Las Spandex – De frente a la noche (4ta parte)

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En el cuarto capítulo de la investigación de Constanza Iglesias, las Fiestas Spandex buscan nuevas sedes. Se cambian a Teatro Carrera, en la que será su versión más política, y un fallido intento en la V región los obliga a cerrar debido a la censura moral de las autoridades y los residentes de Viña del Mar.   

(foto: archivo Daniel Palma)

Las Spandex

DE FRENTE A LA NOCHE (4ta parte)

Para hacer noche hay que conocer la noche. En 1991 un grupo creativo, liderado por el escenógrafo Daniel Palma, fundó Fiesta Spandex. Con mucho humor, glamour y erotismo, las Spandex se convirtieron en el epicentro de la diversidad social, sexual y cultural para miles de jóvenes. Pero el baile trajo consigo problemas. Y la provocación se convirtió en fervorosa protesta. Un recorrido por la vida nocturna noventera post dictadura ¿Libertaria o libertina?

Por Constanza Iglesias M.

Inocencia y entusiasmo

“Ya no estaba Andrés [Pérez], entonces la niña bonita era yo”, dice Daniel Palma.

Cuando a finales de julio de 1991 Pérez le pide al equipo creativo de Spandex dejar el Teatro Esmeralda (se hicieron un par de fiestas más terminadas las ocho planificadas), también le exigió a Daniel Palma una elección. En una conversación privada, Pérez impulsa al escenógrafo y creador de las Spandex a tomar un camino: seguir con las fiestas o seguir trabajando con él en “los Shakespeare”. La respuesta fue rápida y precisa. Daniel Palma seguiría con las fiestas. El camino elegido significó que la amistad entre Pérez y Palma se congelara en un silencio de meses.

No solo las relaciones personales cambiaban en el equipo. Chile se convertía en un país muy peculiar. Los medios y expertos de la época concluían que la “alegría ya viene” se había transformado en simple normalidad, en un aburrimiento latigudo del que el equipo creativo prefirió reírse. A su modo, con mucha ironía y provocación, las Spandex generación Teatro Carrera versaron sobre las preocupaciones sociales que aquejaban al país. Eran nuevas manifestaciones para nuevas peticiones.

Daniel Palma tomó el protagonismo. Abría las fiestas con un discurso inaugural –dicen eternos– comentando los sucesos más controvertidos de la actualidad nacional. Las fiestas se realizaban los viernes, en un Teatro Carrera con capacidad para mil personas, con los mismos cubos, mismos gogos, mismo horario, mismo equipo. Pero a $1.500 pesos la entrada.

Fue en esta etapa donde se realizó en todas las fiestas, sin excepción alguna, el denominado Show del Condón; especie de spot publicitario que promocionaba el uso del preservativo y el que, con el tiempo, se transformó en la primera piedra que destruiría la casa.

A finales de los ’60, la marca de helados Savory promocionaba su nuevo helado sabor a plátano, bautizado Bananino, con un pegajoso jingle de la popular banda nacional Los Beat 4. Era esa canción la que sonaba los dos o tres minutos que duraba la coreografía que Carlos Moreno, Daniel Palma y Carlos Franco usaban en el Show del Condón.

Vestidos solo con un pequeño short de género de peluche rosado, con una cola también de peluche azul, bailaban haciendo que los asistentes se interesaran en una parte especial de sus cuerpos: la boca. “Éramos el Charles Chaplin loca, siempre como chupás”, comenta entre risas Palma.

“Un sabor especial/ tienen tus dulces labios/ algo sensacional/ que nunca había probado/ el sabor especial/ dulcecito Bananino/ Bananino el sabor especial/”, decía la canción de Los Beat 4 que sonaba en Teatro Carrera, mientras los tres bailarines se introducía una mano a la boca y sacaban de ésta un condón que enseñaban al público.

“Te cagabai de la risa. No era una huea súper educativa, súper performance, pero también tenía que ver con la irreverencia, porque la Iglesia lo había prohibido, porque el Estado no hacía nada”, afirma Carlos Fuster, asiduo a las fiestas.

El gran problema que develó las Spandex era el miedo de algunos sectores ante la diversidad. Que la gente se mezclara, se mirara a los ojos, conociera otros puntos de vista y bailara en un mismo lugar era un verdadero peligro; amenazaba con mover todo aquello que por años se mantenía intacto. Un claro ejemplo de esta negación fue el intento que el equipo Spandex realizó a finales del año 1991, en Viña del Mar.

Volante Spandex Viña del Mar (archivo: Gladys Lola Hervia)

A pesar de los cambios, las fiestas ya se instauraban como una marca con un público fiel que los siguió hasta Teatro Carrera. Esto entusiasmó al equipo Spandex para ampliar sus horizontes en una nueva sede en la V Región. Soñaban con una discoteque Spandex que se inauguraría la noche de año nuevo en el puerto de Valparaíso.

A pesar de la incesante búsqueda, no se concretaron las negociaciones en la Joya del Pacífico. Fue así como llegaron hasta Viña del Mar para arrendar un galpón que anteriormente había acogido al Supermercado Costanera.

El equipo Spandex ya tenía capital suficiente para invertir en la nueva sede y lo hicieron con excesos. Una caseta de DJ al centro de la pista, pero en el aire. Como un platillo volador al que se llegaba a través de dos ramplas aéreas. Un segundo piso abierto, en forma de L, que permitía al público mirar la pista de baile del primer piso. Un particular baño de hombres, con espejos-ventanas al frente de los urinarios, que otorgaban una amplia vista a la pista de baile. Un escenario movible. Los cubos se alinearon bajo unas estructuras de fierro que no eran otra cosa que duchas. Vaporizadores de agua instalados en todo el recinto.

A principios de diciembre de 1991, la producción agarró sus maletas y arrendó una casona en Viña del Mar, en la que vivió todo el equipo Spandex (conformado por un total de veinte a veinticinco personas). Pero la casona ocultaba una abrumadora particularidad: combustiones espontáneas o fuegos fatuos. Por esta razón, un ala de la vivienda estaba completamente sellada con vigas, listones, puertas imposibles de abrir. Incluso, la casona-fenómeno había sido protagonista de un reportaje emitido por el programa de variedades Sábado Gigante. Pero el equipo Spandex ni se inmutó, porque dentro de ella lo único que se quemaba eran calorías. En la casona, el equipo ensayaba sus rutinas, se sometían a una intensa preparación física y, por supuesto, a un interminable carrete.

Como ya conocían el famoso requisito de las patentes, la administración Spandex se encargó de conseguir una. No tuvieron problema alguno. Incluso, la Municipalidad de Viña del Mar los autorizó a inaugurar el día 28 de diciembre, a la espera de su patente definitiva. Los asistentes a esta fiesta Spandex fueron solo exclusivos invitados.

Sobre los cubos, las duchas disparaban chorros de agua y espuma. Los gogos en calzoncillos de colores, las gogos en diminutos bikinis, revelaban sus cuerpos sin dejar mucho a la imaginación. Se repletó de invitados maravillados con el recinto; todos completamente mojados. El equipo Spandex auguraba un rotundo éxito veraniego.

“La patente estaba al lunes siguiente”, recuerda Palma, “y no llegó, no llegó, no llegó. Nos quedamos un mes tratando que saliera y no pasó nada”. Luego de aquel 28 de diciembre, Día de los Inocentes, la primera Spandex versión Ciudad Jardín se convirtió rápidamente en la última. El Jefe de Obras de la Municipalidad de Viña del Mar no contestó más las llamadas del equipo Spandex. El alcalde dejó de recibirlos. Se les exigió nuevos arreglos al recinto, como la construcción de estacionamientos. “Y nunca nos dieron la patente, porque había un hijo de [Augusto] Pinochet que era dueño de una discoteque en Viña y nosotros sabemos que fue uno de los personajes fundamentales para que no nos dieran la patente”, asegura Lola Hervia.

Los vecinos también manifestaron su malestar ante el nuevo uso que se le daba al ex Supermercado Costanera. Desde un comienzo se mostraron sorprendidos y ofendidos ante el inminente arribo de las Spandex, enviando “Cartas al Director” a diferentes diarios locales.

“¿Qué razón justifica la instalación de este tipo de negocio en nuestra zona netamente residencial y habitacional? ¿Acaso no tenemos derecho a vivir con tranquilidad y decencia o solo es un privilegio de los que hoy ostentan el poder político mal usado? Sepa el señor alcalde y gestores de esta atrocidad que atentará contra nuestra tranquilidad y moralidad del sector, que recurriremos a instancias judiciales (…)”, carta firmada por los presidentes de la Junta Vigilancia Los Ositos y la Unión Comunal Junta de Vecinos de Viña del Mar. Villa Residencial Controlaría General de la República.

Finalmente, el equipo Spandex tuvo que volver a Santiago. La espera se hizo absurda y la censura moral impuesta por las autoridades y los residentes de Viña del Mar era cada vez más solapada, silenciosa, efectiva. Como si no existieran, como si nada hubiese ocurrido, como si la casona de los fuegos fatuos continuara vacía, incendiándose.

Ya para el 31 de enero –época en que Andrés Pérez y la Compañía Gran Circo Teatro presentaban en Teatro Esmeralda “los Shakespeare”– las Spandex volvieron a realizarse en Santiago, en Teatro Carrera. Había que recuperar toda la plata invertida en Viña.

 CONTINUARÁ…

Próximo Capítulo: “Póntelo, pónselo”

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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