Teillier, manifiesto de una sombra

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Hoy recordamos al poeta chileno Jorge Teillier, quien murió el 22 de abril de 1996, con cerca de 61 años, en Viña del Mar, y está enterrado en el cementerio de la Ligua. Allí sus huesos son semillas. Escribe Mario Valdovinos. 

Teillier, manifiesto de una sombra

Leo, buena parte de la noche, y en invierno voy al sur

T.S.Eliot. La tierra baldía

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El rumbo que tomaría la poética de Jorge Teillier estuvo claro muy temprano. El poeta nació en Lautaro, una aldea bucólica, en 1935, el mismo día que falleció en un accidente aéreo Carlos Gardel, en Medellín, Colombia. Su casa estaba muy cerca de la estación de trenes, los ramales de la línea troncal al sur, hasta donde llegaba el poeta, de niño, para esperar con ansiedad cada semana la revista El Peneca. El entorno estaba preparado, también la sensibilidad del futuro escritor. El resto lo puso la observación tenaz del paisaje, la lluvia, el paso del tiempo, la investigación sistemática de la cielografía sureña, el viento y el lenguaje de los pájaros. Sus primeras y precarias publicaciones se inician con Para ángeles y gorriones, en 1956, y  El cielo cae con las hojas, en 1958. En el fondo el mismo y extenso poema dividido en secciones, semejantes a capítulos o episodios, relativos a la crónica de un habitante de esa zona rural, un sediento insobornable, ávido de atmósferas, de bares, de entregarse a la manía sin redención de recoger y coleccionar cosas inútiles para poblar un mundo perdulario. De revistas deportivas como Estadio, El Gráfico y The Ring, la biblia del boxeo; de litros y litros de vino derramado en su boca; de boletos de tranvías que dejaron de recorrer las calles adoquinadas de una ciudad imaginaria; de cartillas de hipódromos cuyos caballos  arruinaron a sus apostadores; de postales de damas asomadas a balcones cubiertos de violetas; de tiros penales, pateados en el ocaso en canchas de fútbol polvorientas; de borrachos de sombra negra en bares de mala muerte; de canciones tocadas en gramófonos; de peleas de box en el teatro Caupolicán, donde, en noches de invierno, al nockeado lo llevaban a la morgue o al manicomio. Todo envuelto en una especie de niebla.

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El manifiesto de su legado poético, diseminado en una veintena de libros de versos publicados, lo redactó en 1968, Sobre el mundo donde verdaderamente habito, incluido en Muertes y maravillas (1971), a nuestro parecer su antología más rigurosa. Allí señala, siempre en voz baja:  “El poeta es el guardián del mito y de la imagen hasta que lleguen tiempos mejores”. A Teillier lo rodeó todo el tiempo un aire de mala vida, de bohemio, de perdedor, de bueno para lo inútil, de improductivo, de ser un sujeto asocial, como Fernando Pessoa, el vate portugués que salía a reunirse en los bares de Lisboa con los heterónimos inventados para no estar tan solo. Si el consejo de Neruda a los poetas jóvenes, luego  de recibir el Nobel, fue: Que aprendan a perder el tiempo, Teillier era un catedrático. El poema surgía lento, o no surgía, cuando en el corazón y en la cabeza, en ese orden, las imágenes, los motivos y los temples anímicos -que enseñaba don Eleazar Huerta, en el viejo Pedagógico de la Universidad de Chile-, lo invadían irrefrenablemente.

Teillier erigió durante décadas, como ocurría en la Edad Media, una catedral gótica. Poco retórico, más bien impresionista, empleaba estructuras formales simples y reiteradas, en las que el hablante describía y presenciaba, como el único testigo, un mundo que se derrumbaba, la aldea, los vagabundos, los seres y las cosas sin destino visible.  Lo suyo fue también una iglesia chilota, de madera, inundada en su interior por la luz mojada. Al ingresar allí no era raro encontrar sentados, con los impermeables llenos de gotas, a Humphrey Bogart y a Gardel, mientras en el exterior los aguardaba un Cadillac o un Buick con el motor en marcha para salir disparados por la carretera en busca de Calamity Jane y Betty Boop.

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La muerte no fue una sorpresa para él. Estaba con frecuencia en sus poemas, le pisaba los talones después de cada estadía en la clínica para sanarse de su sed devoradora. Le golpeaba el hombro cuando escribía en su casa de La Ligua, vigilado por la mirada severa del gato Pedro. La muerte era para Teillier, tal vez, otro maravillamiento, lo mismo que sus inmarchitables poemas, una sombra nutricia con la que intercambiar golpes y abrazos como dos boxeadores, que escuchan silbidos y ovaciones en la tarde muerta.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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