El Hombre de Siempre

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Gonzalo Ortega Avila reseña “El hombre de siempre”, libro que analiza la influencia de Shakespeare en la obra de Woody Allen, recientemente editado por Huerders y escrito por Rocío Casas Bulnes.

1. Rocío Casas desenreda las películas de Woody Allen y las obras de William Shakespeare en cuatro temas horizontales: la religión, la muerte, el sexo y los sueños. Estos fluyen, conversan, se mezclan, esquivan, difuminan, en las creaciones de los dos artistas.

2. La simplicidad del libro, las uniones –lo abarcador- que realiza sin saturar, saltando de un autor a otro, como si fueran un equipo sincronizado, pasando la pelota en el momento exacto, ayuda a ver de forma clara las cercanías y diferencias entre los autores. Así lo hace cuando demuestra que en Shakespeare, la muerte puede tener algo cómico al final, no desprendiéndose de la naturaleza del personaje que la vive (Mercucio en “Romeo y Julieta”). Mientras que en Allen, la muerte no puede desprenderse de su peso, no puede agregarse otra tonalidad, la pintura está acabada, la pintura es triste y real (la muerte de Dolores en “Crímenes y Castigo”).

3. Sin ser explicito (el libro entrega los elementos para que uno concluya o ilumine situaciones), se revela que en las creaciones tiene que haber un equilibrio; quizás más inclinada hacia algún lado (por parte de Allen hacia la comedia y Shakespeare hacia la tragedia) que otro, pero diciéndonos que al final, entre los silencios reflexivos, los dos artistas necesitan unir los grandes tópicos que vivieron y que vivimos: ironía, tristeza, conflictos, felicidades, banalidades, aceptaciones. El cuerpo, el cerebro, mediante una alerta química-temporal, les pide subconscientemente mostrar el otro lado del espejo, otras perspectivas. Así Rocío avala la primera obra seria de Allen, Interiores (que tuvo un mal recibimiento de la crítica: “La ausencia de gracia no se convierte en seriedad, simplemente en ausencia de gracia”). Nos explica, nos vislumbra, que si bien, fue el primer paso, con errores, con frecuencias distorsionadas, ya insinuaba el valor que tendrían sus obras futuras con el tratamiento de temas más complejos, acercándose a lo importante que rondaría en sus otras películas; las formas de enfrentarse a los problemas existenciales, a lo inseparable del ser humano (la muerte, Dios y las distancia que crea entre las personas).

4. Como si fueran dos cirujanos repartiéndose los hemisferios del cerebro, para estudiarlos, desarrollar teorías o simplemente ser hipnotizados por las formas insondables, Shakespeare analiza y expone al hombre (hemisferio derecho) en sus contornos y volúmenes internos, mientras que Allen lo hace con las mujeres (hemisferio izquierdo) destacando las densidades, las profundidades de su pensamiento.“La complejidad sicológica de Marion en Otra mujer, Annie en Annie Hall, Stephanie en Septiembre o Eve en Interiores” abre y expone las ideas que tiene hacia las mujeres (Allen siempre vivió rodeado de ellas por sobre ellos y uno se lo imagina adquiriendo ese locuacidad del género, con nerviosismo, con intelectualidad). Por otra parte, en Shakespeare, se podría hacer una lista extensa como los pecados de un asesino con hombres habitando sus obras (Hamlet, Lear, Ricardo III…), su universo; omnipresenciando los diálogos, deseos, miedos, y etc., etc., etc. Por supuesto que hay mujeres que tienen grados de importancia, pero pareciera que sirven para el funcionamiento y no como un fin en sí mismo.

5. Al terminar el libro, se forma la necesidad de volver a ver las películas de Allen o releer las obras de Shakespeare, para ver uno reflejado en el otro, buscando las sincronías y las distancias, las tonalidades más sombrías en uno, la presencia del humor -tan necesario como el respirar- en el otro.

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