Miercoles 24/05/2017

Ángel de la guarda

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Angelina Morales comparte con nosotros su cuento “Ángel de la guarda”, donde la dulce compañía se toma unos días de licencia. Ilustra Sandra Rebolledo (Amorcito corazón).

Ángel de la guarda

Ilustración: Sandra Rebolledo - http://www.flickr.com/photos/amorcitocorazom

Mi ángel de la guarda está accidentado. Parece que le di mucho trabajo al cruzar una calle con el semáforo en luz roja. Por salvarme lo golpeó un auto que conducía un demonio ebrio. Los demonios ebrios suelen ser más peligrosos que los borrachos comunes. El ángel no esperaba a un demonio conductor. Nadie espera que los espíritus del mal conduzcan autos, generalmente se movilizan anónimamente en el metro. Mucho menos que se pasen de copas, todos sabemos que los demonios por más que beban nunca se emborrachan. Mi ángel dice que era su destino, que así estaba escrito para él. Eso no me hace ninguna gracia, a mí que tengo que cuidarlo personalmente en casa y cederle la cama para su convalecencia. Y cerrar las ventanas y no salir ni a la esquina, porque es bien sabido que sin ángel de la guarda nadie sobrevive en estos días. Ala rota es el diagnóstico. Se la entablillé yo misma. Por lo menos ya dejó de quejarse por la noche, lo que me permite dormir de corrido. A veces vemos tele en la mañana. Pero se adueña del control remoto y no la corta con el zapping. Ayer al quitarle el vendaje, me di cuenta que su ala ya está firme. Pero él insiste que todavía le falta, que se siente débil, que le haga una sopita. A veces creo que me está engañado para tomarse vacaciones. Creo que se está aprovechando, pero no consigo extender por mucho rato estos oscuros pensamientos, porque como es telépata en seguida le pone muting a la tele y me dice: “Ya déjate de pensar tonteras. A dónde se ha visto que un ángel sea  mentiroso y farsante. Si te da tanta lata cuidarme tienes que aprender a no andar por ahí cruzando la calle como las yeguas locas. ¡Ataranta’!, ¡Descerebra’!”. Así me insulta. Y me hace sentir culpable, y entonces me callo e intento poner la mente en blanco  para que no espíe mis pensamientos, y le llevo un pocillo con cereal y leche que dice que le encanta.  Ya se comió casi toda la caja.

Mi ángel ronca a pata suelta mientras los demonios acechan mi casa. Me golpean los vidrios y se trepan como gatos por el techo. Lo despierto aterrada, pero tiene el sueño tan pesado que tengo que pegarle cachetadas para que se despierte, o a veces incluso vaciarle un vaso de agua en la cara. Se enoja conmigo y yo le exijo casi llorando que haga algo, que me proteja de los demonios aunque sea un poquito. Pero él se ríe, se da vuelta y me dice: “No, yo todavía estoy con licencia, mijita, así que arrégleselas solita, no más” Ni siquiera me deja compartir la cama con él. “Escúchame, estoy muerta de miedo, déjame acostarme contigo, no quiero estar sola en el living”, le digo. “Sale pa’ allá cochina, no conoceré yo a las de tu calaña. Se hacen las cuchas y después, vamos tirando las manos. Ustedes las treintonas solteras no respetan ni a los ángeles. Ya… Te fuiste al sillón, no más… Miren lo que quería, la perla…”

Hoy debo salir. No puedo más con el encierro y ya no queda comida ni plata. Se lo explico, pero él no hace ni el menor esfuerzo por pararse de la cama.

Intento convencerlo diciéndole que tal vez le haría bien caminar un poco y que así yo aprovecho de hacer unas cositas, ir a un cajero, pasar por el supermercado, en fin…Pero nada. Me dice que nunca ha estado mejor y más protegido que en mi casa. Entonces ya no lo tolero por un segundo más y se la largo toda de una. “Mira ángel aprovechador, yo sé que te he dado una vida de mierda con mi stress constante, mi tabaquismo empedernido y  mis tendencias suicidas. Seguramente durante mis años de alcoholismo la viste negra, salvándome de quizá cuántos accidentes automovilísticos y quizá cuántas resbaladas mortales en la ducha. Seguramente sudabas sangre tratando de salvarme cuando se me pasaba la mano con las pastillas, o cuando me quedaba raja en cualquier calle expuesta a asesinos y violadores. Pero, por si no lo sabes, la vida es así para nosotros los seres humanos. Siempre al filo de la muerte. Y a mí eso me va bien. Así que voy a salir a hacer mis cosas, yo sola, sin protección alguna y cuando vuelva a las siete de la tarde no quiero verte ni una pluma, me oíste. Te me vas con viento fresco, porque esta es mi casa, y cuando vuelva me voy a acostar en mi cama a ver la teleserie que a mí me gusta, ¿entendido?” Me doy la media vuelta y salgo de la casa dando un portazo con toda mi gran seguridad, el aire de la calle me hace recobrar la calma. Cuando llego a la esquina me siento en la cuneta y me fumo dos cigarros al hilo disfrutando al máximo cada bocanada de humo. Pero la cara del ángel aprovechador me interrumpe el éxtasis, se me repite ante los ojos como si la estuviera viendo en la tele. Es una cara entre sorprendida y triste. Creo que no esperaba que lo echara de mi casa. ¡Pero cómo!, pienso, si él me conoce al revés y al derecho, sabe perfectamente que no he tenido ningún reparo en echar de mi casa, y de peor manera, a tres novios, cinco pololos y varios amantes, y eso que sí se acostaban conmigo y me eran de bastante más utilidad que este ángel regordete y afeminado que me bolseó comida, cama y tele por más de un mes. Pero ningún argumento a mi favor sirve. El recuerdo de su cara me bombardea la culpa sin ninguna piedad. Esos ojos al borde de la lágrima, esa boca que quiso decir algo y no supo qué. El gesto sorprendido de la desilusión que le hizo mover los hombros y la cabeza. Una mitad de mí quiere correr a la vida. Tomar una micro, llegar a algún sitio, tal vez meterme a un cine o llamar a alguien y hacer algún plan. Pero la otra mitad de mí, la más fuerte decide volver a la casa y pedir disculpas. Sí, tal vez, después de todo  lleguemos a un acuerdo, unos días más de cuidados y después cada uno a lo suyo. Tal vez  si lo regaloneo con unos berlines de los que venden en la pastelería, tal vez si le ruego que no me abandone y le explico que esta es la primera vez en toda mi vida que le pido algo a alguien, que le suplico a alguien.

Ángel de la guarda,

dulce compañía,

no me desampares

ni de noche ni de día

Al abrir la puerta el vacío de mi casa es evidente. El silencio total y el frío absoluto es bien sabido que son signos evidentes de la ausencia de ángeles. Por lo menos la cama aún está tibia, y el control remoto por fin libre.

El autor:

Angelina Morales León | 1970. Estudió teatro en el Instituto Superior de Arte y Cultura Bertold Brecht. Durante 2011 fue alumna del taller de dramaturgia de Juan y Flavia Radrigán, escribiendo textos dramáticos para 1, 2 y 3 personajes. Desde 2012 a la fecha participa del taller de narrativa de Claudia Apablaza, escribiendo cuentos y novela.

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