Terminal. En “Memoria”, un edificio vacío es el escenario donde se encuentran grises recuerdos. Escribe Gonzalo Gallardo. Ilustra María Cristina Pacheco. 

Memoria

Despertaba de golpe, ahogada, con el corazón siempre agitado. Para ella, dormir era un breve entrecerrar de ojos. Ya no soñaba, amanecía tensa, dolida, llena de nudos. Encandilada de luz blanca, cada mañana se extrañaba ante su cuerpo; sus manos arrugadas le parecían ajenas. El espejo le ayudaba a recordar quién era. Abuela Marina. Así la llamaban ahora. Antes era “la negra”, pero de ese tiempo ya casi no quedaba nadie vivo, o con memoria.

Día a día repetía la misma rutina. Ducha breve, café con marraqueta y a ordenar la casa. No tardaba mucho en esto. Continuaba adornando con flores la foto de Miguel, cada vez más difusa. La imagen, como todo su mundo, amenazaba con desaparecer tras una gris cortina. Ella se resistía. No quería dejar de ver. No quería dejar de verlo. No de nuevo. Cuando él murió, contaba, de pura pena se le enfermó el cuerpo. Vivió su vida sin él lo mejor que pudo. Ahora, su edad y el mal trabajo la enfermaban, y antes que la vida, temía perder sus recuerdos.

Al atardecer, tras cocinar para ella y sus nietos, la abuela dejaba su población para recorrer Santiago, enfundarse un traje verde y ofrendar su noche al aseo de oficinas en un edificio del barrio alto.

La tarde en que comienza esta historia era como la tarde de cualquier día en la vida de Marina. No parecía que se agitaran, tras el cotidiano escenario, lazos de otros tiempos. Esto ocurría sin señal alguna, mientras ella cruzaba la capital arriba de un bus troncal.

En el mismo edificio al que viajaba Marina trabajaba Carlos, guardia de seguridad. Aunque se habían conocido años atrás, ignoraban compartir labores en el edificio. El uniforme de cada quién les hacía invisibles. El ilegible “Carlos Ramírez”, bordado en negro sobre la camisa azul del vigilante, era un mero saludo a la bandera.

Pese a la ignorancia que ambos sostenían sobre la presencia del otro en el edificio, Carlos y Marina nunca pudieron olvidar la que años atrás fuera la noche de su encuentro. Él nunca olvidó a la “negra”. Ella nunca pudo sacar de su mente a Ramírez. Algo había en la mirada del entonces Sargento que se quedó grabado en su memoria. Aunque trataron de hacerlo, ninguno pudo olvidar.

Ramírez cumplía turno desde la medianoche al alba. Cuidaba el edificio de los fantasmas. Nadie quería ese horario, sólo los desesperados. Me calzaron, se decía cada noche a sí mismo. No había otra, se contestaba a diario. Dos meses llevaba en el puesto. Había llegado al cargo gracias a un antiguo contacto, uno de los pocos leales. Pese al mal horario, ésta era para él una labor perfecta, una isla solitaria que vigilar. Siempre gustó del orden y cada vez gustaba menos de las personas; ya estaba viejo y hablar de sí y su historia le cansaba. Prefería guardar silencio. Al calzarse por primera vez el uniforme azul, Ramírez pensó que se sentiría a gusto en la soledad del edificio.

Se equivocaba Ramírez. Las primeras noches en el edificio fueron duras. La edad le jugó en contra, le costaba el ritmo nocturno. Aguantó y siguió adelante, sabía que podía, había soportado peores cosas antes, cuando era un joven en uniforme gris. Si en esa época hubiera sabido que todo terminaría así, enclaustrado de día en una pensión, durmiendo solo, habría pensado si valía la pena el esfuerzo. Pero en ese tiempo nunca pudo pensar mucho, había que hacer lo que había que hacer, se decía al recordar. Y ahora, de viejo, tenía que acostumbrarse a un edificio vacío, superar el cansancio, sus años y el sueño.

La abuela Marina cumplía turno en el edificio entre las ocho de la tarde y la medianoche. Siempre llegaba puntual, de lejos saludaba a los guardias, marcaba su tarjeta y comenzaba a limpiar. El día que le entregaron su uniforme verde, los jefes le dijeron que su labor era limpiar sin ser notada. Con esa premisa trabajaba hace años. Sus compañeras eran otras abuelas, silenciosas como ella, y unas cuantas jóvenes, flacas y fumadoras. Cada año prometían que era el último sacando la basura de otros. La abuela las escuchaba sin cruzar mirada, sin decirles nada. Sabía por experiencia que las promesas pocas veces se cumplían.

Esa noche, al llegar al pasillo de oficinas a su cargo, en el cuarto piso del edificio, la abuela encontró varias manchas sobre la alfombra. Tuvieron celebración parece, se dijo Marina. Restos de torta, crema y frutos rojos hacían del piso un desastre, y nadie se había preocupado de limpiar bien. Era su turno y tenía que dejar todo impecable, el contratista era exigente. Marina llamó a su hija para avisarle que llegaría más tarde.

Antes de llegar al aseo, Marina había pasado por varios oficios. Había aprendido a bordar con su madre y algo sabía de panadería. También había cuidado niños ajenos y jardines de señoras elegantes. En sus mejores años había tenido un pequeño almacén de barrio. En ese tiempo era “la negra”, Miguel la acompañaba y juntos se estrenaban como padres. Dos niñitos alcanzamos a tener, contaba cuando hacía memoria. Con él trabajó mucho, levantando a pulso la casa donde improvisaron un bazar. Al principio vendían de todo, desde velas y plumeros hasta comida en lata, pan y verduras. Tenían muchas esperanzas y las cosas mejoraban año a año. Todo cambió cuando llegaron los milicos, decía la abuela al recordar su vida anterior. Cuando llegaron literalmente, golpeando con fuerza la puerta a medianoche. Los hicieron levantarse y salir con los niños, que lloraban de sueño y frío. Los dejaron vigilados y revisaron el bazar y la casa entera, rompieron colchones y quemaron papeles, libros y revistas. Según ellos buscaban unas armas, pero no encontraron nada. Luego se fueron, dejando la casa revuelta.

Dos días después, al amanecer, los soldados volvieron. Venían con las caras pintadas. Sin buscar nada, se llevaron a Miguel.

Carlos Ramírez conoció a Miguel. Vivían cerca, jugaban a la pelota en las canchas del barrio y fueron compañeros del mismo liceo. Se dejaron de ver cuando Ramírez entró al ejército. Su familia lo mandó. Con los soldados se va a hacer hombre hijito, le repetían mientras lloraba por dejar sus calles. Fue ahí donde Carlos cambió las lágrimas por disciplina. Le gustó el uniforme y sus padres se sintieron orgullosos de él, de su rigidez, de sus nuevas formas y vocabulario. Pronto se hizo Sargento. Aprendió a mandar y por sobre todo a obedecer. Era bueno respetando las jerarquías, y más haciéndolas respetar. Los conscriptos le decían “el perro” Ramírez. Él lo sabía, le gustaba el cartel y sabía muy bien cómo mantenerlo siempre presente.

Pese a eso, el día en que le entregaron a Miguel en el cuartel, no supo muy bien qué hacer.

Marina tampoco supo qué hacer el día en que quedó abandonada en su puerta, acompañando con la mirada la polvareda que a lo lejos levantaban quienes se llevaban a Miguel. Esa imagen no se le borró nunca. Se quedó apoyada en la entrada de su casa hasta que una vecina la recogió y la entró de vuelta a su pieza. Nunca se sintió más sola, acostada en la cama vacía y aún tibia. Sólo temblaba y lloraba abrazando el olor a él. Después, pasada la primera impresión, “la negra” juntó fuerzas para actuar. Comenzó a pedir nombres y contactos por el barrio, buscó algún conocido que pudiera informar algo del paradero de Miguel. Al final, ya entrada la noche, un vecino le dio el nombre de Carlos Ramírez, un Sargento. Llámelo, quizá pueda ayudar.

Cuando Marina llamó al cuartel y preguntó por el Sargento Ramírez, él se sintió apuntado. Sabía bien que si llegaban a sospechar de uno adentro era peligroso. En caso de dudas internas, se dispara y luego se pregunta; eso había aprendido, eso había enseñado. No quiso contestar. Largo rato se convenció que no tenían nada que hablar. Miguel había sido arrestado porque alguien había soltado su nombre. No todo estaba confirmado, pero para obtener pruebas tenían tiempo y modos. Él cumplía órdenes y debía seguir haciéndolo.

Ella siguió llamando. Llamó tres, cuatro, cinco veces más. Mi Sargento, insiste en que hay un error y que usted conoce a su esposo y sabe que es un hombre bueno, que no tiene nada para nosotros, que es inocente. Marina llamó hasta que se le acabaron las monedas. La última vez ni la dejaron hablar, le cortaron de golpe. En ese momento un Capitán entraba al cuartel. Él escuchó que preguntaban por Ramírez para sacar a un preso. Eso entendió y no le pareció bien. A modo de prueba, mandó al mismo Ramírez a sacarle palabras al detenido.

Sola en su casa, “la negra” no aguantó más y partió al cuartel. El tal Sargento no recibía llamados, pera era su única esperanza. Había decidido buscarlo para pedirle ayuda. Cuando preguntó por él, le dijeron que estaba ocupado. Ella notó que, al decir esto, el par de cabos intercambiaron miradas de forma extraña. Vio el gesto y resintió el sentido del mismo con angustia en su cuerpo. No insista, le dijeron. Pero se quedó igual, esperando.

A la madrugada apareció el Sargento. “La negra” se le acercó, ansiosa. Él venía saliendo de la ducha, pasado a colonia inglesa y cigarro. La miró callado, secándose las manos en la espalda. Le prometió que al otro día le entregarían a Miguel, que por ahora no podía verlo. Vaya tranquila, está todo bien, fue lo último que le dijo al despedirse. Lo que decían sus ojos no coincidía con sus palabras.

Minutos antes, Ramírez había cerrado la celda de Miguel por última vez. El zumbido eléctrico todavía le punzaba en los oídos. Aunque no había sacado mucho, apenas un par de nombres, unas direcciones y datos confusos, había recuperado la confianza de la oficialidad. Su nombre estaba limpio, y eso es lo que importaba. Caminó luego por el largo pasillo hasta las duchas y se sumergió en el vapor. Le temblaban las rodillas. Estaba a punto de irse cuando devolvió sus pasos hacia la celda. Nunca entendió por qué quiso volver a ver a Miguel. Pero volvió. Sintió un quejido mudo y apuró el paso, nervioso. Un par de pelados, enviados por el Capitán, se habían ensañado con lo que el Sargento había dejado. Eran torpes, se les había pasado la mano.

Lo que vino después para “la negra” fue encontrar el cuerpo de Miguel, que apareció al poco tiempo, lejos de la ciudad, despedirlo y buscar luego justicia, responsables, verdad, una versión genuina de lo ocurrido. Nada de esto llegó. Ramírez desapareció del cuartel, trasladado al norte de improviso, y los soldados negaron todo, hasta el mismo arresto. Ningún oficial dio la cara. De ahí en adelante, día a día, “la negra” adornó con flores la foto de Miguel, se hizo abuela con el tiempo y trabajó en cuanto pudo hasta llegar al aseo de oficinas en un edificio del barrio alto, donde, enfundada en un traje verde, limpiaba en silencio para que al día siguiente todo estuviera perfecto para los ejecutivos.

La noche en que termina esta historia, Marina llamó por segunda vez a su hija desde el edificio. Ya eran las dos de la mañana y no quería que se preocupara. El tiempo se le había pasado volando. Con horas extra que nadie pagaría en el cuerpo, la abuela asumió que ya no podía hacer más por el edificio y su alfombra manchada de fiesta; decidió partir a casa. Como los ascensores dejaban de funcionar a medianoche, bajó soñando su cama por los cuatro pisos, abriendo y cerrando las puertas de emergencia, iluminada apenas por las luces de seguridad.

Fue entonces cuando Carlos Ramírez, el guardia, se despertó de un salto, con el corazón al galope. Estaba seguro que esta vez el ruido no era un invento de su cabeza, que hace semanas lo venía engañando con sombras y susurros en la oscuridad del edificio. Ahora sí, era un ruido real y venía desde arriba. Se quedó sentado, escuchando atento, congelado. No se oía nada más, pero ya no estaba tranquilo, sabía que había algo moviéndose en los pisos superiores. Apretó la linterna en sus manos y esperó.

La última puerta de seguridad estaba apretada, Marina tuvo que golpearla un par de veces.

Ramírez, el vigilante, se levantó rápido y trotó como pudo hacia la fuente del ruido. Llegó jadeando y apuntó directo la linterna a los ojos del delincuente. No tuvo voz para decir nada. Sabía que tenía que actuar rápido, sorprender al enemigo y tomar la iniciativa. Ella se tapó la cara de inmediato, enceguecida y sin entender qué pasaba.

En medio de la penumbra de la escalera de servicio, él la tomó del brazo, improvisando un destello de fuerza, y la tironeó hacia el pasillo. Ella se dejó llevar sin resistencia, entendía que había un error en su captura. A pesar de la violencia de la escena, atinó a mantener la calma y esperar a que el agotado captor recuperara el aliento. Conversando se entiende la gente, esbozó en su cabeza. Atravesaron el pasillo en silencio, acompañados del martillar de los bototos y el suave arrastrar de las sandalias.

Llegando a la luz, él se detuvo en seco, sin quitar su mano transpirada del brazo blando de la abuela. Sólo ahí reconoció el uniforme verde de la empresa de aseo y entendió su error. Para ella no fue necesario ver. La memoria no descansa. Ramírez aún exudaba olor a cigarro barato y colonia inglesa. Él se quedó en silencio, contemplando la mirada de su rehén que le observaba fijamente. Vio el odio. Trató de esbozar una disculpa, cuando cayó en cuenta que ya era muy tarde.

El autor:

Gonzalo Gallardo. Psicólogo educacional y profe. Hay días en que quiero escribir. Los más, me dedico a leer, disfrutar y aprender.

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