Gabriel García Márquez o escribir sobre la sangre ya seca

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La violencia, como una estructura cerrada de la cual no pueden salir, termina convirtiéndose en un circulo vicioso entre quienes desarrollan las acciones dentro cada obra de García Márquez.

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“Usted no sabe lo que es levantarse todas las mañanas
con la seguridad de que lo matarán a uno, y que pasen diez años sin que lo maten.”
La mala hora, G.G. Márquez

 

“Creo a Macondo capaz de todo después
de lo que he visto en lo que va corrido de este siglo”
La hojarasca
, G.G. Márquez

 

En el comienzo de El coronel no tiene quien le escriba, el coronel y su esposa estaban preparándose para asistir al funeral cuando ella le dice “estás como para un acontecimiento”, contestándole “este entierro es un acontecimiento. Es el primer muerto de muerte natural que tenemos en muchos años”. Lo sobrecogedor y lo real se entremezclan en este bello diálogo que retiene en sí toda una síntesis de las obras tempranas de Gabriel García Márquez. Ésta, como tantas otras citas, muestra tal nivel de realismo que sobrecoge e impacta la similitud entre Macondo y nuestra historia latinoamericana. En este somero escrito vamos a centrarnos en una particularidad que presentan los personajes de las obras primeras de García Márquez, intentando comprender como la violencia característica de la realidad colombiana es representada de una peculiar e interesante forma en personajes tan dispares como el coronel Aureliano Buendía, Úrsula Iguarán, José Arcadio entre otros. La violencia, como una estructura cerrada de la cual no pueden salir, termina convirtiéndose en un circulo vicioso entre quienes desarrollan las acciones dentro cada obra, los problemas que afectan a ellos mismos y los propios códigos morales pertenecientes a esa existencia extraña y misteriosa llamada Macondo.

            Para la narrativa de otra nación latinoamericana, la muerte natural es intrascendente por su cotidianeidad, por esa razón el impacto y la sorpresa no afecta más allá de la familia del caído. Colombia es un caso especial dentro del continente; la asociación política por antonomasia, el Estado, no pudo, nunca, en todo el siglo XX monopolizar la violencia para sí, ni mucho menos hacer legítimo este monopolio entre los dominados. La ininterrumpida tensión entre conservadores y liberales desató en todas las capas sociales el uso de la violencia como un método de acción eficaz entre los miembros de la comunidad, convirtiendo a aquel país, hasta el día de hoy, en un polvorín desatado de conflictos premodernos. La misma existencia de grupos guerrilleros combativos con el ejército, tonada permanente de luchas por la dominación de territorio nacional, es fiel reflejo de una dispersión de los mecanismo de represión y lucha entre la población.

            García Márquez no fue ajeno a estos eventos en su país. Cuando tenía veinte años y empezaba a desempeñarse como estudiante de derecho, en Colombia se inicia un proceso denominado historiográficamente como “La Violencia”, fenómeno caracterizado justamente por un desenfrenado choque entre fuerzas beligerantes contrarias o semiopositoras. Su narrativa, por lo tanto, está marcada desde sus inicios por una belicosidad continua entre sus compatriotas, reflejado ello en personajes que poseen experiencias insostenibles en su inestable vida. Su primer libro, La hojarasca, narra el funeral de un médico que visto desde tres ángulos, muestra la pesadez y la angustia de aquella experiencia. Un abuelo, su hija y su nieto, tres generaciones distintas que presencian un evento socialmente repudiado, es la mirada holística de una sociedad acostumbrada a sensaciones parecidas, mostrando crudeza, salvajismo y humanidad. Desde el niño que dice “por primera vez he visto un cadáver”, pasando por su madre que se recrimina por haber llevado a su hijo a dicho evento y terminando en el abuelo, quien incluso es parte de quienes movilizan el cajón al sepulcro, son todas percepciones disímiles de agentes de una misma sociedad que se intercalan en un relato impactante e inquietante.

            Lo interesante de las novelas de García Márquez, hasta 1967 con la publicación de Cien años de soledad, es que la violencia no aparece retratada de forma explícita en su páginas, más bien esta es parte de una estructura sólidamente edificada en el esquema social desde donde se escribe una realidad predispuesta. En La hojarasca, ni la muerte del médico ni tampoco su forma son el argumento de la narración, sino más bien la indisoluble relación que se genera entre en los personajes con el fallecimiento de uno de ellos, o sea, con las consecuencias que la violencia genera y no con su práctica explícita. De tal forma, en el libro tenemos un funeral visto por tres individuos distintos, tres representaciones diferentes de lo ocurrido y no precisamente reflexiones de lo que está sucediendo. Un caso similar se da con la existencia del coronel, quien es padre de un hijo acribillado a balazos y vive en un pueblo en constante estado de sitio, tan constante que en ocasiones se olvida.

“- (…) Que el entierro no puede pasar frente al cuartel de la policía.

– Se me había olvidado –exclamó don Sabas-. Siempre se me olvida que estamos en estado de sitio.”

            Mario Benedetti resalta del escritor colombiano el retratar la sociedad en las etapas intermedias, cuando los eventos de violencia son ya del pasado pero siguen atormentando de manera flagrante a las personas. Señala además que estas inter-etapas son el momento propicio para la reflexión, para la meditación de lo acontecido o más bien para asumir y percibir la presencia de lo fatal. Es a partir de aquel comentario que nace la idea de escribir sobre la sangre ya seca. Pero ¿cuánto tiempo pasará antes de que vuelva a humedecerse?

            Cien años de soledad, su obra cumbre, no escapa de esta permanente reminiscencia. Esta metáfora de Latinoamérica vinculada a la violencia se muestra por medio de un personaje, quizás el más interesante de todos: el coronel Aureliano Buendía. El libro parte con él frente a un pelotón de fusilamiento, y según lo que sabemos, su muerte impactó incluso al mismo escritor luego de haberlo matado. Su lucha incansable por el partido liberal, haciendo levantamientos insurgente de medio país, incluyendo Macondo, en contra del partido conservador, es ejemplo innato de la evidente disputa de estos dos conglomerados políticos en Colombia, haciendo parte de este conflicto de elite a los campesino que poco y nada entienden de lo que se trata.

“Una noche le preguntó al coronel Gerineldo Márquez:

-Dime una cosa, compadre: ¿por qué estás peleando?

-Por qué ha de ser, compadre –contestó el coronel Gerineldo Márquez-: por el gran partido liberal.

-Dichoso tú que lo sabes –contestó él-. Yo, por mi parte, apenas ahora me doy cuenta que estoy peleando por orgullo.

-Eso es malo –dijo el coronel Gerineldo Márquez.

Al coronel Aureliano Buendía le divirtió su alarma. “Naturalmente”, dijo. “Pero en todo caso, es mejor eso que no saber por qué se pelea.” Lo miró a los ojos, y agregó sonriendo:

-O pelear como tú por algo que no significa nada para nadie.”

            La naturalización de la violencia, el pelar por pelear, sin saber o sin conocer el verdadero fin resulta patético. La reflexión “garciamarquiana” se torna política en este punto, cuando somete a personajes amigos, casi hermanos, a enfrentarse por una causa que parece común. En definitiva, la humanidad del coronel termina imponiéndose por sobre convicciones falsas y superficiales. En otras palabras, no les corresponde. A diferencia de lo que ocurre en La hojarasca, allí es el pueblo el que toma venganza por una deslealtad por parte del médico (deslealtad hasta cierto punto, considerando la calidad de extranjero del médico allí en Macondo). La lucha es personal, ampliamente consensuada, y consecuente hasta el final: de no ser por el abuelo, aquel médico no habría sido enterrado en tierra sagrada.

“No pude calcular lo mucho de ridículo y vergonzoso que hay en esto de enterrar a un hombre a quien toda la gente había esperado ver convertido en polvo dentro de su madriguera. Porque la gente no sólo había esperado eso, sino que se había preparado para que las cosas sucedieran de ese modo y lo habían esperado de corazón, sin remordimientos y hasta con la satisfacción anticipada de sentir algún día el gozoso olor de su descomposición, flotando en el cuerpo, sin que nadie se sintiera conmovido, alarmado o escandalizado, sino satisfecho de ver llegada la hora apetecida, deseando que la situación se prolongara hasta cuando el torcido olor del muerto saciara hasta los más recóndito resentimiento.”

            En La mala hora y en El coronel no tiene quien le escriba suceden cosas similares: peleas y disputas entre iguales, personas que por sus características campesinas, premodernas y fuera de la racionalidad de la ciudad se baten a duelo físico, buscando lo que realmente les es propio a gente de esta condición y que el coronel Aureliano Buendía comentó muy bien: estoy peleando por orgullo.

            No ha habido aún un estudio que analice pormenorizadamente este elemento que, como he intentado mostrar, resulta central y capital en el entendimiento sociohistórico quienes habitan Macondo. Solamente por ahora podemos decir que el orgullo, sentimiento que busca mantener en pie la integridad del ser, es la base de la violencia ejercida entre los personajes “garciamarquianos”, y no precisamente convicciones políticas que, no por serles ajenas, han sido condicionantes menores de la situación de esta ciudad mágica.

El autor:

Joaquín Pérez | Estudiante de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado. Lector compulsivo en la medida que la universidad y mi salud me lo permiten. Profesor del Preuniversitario Popular “Agogé” en Quilicura e incipiente escritor de reseñas, columnas y cuentos.

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