HER y la mujer ideal

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Mario Valdovinos reseña la película “Her”, dirigida y escrita por Spike Jonze, donde los sentimientos y emociones escritas y virtuales se vuelven mareas reales, formas de amor en el siglo XXI.  

HER y la mujer ideal

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La ambientación de un film, los rasgos escenográficos, o dirección de arte, la planta de movimientos y las locaciones, así como la puesta en cámara, la composición de las imágenes, el vestuario, el casting escogido y las actuaciones, dan a una obra visual, entre un abanico de elementos, su relevancia o la ausencia de ella. Qué decir de la historia relatada. En Her, 2013, escrita y dirigida por Spike Jonze, en un comienzo, todo aquello es convencional, pero a poco andar, el desvaído tono de las imágenes, con locaciones en Los Ángeles y Shangai, las actuaciones introspectivas y, en particular, los económicos recursos  interpretativos de su protagonista, Joaquin Phoenix, comienzan a interesar al espectador, terminan por capturarlo y enredarlo en una trama de la que cuesta escapar.

¿Qué se relata? La historia de un personaje sub cuarenta, Theodore, un escritor que trabaja en una agencia electrónica en la que se redactan cartas de amor y de avenimiento. Es una forma posmoderna del Consultorio Sentimental que atendían profesores o adivinas, seres que suponíamos con experiencia vital, excelente juicio y voluntad de ayuda al prójimo extraviado emocionalmente. La carta en soporte papel, el correo y la ansiedad por la llegada del cartero, pasaron al olvido, ahora,  el presente del film, todo está computarizado, archivos, e-mails, chats. Los sentimientos no descansan sobre papel, sino en una pantalla, indiferente a los dolores, las angustias y las lejanías, que siguen siendo los mismos. Al respecto, imposible soslayar la frase que Borges desliza en un escrito, a propósito de sus relaciones reales -¿lo serían en un hombre hecho de ficciones?-,  con Estela Canto: “No le di mi dirección para no pasar por la angustia de esperar una carta”; o la desesperación de Juan Pablo Castel para que le devuelvan la carta insultante que acaba de enviar a María Iribarne, su amante, en la novela El Túnel de Ernesto Sábato, y se arrepiente al segundo de haberla despachado.

Sin embargo, Theodore cumple su misión con alegría. El final con su primera esposa, Catherine, sobrevino con espantosa naturalidad y se están divorciando. Ambos están paralizados por estar al borde del naufragio y ser incapaces de impedirlo. Theodore tiene una pareja amiga, Amy y Charles, con ocho años de matrimonio. También se divorcian. El protagonista se acerca a ella,  pues es un profesional del consuelo, salvo para sí. En ese panorama busca una amante virtual, una voz, incorpórea, surgida de un sistema operativo, pero, tal como  la computadora de 2001 Odisea del Espacio, el memorable film de Stanley Kubrick, con voluntad, raciocinio y, lo más perturbador, con sentimientos, frágiles, sutiles, laberínticos. En suma: una mujer; su nombre, Samantha.

El film descansa en el diálogo entre Theodore y Samantha, que lo despierta, lo desvela, lo estimula y con quien, incluso, hace el amor, pues ella, ante la ausencia de cuerpo, ya que es sólo lenguaje, ¡y nada menos que la sugerente voz de Scarlett Johansson!, le envía a Isabella, mujer de carne y hueso, que actuará como pareja sexual sustituta. Todo ocurre a través de su teléfono celular, que mediatiza la historia. Mientras Theodore transita por  Los Ángeles,  obseso, dependiente de su aparatito electrónico que lo hechiza, consuela y aliena y con el cual establece los vínculos tentaculares de un enamorado y su amada, suavísima y demandante; imprescindible y aterradora. En suma, la mujer ideal. No hay cuerpo, la gran demanda de la carne, pero sí deseo. En este punto, Her se vuelve una crónica  del estado de las relaciones entre hombre y mujer en la sociedad actual, de la que se deriva un concepto sobre el amor.

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La pregunta decisiva es: ¿son reales estas emociones, generadas por un laptop? ¿En qué se diferencian, por ejemplo, de los amores epistolares de Gabriela Mistral? Véase al respecto el incendiario intercambio de cartas entre la poeta, exiliada en Europa como errante cónsul, y Manuel Magallanes Moure, el poeta casado residente en San Bernardo.

Samantha no sabe de pérdidas, pero es capaz de sostener una relación amorosa; también compone canciones para reemplazar las fotos que no tienen como pareja. ¿Cómo podrían?, ella, her, no tiene cara ni cuerpo, pero sí alma y  pensamientos como: “El pasado es una historia que nos contamos a nosotros”.

Theodore vive en un desmantelado departamento y juega con una  mascota virtual, vale decir, talento para la irrealidad, pero lo real, sigiloso e invasivo, se filtra en su mundo. Esa presencia, la realidad, no los fantasmas, pues los sistemas operativos tienen, como las personas, fecha de vencimiento, desencadenará el final.

De allí en adelante, la frívola pantalla repetirá hasta la náusea: Sistema operativo no encontrado.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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