Leer de noche

Historias de LecturaPortada

Patricia Kelly comparte con Terminal su “Historia de Lectura”, donde libros se pierden en mudanzas, una lectora desafía al sueño y todo lo que lleve letras se lee, sin medir consecuencias. 

Leer de noche

Ilustración: Sandra Rebolledo - http://www.flickr.com/photos/amorcitocorazom

Todos los días el diario, todos los meses un ejemplar de la National Geographic y un par de libros de la editorial Andrés Bello. La colección engordaba y los ejemplares cada vez más apretujados en estantes que se hacían cada vez más pequeños. Sí, privilegiados éramos. En mi casa abundaban los libros.

Los libros nos acompañaron en cada mudanza, aunque seguro más de uno quedó atrás, en alguna ciudad, con algún amigo, o perdido detrás de un estante.

A mi me dio por leerlo todo. La parte de atrás del champú, los ingredientes de la gelatina, todos los carteles de la calle. Iba en la micro y sentía como la ciudad me entraba por la vista, y se armaba de nuevo, como espejo, en mi cabeza.

No recuerdo cuál fue el primer libro que leí. Sí varios de los primeros que me acompañaron. A Guillermo y Los Proscritos, Huckleberry Finn y Tom Sawyer, le siguieron Sherlock Holmes, Hércules Poirot, Miss Marple, los oscuros (divertidos) personajes de Poe, los añorados mundos de Verne, intercalados con Asterix y Obelix, Tintín, las series juveniles con internados de trasfondo, las revistas de viajes, las recetas de cocina semanales y los horóscopos de los domingos.

Somos cuatro hermanas, de las cuales soy la menor. Por supuesto, leí Mujercitas.

No era muy buena para tomar apuntes en clases. O bien escribía poco o dibujaba. En ocasiones me ponía a leer. Más de una vez me hicieron guardar lápices y libros. Nunca aprendí las reglas de ortografía y gramática. Pero, a excepción del cambio de convención de un colegio a otro (las mayúsculas iban con rojo), nunca fallé en los dictados.

Por algunos años tuve la costumbre de leer un comic en la micro de vuelta a mi casa y una novela en la noche, todos los días. Y todas las noches, mis papás, desde el piso de abajo, me gritaban que apagara la luz pues se hacía tarde y yo tenía clases al día siguiente. Un rato más, decía yo. Y quedaba leyendo, casa a oscuras y familia durmiendo, hasta terminar la historia. Eso resultó en las calcomanías y libro que regalaban anualmente las bibliotecarias a quién tenía más títulos en sus fichas de arriendo. Y también, supongo, en mis hábitos nocturnos y severa miopía. Esos libros en general no me gustaban, las calcomanías las perdí. La imposibilidad de dormirme temprano y la miopía, en cambio, no me han abandonado.

El autor:

Patricia Kelly | Licenciada en arqueología, lee hace varios años, escribe de cuando en vez hace algunos pocos. Vive en Santiago, le gusta el mar.

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