Del tiempo en que era un deber terminar cada libro (Clochard IX)

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Vuelve Adriano Mazzei a Terminal, el clochard buscalibros, el vagabundo ilustrado. En esta ocasión, su memoria jubilada viaja entre libros encadenados a su alma adolescente: cicatrices de la educación de antaño. Ilustra Carla Valdovinos.

Del tiempo en que era un deber terminar cada libro (Clochard IX)

Por voluntad de caminante es que se encuentran los libros y las historias, los mundos ficticios y los personajes, más permanentes que los transitorios y desdibujados lectores, incluso a veces inmortales. Aun así, hay libros que cualquier lector abandonaría a mitad de camino, porque parece extinguido sin remedio el tiempo en que era un deber terminar cada libro, concluir todo relato, y si a las primeras cincuenta páginas, del género que se trate, la obra literaria no enciende y se generan bostezos y parpadeos, cansancio corporal y el libro tiembla a punto de precipitarse al suelo, bueno, ¿por qué no dejarlo sin culpa?, dándole las gracias a su autor por el intento y seguro de que en el limbo de los lectores la infracción le será perdonada.

Ilustración: Carla Valdovinos | www.miclavelverde.wordpress.com - www.instagram.com/clavel_verde

Cincuenta es un número suficiente de páginas para el verso y la prosa, el ensayo, el teatro, la crónica y las memorias, la biografía y la leyenda, la fábula y la parábola, el poema épico y el cuento, el apólogo y los sonetos, las elegías, los epigramas, las odas, los ditirambos, los romances, los aforismos, las diatribas, la novela cortesana, picaresca, de caballerías… etc.

Cada lector puede, y debe, redactar una lista de los libros con los que no pudo, aun haciendo los esfuerzos más titánicos, llegar al fin, al desenlace, al esperado cierre. Mi generación fue obligada a leer una serie de novelas mundonovistas hispano americanas.

Por ejemplo, las travesías interminables por los llanos de Venezuela en Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos; la densidad selvática en La Vorágine, de José Eustasio Rivera; los gauchos y las pampas argentinas en Don Segundo Sombra (que me perdone el ilustre don Ricardo Güiraldes); la novela indigenista, con El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría; Las lanzas coloradas, de Arturo Uslar Pietri; Raza de bronce, de Alcides Arguedas; hasta llegar exhaustos, por fin, a ese remanso de poesía serrana y árida, cortante como el viento andino, que es la novela de formación más intensa que se haya escrito en el continente: Los ríos profundos, de José María Arguedas, el relato del mestizaje americano que arde en la sangre del niño protagonista, mezcla y fusión, síntesis y horizonte de las mitologías latinoamericanas. El cuerpo repartido, mitad quechua, mitad blanco; mitad civilizado, mitad bárbaro.

Borges da la impresión de haber escrito en estado de gracia su cuento El Sur. En él resumió la contradicción planteada por Domingo Faustino Sarmiento en Facundo, civilización y barbarie, 1845, escrito durante su exilio en Chile. Borges, en no más de diez páginas, como era su sabia costumbre, y en la figura de Juan Dahlmann, el protagonista, reunió todas las aristas del sentirse “hondamente argentino” y llevar encima, al mismo tiempo, el ADN europeo, biológico y cultural.

Sin perjuicio de que los más diversos lectores hayan encontrado en los libros repudiados por este cronista vagabundo una tierra feraz y proclive a sus sueños poéticos, viene a mi mente otro espanto, el criollismo. Me cansa recordar el cansancio de la lectura adolescente, como estudiante de secundaria sometido a rígidos programas ministeriales, obligatorios para todos los liceos de la República, de Zurzulita y On Panta, de Mariano Latorre; Frontera, de Luis Durand; y en el Romanticismo americano algún perdido Blest Gana, como La aritmética en el amor, aunque ¡en modo alguno Martín Rivas o El loco Estero!

La literatura es una pasión secreta, íntima, con matices obsesivos y perversos, lleva al ensimismamiento y al placer solitario, a permanecer largos momentos con la boca abierta para que entren y salgan moscas.  Le escuché a Carlos Fuentes, en una conferencia que dio en La Moneda, citar a un crítico mexicano que no recomendaba la lectura de Proust porque el lector “se proustituye”.

Su propuesta se origina a partir del no lugar, como alguien que emite discursos desde un aeropuerto, como los oradores de Speaker corner, en el Hyde Park de Londres, hablando a gritos improperios y diatribas contra el mundo y sus habitantes. Los libros, no sólo de literatura, hacen libre pero también encadenan.

Como lo estoy yo, que no puedo cesar de buscarlos por la ciudad antropófaga.

El autor:

Adriano Mazzei Labanca | domicilio desconocido

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