HER y los habitantes de la nada

CinePortadaRecomendaciones

Spike Jonze ganó un Oscar por el guión que escribió para la película “Her”, que el mismo dirigió, retratando el amor entre un náufrago y su salvavidas virtual, una relación única en un mundo de solitarios. Juan Carlos Echazarreta nos ofrece su visión de la película, una obra que ha dado que hablar en Terminal.    

HER y los habitantes de la nada

www.google.com

Habitantes de la nada.

Recuerdo una entrevista en donde Roberto Bolaño manifestaba que le gustaba la antipoesía de Nicanor Parra porque, en su poesía, no se veían musas recortadas en el horizonte, sino solo ataúdes, ataúdes y ataúdes. Nosotros, los de ahora, ya no somos los mismos. Nosotros no vemos ni musas ni ataúdes, ni poesía ni antipoesía, pero, a lo menos, nos va quedando la saudade (el lado bueno de la nostalgia) y la rebelión. Ellos, los personajes de Her ?la película más reciente de Spike Jones?, habitantes de la nada, hijos del nihilismo tecnomercantil, no tienen ni pies ni manos, ni dedos ni uñas ni culos ni tetas si quiera; ombligo sí que tienen, tan grande y tan limítrofe, por así decirlo, que son capaces de erigir una realidad paralela que no existe: el ciberespacio, o sea: la nada.

Theodore (Joaquin Phoenix)  trabaja  en una empresa de escribidores de cartas, él, desde su escritorio, le dicta a su ordenador cartas de amor dirigidas a personas que apenas conoce y que, paradójicamente, son un todo éxito. Lo cierto es que nada parece tan paradójico en el mundo en que se trama esta apabullante película, un mundo donde se retrata una sociedad hipermoderma, hipertecnologizada, hiperlaxa, hipertodo. Theodore, que viene saliendo de una relación de pareja complicada, no encuentra nada mejor que enamorarse de un sistema operativo (“esto no es un sistema operativo; es una conciencia”, dice el eslogan publicitario de este software de vanguardia). El caso es que este programa, que funciona como una conciencia operativa, reproduce, a escala íntima, a la mujer perfecta, y así aparece el otro protagonista de este filme: Samantha, una mujer que no es de carne y hueso, sino una abstracción inteligente que funciona como el salvavidas de estos ciudadanos de la inmediatez, encarnados, en este caso, en el sensible Theodore.

Así pues, en este entorno, la tecnología acaba siendo un sucedáneo de la vida misma, en circunstancia que nadie es capaz de hacerse cargo de los duelos (los ataúdes), del dolor. Todo parece moverse en la lógica del extremo, en la hedonización del presente, en la cosificación de una vida sin objeto ni sentido (Lipovetsky dixit). Los ciudadanos de la nada esquivan lo tangible –porque altera su funcionalidad individual? y se refugian en sus aparatos ultrainteligentes que, naturalmente, no son capaces de sostener nada siquiera medianamente duradero, pues únicamente pueden levantar un simulacro comprimido del narcisismo personal (perdónenme el pleonasmo, pero hay momentos en la vida en que hay que ser categóricos).

En definitiva, asistimos a un mundo desangelado y gélido, en donde el espacio es reemplazo por una abstracción que aspira a ser funcional pero que se agota en los hábitos de la urgencia. Así pues, aplicando un criterio residual, se entiende que, si no existe un espacio, tampoco existe el amor, salvo que considere que el culto a uno mismo y la felicidad individual constituyan un espacio.

Dicho esto, el filme es llevado a cabo con una brutalidad desopilante. Tiene, asimismo, la sutileza y el recato de sugerir algo a través de todas las esferas de la puesta en escena: desde los encuadres hasta el vestuario, desde los planos generales pasando por la música, todo, en definitiva, elementos que nos muestran la mirada de un director que mira al ser humano desde el ser humano, y que transmite, a la vez, una mezcla de compasión, ternura y sentido crítico. En efecto, la mirada de un director que cree en los silencios, que cree en su espectador, pues lo no dicho, o lo dicho entre cortes, adquiere un contundencia bestial.

Por último, me preguntan cuál es la diferencia entre una sátira y una ironía. Pues bien, una sátira es El lobo de Wallstreet (que, después de este filme, queda como un perrito) y una ironía, en cambio, es Her, una producción cuya materialización es llevada a cabo con delicadeza y pulcritud, la cual deja en manos del espectador la tarea de completar el cuadro y presentar un discurso disruptivo frente a la cultura de la exaltación del presente, y del yo.

En suma, es capaz de entregarles una esperanza a los habitantes de la nada, lo que ya es mucho. Me esfumo.

www.google.com

Dejanos tu comentario