Las Spandex – De frente a la noche (2da parte)

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Los viernes comienza el mambo. Por eso, durante los viernes de abril, Constanza Iglesias recordará  la vida nocturna post dictadura a través de “Las Spandex. De frente a la Noche”, investigación sobre las míticas fiestas noventeras que fueran epicentro de la diversidad social, sexual y cultural. ¿Libertarias o libertinas? Vamos por la segunda parte. 

 

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Las Spandex

DE FRENTE A LA NOCHE (2da parte)

Para hacer noche hay que conocer la noche. En 1991 un grupo creativo, liderado por el escenógrafo Daniel Palma, fundó Fiesta Spandex. Con mucho humor, glamour y erotismo, las Spandex se convirtieron en el epicentro de la diversidad social, sexual y cultural para miles de jóvenes. Pero el baile trajo consigo problemas. Y la provocación se convirtió en fervorosa protesta. Un recorrido por la vida nocturna noventera post dictadura ¿Libertaria o libertina?

Por Constanza Iglesias M.

Revolución Prosit  

En mitad de una Spandex aparecía sobre el escenario una banda rock, artistas callejeros, bailarines, mariachis, actores con las más diversas propuestas [ver recuadro con los participantes y asistentes a Fiesta Spandex].

Si algo nuevo propuso Spandex fue la masificación de las expresiones artísticas de la vanguardia para acercarlas a las propuestas de grupos marginales. La cultura popular disponía de un escenario distinto, de inusitado glamour y despliegue técnico. Pero en especial se convocó a un público completamente nuevo, diverso y entusiasta.

¿Que si hubo antes de las Spandex (1991) otras celebraciones culturales? Ciertamente las hubo. La historia de la vida nocturna ochentera es nutrida, pero de leyendas grandiosas encapsuladas en pequeños círculos sociales. En cambio, a las Spandex se las consideró las primeras fiestas masivas de la democracia; reuniendo a miles de jóvenes dispuestos a escuchar, ver y experimentarlo todo. Ávidos por recuperar esos diecisiete años perdidos. Contenido social, atmósfera revisteril, elegancia, transformismo, variada música, mucho humor, ingenio a toda prueba.

Cuando Titi Ramírez, Gladys “Lola” Hervia, Jordi Castell y Fernanda Zamora se reunieron por primera en el restorán Prosit ­­­­­­–ese mítico lugar de encuentro para la previa y el post carrete ubicado en Plaza Italia­­­­­­– Daniel Palma solo contaba con un punto claro. “Teníamos que hacer algo. Ahora se le llama ‘hacer impacto’, pero nosotros en esa época íbamos a ‘dejar la cagá’. Y todos tuvimos que tolerarnos ya”, recuerda Daniel Palma, creador de Fiesta Spandex.

Si hubo algo que hizo especial a este grupo creativo fue su diversidad. Titi Ramírez, muy popular, era considerada una experta en movimientos underground criollos. Se paseaba con soltura por las fiestas de diversas zonas de la capital, a las que siempre entró gratis. “Yo era una de las reinas de la noche”, reconoce Titi. La robusta actriz, que según Palma “se atravesaba los completos como si fuesen camarones”, también era modelo publicitaria, comediante ­­­­­­–participó en el elenco de la teleserie Marrón Glacé­­­­­­– y diseñadora de vestuario.

Daniel Palma junto a la gogo Romina Carvajal

Jordi Castell estudiaba Comunicación Audiovisual en IACC, hoy Uniacc. Trabajaba como modelo y hacía videos de moda para el matinal de RTU, hoy CHV. Para muchos Jordi era simplemente el momio rubio del grupo. “Tenía un comportamiento aspiracional y era un espectador del momento ideológico que pasaba el país”, resume Castell.

Fernanda Zamora era productora de moda y tenía un espacio en el mismo matinal donde trabajaba su amigo Jordi. Fernanda daba consejos-chic a las dueñas de casa con su closet. El recuerdo inmediato con que la asocian sus compañeros es que era propietaria de un auto, algo insólito para una joven mujer chilena generación ‘91. “Andaba en un BMW antiguo o en un Subaru nuevo”, recuerda Zamora.

Por su parte, Lola Hervia retornaba a Chile desde el exilio (en Checoslovaquia). Misma situación vivía su amiga Alicia “Pipo” Lawner. A través de la Oficina del Retorno del gobierno chileno y el proyecto PRAL lograron junto a un tercer socio, Eduardo “Lalo” Alemany, construir su empresa de servicios de iluminación llamada Producciones Órbita, pilar fundamental en la organización de las Spandex.

Daniel Palma, regresaba de una estadía de meses en Nueva York, lo que lo convertía en una suerte de mensajero de la “buena nueva”. En su cabeza esto significaba poseer el derecho a pavonearse con lo que se le antojara y repetir la palabra mágica “Nueva York” cuantas veces al día quisiera. ¿Importaba que hubiera vivido temporadas enteras apestando a cebolla, atún y mayonesa gracias a su trabajo como repartidor y cocinero en una sandwichería gringa? No. Además tuvo la suerte de recorrer Europa con la Compañía Gran Circo Teatro como escenógrafo de la obra La Negra Ester, dirigida por su amigo Andrés Pérez.

Pero lo que más llamaba la atención de Daniel Palma era su actitud abiertamente gay. Salir por Santiago vestido de lycra de algodón gris, short de mezclilla, botas vaqueras, camisa blanca con cinturón ancho, cintillo y pelo suelto, era una verdadera y hasta peligrosa osadía. “Tenía ropa de loca, facha de loca”, afirma Palma.

La reunión en el Prosit de este curioso grupo creativo se debía a una urgencia: las deudas económicas que sufría el director teatral Andrés Pérez, quien por esos días obtenía un éxito absoluto con la obra La Negra Ester. La notica era sorpresiva y devastadora.

“Semejante resultado, semejante ser [Andrés Pérez]. Un maestro que te diga S.O.S porque no tiene plata para pagar los vestuarios y el arriendo del teatro. O sea, da pena, da rabia, da todo. Y a la vez te da mucha fuerza para ayudarlo”, cuenta Titi Ramírez.

Así, se inventaron las Spandex. Lo recolectado con las entradas iría a beneficio de la Compañía Gran Circo Teatro. Sin duda, las fiestas nacían con el ADN-Pérez, pero en el cuerpo de otro creador, Daniel Palma. Las Spandex se realizarían los días sábado, terminada la función de La Negra Ester que se presentaba en Teatro Esmeralda. Y esa fue la primera revolución.

Llegar al teatro no era fácil. Era un espacio ajeno al circuito de la noche santiaguina, en un barrio residencial. El malogrado Teatro Esmeralda se caía a pedazos, sin embargo, mantenía su estilo fastuoso.

La gente circulaba entre los palcos de grecas románticas, el foyer de columnas imponentes, la pista donde en algún remoto tiempo hubo butacas de terciopelo. Esa atmósfera de un glamour pasado, algo decadente y misterioso, acompañado del anonimato otorgado por la extensión del lugar, permitía que “pudieras hacer el loco sin que nadie se fijara”, dice Lola Hervia.

Los asiduos a Spandex sabían que no encontrarían mesas plásticas alrededor de la pista y que no se necesitaba ir en pareja para salir a bailar. La gente bailaba en grupos, sola, hombres con hombres, mujeres con mujeres. Punks en un rincón, gente de la televisión en otro. Modelos risueñas que observaban desde los palcos.

Se crearon afiches y volantes promocionales que una patrulla pegaba en Plaza Italia, calle Irarrázaval, Vicuña Mackenna. Las piernas curvilíneas ­­­­­­–un recorte de las extremidades de la vocalista del grupo Dee lite­­­­­­– terminadas en zapatos negros de plataforma estilo disco se convirtieron en la “imagen corporativa” de Spandex.

Pero la producción no terminaba al pegar el afiche. Las fiestas estaban planificadas para toda la noche, hasta las cinco, seis de la mañana. La idea era mantener siempre a la gente entretenida y evitar peleas. Las Spandex comenzaban a la medianoche, un horario nuevo y tardío para la época. La gente esperaba en el foyer de entrada y a las doce en punto se abrían las cortinas para pasar a la pista central. De ahí en adelante corría la planificación por reloj.

Una acertada estrategia fue la organización de fiestas temáticas, las que sorprendieron al público, haciéndolos partícipes. En Esmeralda se realizó Spandex El Caribe nunca tan lejos, Noche de Negros, ‘70 a la chilena, Made in Ingland con intervención rusa, La noche del verbo, entre otras. Esta innovación permitió que los productores buscaran constantemente nuevas propuestas artísticas, vinculándose a una amplia red de artistas emergentes.

Se contrató al DJ Marcos Pizarro por su variado y extenso menú musical. La canción Gonna make you sweat, de C+C Music Factory,  más conocida por su pegajoso grito “Everybody dance now!”, se convirtió en el hit número uno de Spandex.

La estética, la libertad de imponer estilos y el distinguirse del resto se hizo prioritario. El público comenzó a “producirse” para asistir a estas fiestas. Era una forma de responder ante el despliegue técnico y humano que cada una de ellas requería. Este aspecto permitió que ciertos grupos, marginados por su imagen, se sintieran a gusto y que otros, más tímidos, se atrevieran con nueva ropa y maquillaje.

La entrada a las Spandex costaba $1.000 pesos. Una suma bastante inferior a la del mercado ($3.000 o $4.000 en discoteque Eve, Gente o Brujas). Sin embargo, hubo un grupo entusiasta que no podía pagarlas. Los amigos skin heads, new wave, punks, dark que vivían con Karina Maturana, los que terminaron trabajando en las Spandex. Antes de la fiesta desarmaban las galerías que se ocupaban en la función de la Negra Ester, trabajo que se intercambiaba por sus entradas. “De hecho varios de la casa  se convirtieron en guardias de Spandex”, asegura la ex punk, hoy comunicadora multimedia en una empresa de telefonía.

Otra novedad fue la selección de tragos que ofrecía la barra Spandex. Los asistentes podían elegir entre pisco, cerveza, whisky y un trago que hasta ese momento no se vendía en Chile: Vodka Absolut. Todas las semanas los productores iban al departamento del único proveedor del país que traía el codiciado cargamento.

La atmósfera que se advertía en las Spandex era muy parecida al de una función itinerante y otorgaba un pulso especial. Sumado a los focos de luces de colores, un paracaídas abierto que se colgó en el techo y la escenografía de la obra La Negra Ester que se mantenía en el teatro. Atrás del escenario, se podía encontrar a artistas maquillándose, transformistas cambiando sus cuerpos, gogos reunidos esperando su salida en los cubos. Era un ajetreo que atraía mucho a los asistentes.

Sin embargo, la primicia que más cautivó al público fue la idea que Daniel Palma importó desde Nueva York y Londres: cubos con gogos –bailarines­­­­­­– en la pista. El primer encargo que Daniel Palma pidió a Jordi Castell fue buscar y organizar a los que se convertirían en los gogos más onderos, imponentes y deseados de Santiago.

Palma: “La primera noche los gogos ganaron tres lucas. Que te paguen por ir a quebrarte era muy top. Además no se hacía, no se usaba. Así que había que romper con el estigma que las mujeres que iban a subirse a los cubos eran topleteras”.

Se dispuso seis cubos en la pista. Eran doce gogos que bailaban en dos turnos. Esencial era su vestimenta. Aunque muchos de ellos traían sus mejores pilchas de la casa, la producción logró el auspicio de la tienda de ropa americana Cero 90. La realidad, eso sí, decía que la gente no consideraba la ropa usada como taquillera y la palabra vintage ni siquiera existía en el vocabulario chileno.

Todas las semanas Fernanda Zamora, Jordi Castell y Daniel Palma recorrían las dependencias de Cero 90 en busca de la mejor ropa para sus gogos. Encajes, estampados, rayas, floreados, ropa militar, sicodelia. Todo lo que sirviera para “tener onda” y “producirse”, aunque fueran manteles o cortinas.

Finalmente la primera noche de fiesta Spandex, el 4 de mayo de 1991, las gogos que bailaron (gratuitamente) en los cubos fueron las modelos Estela Mora, Geraldine Rast ­­­­­­–rostro de la publicidad de Vizzio, “¡Déjame uno!”­­­­­­– y Cecilia Amenábar que mató con un vestido de novia, de falso armado de alambre, traído de Cero 90.

Rápidamente los próceres del cubo se vieron envueltos en una mini fama con seguidores leales. Tal vez los inicios de los chicos-Rojo-MeKano o la herencia de los precursores bailarines de Música-Libre. Pero sin cámaras.

Algunos inolvidables gogos que pasaron por los cubos de Spandex fueron: Maca Irrigorriaga, Jordi Castell, el actor Nicolás Alliende, la gestora cultural Morgana Rodríguez, el escenógrafo Alejandro Rogassi, el fotógrafo Leo Vidal, la actriz Elizabeth Patiño, Franchina Brunet, Ilich Budnevich, el modelo y coreógrafo Lennox Douglas, el bailarín Patricio Valdés, la ilustradora Romina Carvajal, Javier Moreyra y Alberto Sanfuentes, entre muchos, muchos otros.

“Había que tener ganas y cojones para bailar durante una hora arriba del cubo. Salir por detrás del escenario sin que nadie te viera, caminar disfrazado de cualquier huevá, escoltado, porque no sabes la gente cómo se volvía loca. Era una osadía, un viaje”, cuenta Castell.

Una vez que los gogos se retiraban, el público podía subir a los cubos. Setenta por setenta medía la oportunidad. Los productores Spandex estaban siempre atentos a descubrir “nuevos rostros” con potencial gogo. No era raro entonces encontrar a decenas de asistentes sobre éstos.

La primera noche de fiesta Spandex, la producción confeccionó cuatrocientos afiches, doscientos volantes y trescientas cincuenta entradas con la esperanza que asistieran doscientas personas. “Tuvimos dos mil quinientas personas adentro, otras dos mil quinientas afuera, tratando de entrar. La gente nos rogaba”, recuerda Lola Hervia, administradora de las fiestas.

Pero la alegría contagiosa comenzó a transformarse en peligro. Y el lugar de ensueño de todos los estilos comenzó a ser hostigado violentamente. Las Spandex producían un ataque rabioso de sus oponentes y, curiosamente, una incomodidad subrepticia en algunos de sus simpatizantes.

CONTINUARÁ…

Próximo capítulo:  “Mejor no hablar de ciertas cosas”

[recuadro] Participantes y asistentes a fiesta Spandex

El escenario Spandex recibió a lo largo de sus años a: Los Tres, Profetas y frenéticos, Electrodomésticos, Los Parkinson, Upa!, Los Morton, Fulano, Anachena, Pozze Latina, Séptimo Sello, De Kiruza, Ludwing Band, DJ Mauricio Terrazas, Moyenei Valdés, Cecilia “la incomparable”, la bolerista Rubí, Lucybell, La Ley (banda que realizó su primer concierto pagado en Teatro Esmeralda). Ballet Espiral, dirigido por el coreógrafo y bailarín Patricio Bunster y la colaboración de Andrés Pérez. El artista visual belga Herbet Jonckers, Colectivo Catedral, dirigido por el coreógrafo Ítalo Thai. “La única, la divina Candy Dubois”, Carlos Franco, el trío compuesto por el actor Carlos Concha, Alejandra Silva y Claudio Rodríguez. Daniel Palma como Diana Ross, su Divina Majestad Le Camp (Andrés Bobe) y las Lloronas haraposas, Hija de Perra, El circo de los Hermanos Farfán, el transformista Daniel Bussato, Gigi Cacicilaneau (director del Ballet Nacional de Chile), la moda de Ricardo Oyarzún, extractos de obras del director teatral Ramón Griffero. Y muchos, muchos más.

Entre los asistentes se podía encontrar a los actores Bastián Bodenhöfer, Alfredo Castro, Mauricio Pesutic, Tomás Vidiella, Amparo Noguera, Luz Croxatto, Myriam Palacios, Soledad Pérez, Patricio Rivadeneira. La modelo Mónica Aguirre, el diseñador Rubén Campos, la directora creativa de Revista Paula, Nina Mackenna. La panelista-cocinera del matinal Buenos Días a Todos, Rocío Ariste. Los periodistas Iván Valenzuela y Amaro Gómez-Pablos. El productor general de Parsons Fashion Management, Manuel Rojas y la ex Ministra de Cultura, Paulina Urrutia. 

 

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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