Cortázar: Hay golpes tan fuertes

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Mario Valdovinos recuerda al escritor Julio Cortázar, pasados ya 30 años de su muerte en París, un día de gris aguacero. 

Cortázar: Hay golpes tan fuertes

Fotografía: http://mexico.cnn.com

En 1982 murió Carol Dunlop, la fotógrafa y escritora canadiense, tercera esposa del escritor Julio Cortázar, dejándolo inconsolablemente viudo. En un libro autobiográfico, Un tal Lucas, 1979, Julio habla de los hospitales del protagonista, su alter ego, pero no eran más que aprontes y fintas con la vieja dama. Había aprendido a coexistir con su enfermedad: un contrabando celular en la sangre, aunque el diagnóstico médico era más claro e inapelable: leucemia, células cancerosas en el torrente sanguíneo. Carol también sucumbió a la misma enfermedad, que le invadió el pecho y la destruyó antes de los cuarenta años. Cortázar, al momento de su deceso, 12 de febrero de 1984, estaba por cumplir setenta años. Aún no caía la URSS y el escritor había llegado, sin proponérselo y sin buscarlo, a la fama; su compromiso político con Cuba se mantuvo hasta el final, pero abarcaba también a la revolución sandinista de Nicaragua. Era traducido, leído en abundancia, invitado y requerido. Tal vez el hecho fundamental que lo derribó fue la muerte de Carol. No pudo resistir el desembarco de las fuerzas de ocupación en su largo cuerpo y sucumbió a los escuadrones de exterminio. Lo había dicho décadas antes el poeta peruano César Vallejo: “Hay golpes en la vida, tan fuertes, yo no sé. Golpes como del odio de Dios”. Su fallecimiento sorprendió a sus lectores, una legión en todo el mundo, pero no a sus amigos cercanos. El deterioro físico era evidente, en alguna medida, se dejó morir, la lejanía de Carol resultó abrumadora en un hombre mucho más frágil de lo que aparentaban sus pasiones literarias y políticas, su porteño estilo de habitar París, la ciudad que amaba. Todo ese caudal terminó por  perder la batalla. Decidió pasar con ella la eternidad, en el cementerio de Montparnasse, donde yacen juntos.

La noticia de su muerte la entregó en Chile el radial Diario de Cooperativa, durante el tórrido verano chileno, en febrero de 1984. Los medios oficiales, proclives  a la dictadura, también informaron, pero sin demasiada vehemencia. Era un escritor célebre, si bien, en tiempos de definiciones radicales, un opositor, en particular a las dictaduras que asolaban América Latina. Miembro además del Tribunal Russell que denunciaba los crímenes de lesa humanidad y las violaciones a los derechos humanos fundamentales en el continente.

Fotografía: http://lomioesviajar.files.wordpress.com

En 2001, y con el sello de la editorial barcelonesa Omega, la escritora uruguaya Cristina Peri Rossi publicó un libro testimonial, donde reveló que Julio fue víctima, además del cáncer que arrastraba, de una transfusión azarosa en un hospital parisino, luego de una hemorragia intestinal. Los médicos diagnosticaron: “Pérdida de defensas inmunológicas”, vale decir, el virus del Sida, en un momento en que la enfermedad no había explotado en Occidente y, da la impresión, que la sangre no fue testeada. Hubo un escándalo, renunció el ministro de salud, la prensa habló a raudales de un virus desconocido y fuera de control. Lo de siempre, dos de las numerosas víctimas fueron Julio y Carol, pues  ella también recibió sangre infectada. De esa manera, el azar, en el que tanto creía el Cronopio mayor, fue quien lo mató. No más jazz, no más tango, no más viajes, amores ni poesía. Adiós, Julio. Para no emplear la rígida palabra muerte se suele usar fallecimiento, pero es fácil desbaratarla, basta partirla, con una sutil pausa,  en dos: fallecí y miento, aunque no sea más que un truco.  El libro de la escritora uruguaya, de nombre “Julio Cortázar”, es un entrañable relato sobre el itinerario de una amistad especial entre un hombre y una mujer  asimétricos; él heterosexual y mayor, ella veintisiete años menor y gay, sin embargo ambos melancólicos e hipersensibles.

La mañana de su entierro llovió en París, él había fabulado con ese momento y citado, junto a Cris, así la llamaba, el verso del soneto de Vallejo Piedra negra sobre una piedra blanca: “Me moriré en París con aguacero, un día del cual tengo ya el recuerdo”.

“Me moriré en París y no me corro”. Con tanta tristeza encima y en un día así, no había manera de hacerlo.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

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