Miercoles 24/05/2017

El gato y la noche

Historias de LecturaPortada

Irene Goldfeder nos trae el suave recuerdo de libros leídos una y otra vez al borde de la cama, la complicidad padre-hija enlazando Buenos Aires, Moscú y la luna. Vero Fradkin es la responsable del hermoso gato que acompaña esta nueva “Historia de lectura”. 

El gato y la noche

Ilustración: Verónica Fradkin - http://veronicafradkin.blogspot.com/

Cuando yo era pequeña esperaba ansiosa la visita a la feria del libro.

Esas tardes de domingos, que recuerdo nubladas, mis padres me hacían caminar rápido entre los stands.

Los primeros, y casi únicos, que recorríamos eran los de los países socialistas. Papá pasaba horas leyendo libros gordos y mamá revisando otros tantos. Yo me quedaba parada sin hacer otra cosa que esperar.

Luego la vuelta a casa en el fiat 128 blanco. Me sentaba en el asiento de atrás junto con las bolsas repletas de libros.

Recuerdo uno en particular.  Era un libro de tapas blandas y hojas finas. Largo y con  imágenes tan  diferentes a todas las que yo conocía. Su autor era ruso. Ahora sé que se trataba de un libro álbum.

Sobresalía los azules entre todos los otros colores y por momentos un amarillo muy tenue.

Creo que se llamaba “El gato y la noche” pero quizás esa no fuera su nombre.

En la primera página un hombre se hamacaba en una silla mecedora. Leía y fumaba pipa. El humo dibujaba formas redondas en el aire. Estoy segura que  eran de color blanco. El cuarto estaba iluminado por la luz de una lampara de pie.

Sentado junto a él dormía un gato de color negro. Salían  letras “sh” de su boca.

Al dar vuelta la página ese mismo gato se despertaba, erizaba el cuerpo y daba un salto  cayendo sobre la lámpara de pie. Su dueño al descubrir que toda la luz  quedaba impregnada en el cuerpo de su mascota se ponía a gritar.

 En la página siguiente el gato asustado se escapaba por la ventana. En su marcha iluminaba la noche.

Corría tanto, y tan alto, que llegaba en solo tres páginas a tocar la luna. Toda la luz de su cuerpo se quedaba impregnada en la superficie lunar. El gato, nuevamente negro, volvía con su dueño que según papá era un escritor.

Esa pequeña historia se convirtió en mi libro de cabecera.

Por las noches, cuando me iba a acostar mi padre venía, se sentaba junto a mí, tomaba el libro.

”En Moscu, la ciudad más luminosa que se conoce en el mundo…”  leía. Luego me mostraba las imágenes. Compartíamos el juego de descubrir  algo nuevo en aquellas páginas tan conocidas por los dos, aunque fuera sólo un adorno en las paredes del cuarto que antes no habíamos percatado.

Cuando el gato daba el salto yo cerraba los ojos y papá describía como la luz de la lámpara bañaba el cuerpo del gato. Me daba mucha alegría imaginarme  ese baño amarillo y riendo abría los ojos.

Papá ponía cara seria aunque su voz seguía igual de suave.

Murmuraba que el hombre quedaba a oscuras mientras su gato corría  iluminando las calles de  Moscú.

Yo preguntaba porque esa ciudad que se presentaba como la más luminosa de golpe quedaba a oscura para ser encendida por un gato. Mi padre  acariciaba mi frente.

“ A veces todo queda a oscuras para los escritores” me confesó mientras yo  observaba como daba vueltas las páginas del libro y podía escuchar  las hojas haciendo ruido entre sus dedos.

Al llegar a la última página jugaba a estar dormida. Estoy segura que mi padre lo sabía y seguía mi juego. Me besaba, apoyaba el libro en el suelo y apagaba la luz.

Yo en la oscuridad aguardaba que llegara el sueño.

El autor:

Irene Goldfeder. Nací en Buenos Aires. De tantas vueltas que dí por el mundo se me hizo costumbre de hospedar viajeros, y ahora soy dueña de un hostel en la capital de Argentina. Crecí rodeada de libros y hace un tiempo se me metió un capricho muy bonito, dedicarme a escribir en distintos formatos pero siempre respetando el juego y el disfrute.

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