Las Spandex – De frente a la noche (3era parte)

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En el tercer capítulo de la investigación de Constanza Iglesias, recordaremos la forma en que estas fiestas escandalizaron a la sociedad; el constante asedio de Carabineros y Gope, los medios de comunicación haciendo un evidente llamado a resguardar la moral y el fin del trato con el creador Andrés Pérez.


( foto: archivo Daniel Palma)

Las Spandex

DE FRENTE A LA NOCHE (3ra parte)

Para hacer noche hay que conocer la noche. En 1991 un grupo creativo, liderado por el escenógrafo Daniel Palma, fundó Fiesta Spandex. Con mucho humor, glamour y erotismo, las Spandex se convirtieron en el epicentro de la diversidad social, sexual y cultural para miles de jóvenes. Pero el baile trajo consigo problemas. Y la provocación se convirtió en fervorosa protesta. Un recorrido por la vida nocturna noventera post dictadura ¿Libertaria o libertina?

Por Constanza Iglesias M.


Mejor no hablar de ciertas cosas

Las Spandex tenían una fecha de término declarada. Sin embargo, el desenlace se dio de la forma más inesperada. Y tardó, tal vez demasiado, en mostrar su verdad.

El éxito rotundo de las ocho fiestas planificadas para ayudar a Andrés Pérez sorprendió a los propios organizadores. En gran medida, la conquista se sostenía por el respaldo que los asistentes otorgaban al director teatral. El propio Palma reconoce: “si hubiese hecho estas fiestas sin el paraguas de Andrés, con un don nadie y en San Diego, no hubiera ocurrido  nada”.

A pesar que Daniel Palma era el creador de las Spandex, el anfitrión de las noches de los sábados en Teatro Esmeralda era su amigo Andrés Pérez; quien cada noche subía al escenario a dar un discurso de bienvenida en el que no podía faltar su agradecimiento y una petición: la creación de un Ministerio de Cultura que apoyara a los artistas chilenos.

A las fiestas comenzaron a llegar muchas personas atraídas por una especie de curiosidad morbosa. Las Spandex eran un espacio abierto a libertad de expresión. Sin embargo, un sector de la sociedad creyó que las fiestas promovían el libertinaje.

A ese sector no solo le preocupaba el consumo de drogas y alcohol ­­­­­­­­­­–innegable su existencia al consultar a cualquier asistente a Spandex­­­­­­–, sino también la alegría física, los posibles actos criminales de grupos como los punks, el erotismo de los cuerpos sobre los cubos y en especial la presencia atrevida del mundo gay, que tuvo un espacio extraordinario. “Creo que fue la primera vez donde los gay abiertamente convivíamos con los heterosexuales y viceversa”,  asegura Jordi Castell.

El dramaturgo Claudio Garvizo estaba en primer año de periodismo cuando su primo mayor, estudiante de sociología, lo invitó a una Spandex. Tenía dieciocho años. Esa noche entró al baño de varones del Teatro Esmeralda y abrió una caseta, interrumpiendo el agarrón de la pareja gay que se hallaba en su interior. Cerró la puerta y pidió disculpas como pudo. Cuando la pareja salió de la cabina, uno de los chicos le tiró a Garvizo un beso a través del espejo del baño.

“Me impacté, porque no estaba acostumbrado a eso. Era la primera vez que yo veía a dos hueones besándose. Era algo que yo jamás iba a conocer con mi familia o con mis compañeros de colegio católico”, dice Garvizo.

En Chile el mundo gay se movía como un gueto. Fuera de ese ámbito, cualquier homosexual se sentiría discriminado. Fiesta Spandex otorgó –con o sin quererlo­­­­­­– una salida del closet masiva y transparente. Una reunión natural entre los que eran y los que no eran.

Pero, a pesar del buen ánimo, se presentaron complejas situaciones. Muchas mujeres se iban indignadas, ofendidas con ciertas escenas amorosas que se daban en el teatro. Otros hombres se dedicaban a molestar a algunos gays con bromas que sobrepasaban los límites. No faltaron las mochas porque alguien trató de “él” a una “ella” y viceversa. “¡Son unas mierdas, putas asquerosas, culiás!”, gritaba un grupo neonazi a un grupo de lesbianas, mientras las escupían. Son algunas de las escenas que vieron los entrevistados en la pista de Spandex.

A esta violencia se sumaba otra: las constantes visitas de Carabineros. La madrugada que muchos asistentes recuerdan, un 25 de mayo de 1991, hubo treinta detenidos y el Grupo de Operaciones Policiales Especiales (GOPE) irrumpió trotando por Teatro Esmeralda. Era la fiesta Spandex El Caribe Nunca Tan Lejos.

El mito es este. Un oficial del GOPE divide al público con sus manos y ordena “¡Mujeres a la derecha! ¡Hombres a la izquierda!”. Desde los cubos una voz masculina pregunta “¿Y nosotras? ¿Qué hacemos nosotras?”. La gente ríe, aplaude. Travestis, locas, transformistas, gay, se alinean en una fila central. El italiano Gabrielle “Mikito” Zanquetti ­­­­­­–un verdadero ícono gay de las Spandex que usaba sombrero ala ancha de flores amarrillas­– grita sin parar “¡Carabinieri! ¡Carabinieri! ¡Veni qui! ¡Ausilio!”. Lo concreto es que esa fila central sí se realizó a vista de Carabineros y GOPE. Es un hecho que todos los entrevistados recuerdan.

Se registró un video –hasta hoy inédito­­­­­­– del momento. La  Spandex El Caribe Nunca Tan Lejos está repleta. Cientos de cabezas. Jordi Castell, de short floreado, sudadera lila, bototos y mangas salseras, baila sobre un cubo blanco. Se apaga la música. La gente ríe y chifla mientras se agolpan mirando al escenario. Sobre éste aparece Andrés Pérez, quien toma el micrófono para hablar al público. Lo acompañan el grupo de productores de Spandex. Daniel Palma, de pantalones anchos estilo thai y jockey dorado, se muestra serio.

“Van a llegar los carabineros”, anuncia Pérez. La gente reacciona alegando en un bullicio confuso. Andrés ­­­­­­–de chaqueta de cuero negra solapa ancha, cierres metálicos y tachas, jeans negros metidos en los bototos, fular de rayas verdes y amarillas al cuello­­­­­­– pide calma al público con un gesto de su mano.

“Les pido que no salgan corriendo, nada de pánico. Aquí no está pasando nada malo, así que por favor tranquilos. Esta es la quinta [la cuarta] fiesta que hacemos y vamos a seguir”, aclara Pérez. El tono de sus palabras silencia a los asistentes, que responden con un aplauso cerrado.

La cámara de los estudiantes del IACC, Juan Guzmán y Felipe Rodríguez, nos lleva al foyer de entrada. Las luces están encendidas. Carabineros entra al Teatro Esmeralda escoltado por un grupo del GOPE, vestidos con gorros de lana verde y chaleco antibalas. Uno de ellos se sube a una muralla-reja para mirar a los asistentes y dar instrucciones a sus compañeros. El público grita: “¡Chi-chi-chi! ¡Le-le-le! ¡Vi-va-Ca-ra-bi-ne-ros-de-Chi-le! ¡Pacos culiaoooos!”. Y comienzan los silbidos cargantes.

Poco a poco la gente se aglomera en el foyer de entrada. GOPE y Carabineros piden carné. Revisan a los asistentes, quienes se ríen. Otros incluso intentan conversar con los del GOPE mientras les tocan las piernas, les sacan las chaquetas, les vacían los bolsillos. Un corte. Andrés Pérez, en un Teatro Esmeralda casi vacío, toma el micrófono.

“Vamos a tener que desalojar. A la salida carabineros los revisará uno por uno. Nosotros nos quedamos hasta el final. Y tranquilos. Los esperamos el próximo sábado”. Fin del VHS.

Daniel Palma recuerda, “Fue un gran click mental. Era la primera experiencia que tuve acá de vivir la democracia. O sea entraba el enemigo por años, entraba el cuco ¡Concha la lora! Se te paraba al lado y tú no arrancabas. Nadie arrancaba. Eso era muy total”

A pesar que el público se mantenía en calma, Carabineros tenía una actitud agresiva que Lola Hervia califica de “satánica”. Titi Ramírez asegura que “los pacos” miraba a los asistentes con extrañeza y hasta repulsión. Preguntaban insistentemente qué clase de público era el que venía a esta fiesta. “Yo les respondía es solo público, no sé, no les veo nada raro”, comenta Ramírez, productora de Spandex.

Lo que el grupo del GOPE buscaba en los palcos, los baños, el escenario, la pista, eran drogas y alcohol. El error novato de la producción Spandex, quienes lo atribuyen a su inexperiencia en el ambiente de los locales nocturnos, fue desconocer el requisito legal de contar con una patente de alcoholes para realizar las fiestas. La licencia era otorgada por el Municipio de Santiago. Luego del lío, la patente definitiva solicitada por esta entidad y el Servicio Nacional de Salud, les costaría una inversión de unos quince millones en infraestructura obligatoria.

Andrés Pérez sobre el escenario de Spandex (foto Revista Arte y Cultura)

Pero, finalmente, lo que puso en alerta roja a los creadores de las Spandex fue el reportaje en portada del diario El Mercurio, titulado “Importan nuevos conceptos para la diversión juvenil”. Era una descripción detallada del periodista Germán Echeverría en su visita por Spandex.

“Es un mundo donde no existe la censura y en el cual lo convencional se convierte en ridículo y lo extravagante en normal (…) Ahí todos pueden dar cauce a sus más extrañas conductas (…) Ya no sorprende ver a muchachos con provocativos atuendos y maquillaje; a jovencitas saliendo del baño de varones; presenciar a niñas desmayadas por el efecto del alcohol o sentir un fuerte olor a marihuana”, El Mercurio, página A-19.

Era un evidente llamado a la clase más conservadora del país a resguardar la moral. Daniel Palma recuerda la preocupación de Andrés Pérez ante la visión que este reportaje daba a los chilenos. En sus páginas, un estudiante de derecho calificaba a las fiestas de “degeneradas” y terminaba preguntándose “esa niño o niña que esta allá ¿está estupendo o estupenda?” A la siguiente fiesta, salido el reportaje, Andrés Pérez contestó ante el público.

“Quiero decirles que lo pasen muy bien, que hagan lo que quieran, que recuerden que hay gente que no está invitada a la cual no le gusta que uno haga lo que quiera y que lo pasemos la raja”, palabras obtenidas en el reportaje vivencial de Revista Arte y Cultura.

Las Spandex se hacían con ciertos beneplácitos, pero no eran formales. Andrés Pérez mantenía amistades cercanas pertenecientes al mundo político chileno. Su interés por la política cultural desarrollada por el gobierno era evidente y sus aspiraciones a pertenecer a ella, o rozarla, reales.

 “Llegó un minuto en que Andrés [Pérez] nos dijo ‘¿Saben qué cabros? Les agradezco muchísimo, pero aquí no se hace ni una fiesta más porque me van a quitar el teatro y yo sin teatro me muero”, menciona Lola Hervia.

Con los años, los productores de las fiestas conocieron otra verdad que hacía más explicable el temor de Pérez. Al director le había llegado un comentario de sus amistades políticas que olía a advertencia. Si se realizaba una fiesta Spandex más en Teatro Esmeralda, Pérez debería olvidarse de cualquier auspicio o ayuda proveniente del Estado.

Fue una información que Pérez ocultó con recelo. Que disfrazó con agradecimiento ante la labor hecha por los amigos, quienes habían juntado más plata de la proyectada. Que encubrió con el alegato de la Junta de Vecinos del sector, quienes estaban cansados de las fiestas. Pérez ejecutó magistralmente el papel del director teatral ansioso por comenzar nuevos desafíos, preocupado por devolver la calma a su elenco que deseaba trabajar, volcado en su idea de presentar lo que llamaba “los Shakespeare” (las obras Noche de Reyes y Ricardo II). Quién sabe qué pensaba realmente el creador.

Pero, en ese momento, para los productores y administradores de las Spandex solo existía el reportaje de El Mercurio y el asedio de Carabineros, que se revelaba ante ellos como un reto.

“Decidimos seguir con las fiestas por joder. Sencillamente encontrábamos el colmo que fueran a prohibir una fiesta. Queríamos hacerlas hasta que nos cabreáramos”, comenta Lola Hervia.

La fuerza luchadora del equipo Spandex era inagotable. Del Teatro Esmeralda pasaron al Teatro Carrera, ubicado en calle Concha y Toro esquina Alameda. Pero las Spandex ya no estaría sostenida por la figura de Andrés Pérez. Sin él, sin Fernanda Zamora –que decide retirarse del equipo creativo–, sin el Teatro Esmeralda, sin aquellos beneplácitos no formales ¿qué sucedería? Un cambio drástico que se intentó detener con más violencia y descaro, especialmente en la nueva sede ubicada en Viña del Mar.

CONTINUARÁ…

próximo capítulo:  “Inocencia y entusiasmo”

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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