García Márquez y el Teatro: “Diatriba de amor contra un hombre sentado”

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Mario Valdovinos, de paso por Colombia, compró en un quiosco la primera edición de la que sería la única obra de teatro que escribió Gabriel García Márquez. Le costó un dolar.

García Márquez y el Teatro: “Diatriba de amor contra un hombre sentado”

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En marzo de 1994, y a través de una pequeña editorial colombiana, Arango Editores, Gabriel García Márquez publicó su única obra teatral, que fue estrenada en el Teatro Nacional de Bogotá el 23 de marzo de ese año en el marco del IV Festival Iberoamericano de Teatro. La edición la financió el autor y costaba en los quioscos un dólar, para evitar la piratería.

En literatura, el autor nacido en Aracataca brilló en la novela y el cuento. Durante su prehistoria periodística, en la crónica y en varios subgéneros informativos que cumplió en su larga carrera de reportero. Tampoco le fue ajeno el texto académico, recordemos su recepción del Nobel en 1982, ocasión para la que pronunció un antológico discurso, La soledad de América Latina, pieza maestra de un género que suele ser bostezante. Tampoco soslayó la escritura de  guiones de cine y tuvo una extensa trayectoria, jalonada de fracasos, en esta materia. Uno de sus más aceptables intentos fue Los amores difíciles, serie de telefilmes dirigidos por cineastas latinoamericanos.

¿Pero el teatro? Su Diatriba de amor es un monólogo, no un soliloquio pues la actriz no sólo actúa frontalmente sino que se dirige dos veces al público (¿Alguien recuerda lo que estaba diciendo?) y comenta aspectos de su conflicto. Se trata de Graciela, una mujer cercana al medio siglo, que en su perorata enjuicia a su marido. Es carismático y tarambana, infiel y frívolo,  sin embargo, a su modo, la quiso y aceptó sus devaneos, sus cuatro doctorados conseguidos para demostrarle su superioridad intelectual y la índole de mujer que tuvo a su lado. Las ínfulas de él, más bien de su familia, son de orden aristocrático, un pasado de abolengo que, en el presente, son cenizas. Uno de sus doctorados Graciela lo obtuvo con una tesis sobre los celos en la obra del poeta Catulo. El esposo está representado en escena por un maniquí que lee el diario, indiferente y atrincherado. Por tanto, el diálogo es imposible, sólo escuchamos una voz llena de matices, rabias y dulzuras, dirigida a este antiinterlocutor impenetrable.

Ana Belén en el papel de Graciela (2005) | www.pedrogdelasheras.com

Es el amanecer del miércoles 3 de agosto de 1978 en una indeterminada ciudad del Caribe, con 35 grados y 90% de humedad relativa. En la hermosa acotación inicial, García Márquez, a propósito de Graciela, anota: Se ve pálida y trémula  a pesar del maquillaje intenso, pero mantiene el dominio fácil de quien ya está más allá de la desesperación.

La mujer inicia el acoso al que somete a su marido con esta bomba: ¡Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz! y acto seguido hará un minucioso recuento de todos los rencores y reproches, escritos en la uña, que, como abnegada esposa, le lanza a la cara, de manera resignada o vociferante; en medio de expresivas pausas o nadando en un torrente de imprecaciones.

Se preparan para celebrar las bodas de plata, veinticinco años de casados, tienen un hijo tan fresco, adúltero y encantador como su padre. Lo que más le duele a Graciela es que el gaznápiro de su esposo, en todos los años de matrimonio, en los que transitaron de la pobreza enamorada a algo más que un buen pasar, no haya sido capaz de reconocer el amor que tenía en casa.

El conflicto de la obra es explícito y no son los celos, hay poco ambigüedad y se centra en los lugares comunes de las relaciones conyugales desgastadas: un fuerte machismo de parte de él, adulterios ocultos, amantes furtivas o perennes, incapacidad para enloquecer por ella y mantenerla embelesada como en los tiempos del noviazgo. Nada nuevo. No obstante, la genialidad de la obra es el encanto del estilo de García Márquez, repleto de arcaísmos (reconcomio, chiflamicas, despercancadas, madapolán) y de una poesía aterciopelada y penetrante, la fusión perfecta de Rubén Darío con Faulkner. Leer la obra es oler las rosas que llenan el escenario en el desenlace; es sentir la nieve que cae sobre París cuando Graciela recuerda y asume una cuasi infidelidad, plenamente justificada, y camina con un amigo, Floro Morales, descalza, sobre el hielo que cubre la Ciudad Luz. Es escuchar los mambos que interpretan en escena los músicos invisibles y el susurro del saxofón de Amalia Florida, que ejecuta obsesivamente un solo tema y, ante cuyo desesperante sonido, Graciela se enoja, instándola a que la deje hablar, como si no hubiera hecho otra cosa. También el olor a quemado que emerge del maniquí cuando Graciela lo transforma en antorcha. Hay otro momento, bellísimo, en que la protagonista añora los tiempos de la pasión, pues lleva también un recuento milimétrico de los dos años y dieciocho días en que su marido no la ha tocado, con el arrebato con que alguna vez lo hizo.

A pesar de su tono de moscardón monocorde, como define el autor el modo en que el personaje emite sus blasfemias, no cansa y genera, en este caso en el lector, una corriente de serena simpatía, de solidaridad, de risa y de reflexión.

Tal vez sea verdad el grito inicial de este manifiesto del rencor: ¡Nada se parece tanto al infierno como un matrimonio feliz!

Ana Belén en el papel de Graciela (2005) | www.pedrogdelasheras.com

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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