Interpretaciones de una vida bajo materia muerta

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El 1 de febrero de 1851 muere Mary Shelley, autora del célebre Frankenstein. Constanza Iglesias la recuerda indagando en las diversas interpretaciones a su obra, desde la mirada de la ciencia, el feminismo y el psicoanálisis. La vida de una mujer marcada profundamente por sus fantasmas.  

Una ficción no se crea desde el vacío, sino desde el caos. Todo tiene un inicio, incluso las historias más alocadas o perversas. Si es así, tal vez el material con que el escritor llene sus páginas brote misteriosamente desde su inconsciente. ¿Qué pasaba por la mente de la escritora británica Mary Shelley cuando con solo dieciocho años creó a Frankenstein, ese monstruo que cobra vida gracias a fragmentos de cadáveres? La respuesta está en los difuntos por quien la escritora lloró: su madre, quien falleció once días después de darla a luz; luego tres de sus cuatro hijos y su marido, de quien se dice conservó su corazón.

La obra de Mary Shelley, Frankenstein, es reconocida como la primera novela de ciencia ficción y se la interpretó como un relato sobre la profanación de cuerpos. Esta es, simplemente, una primera lectura de su obra basada en lo que a Shelley le tocó vivir. Eran los tiempos anteriores a la llamada Ley de Anatomía en Inglaterra, en donde el Estado autorizaba a las escuelas de medicina a usar los cadáveres de indigentes y condenados a muertes para estudios anatómicos. Por supuesto, los cuerpos eran escasos y Mary Shelley escribió Frankestein en el periodo en que los llamados “resureccionistas” o ladrones de cadáveres se llenaban los bolsillos profanando tumbas. A nadie le pareció extraño que los cementerios fuesen habitados por deudos cuidando los sepulcros de sus muertos, que se inventaran, entonces, los firmes ataúdes de hierro para protegerlos; mientras los ladrones utilizaban palas de madera para silenciar la excavación de túneles por donde sustraían los cuerpos siempre desnudos (llevarse sus ropas constituía un delito con pena mayor). Todo en pos de la ciencia y su ambición por reanimar materia muerta.

Sin embargo, Frankenstein no es solo una obra que advierte sobre los retorcidos peligros que trae el desarrollo de la ciencia, cuando el humano decide dar vida como Dios. Es una obra aún más íntima y compleja, así lo reveló la misma Shelley, quien en el prefacio de la tercera edición del libro confidenció a sus lectores que la historia del monstruo tenía su génesis en sus constantes pesadillas. Soñaba con un hombre pálido arrodillado frente a un “objeto que había armado”, un “fantasma de hombre que se ponía de pie con un movimiento tenso y poco natural”, escribió Shelley.

Es que la muerte se cruzó en su camino demasiadas veces, tantas como para querer resucitar —aunque fuese en fragmentos—  a sus fantasmas. Se dice que Mary Shelley creció sobre la tumba de su madre en el cementerio de Saint Pancras, lugar donde su padre, el político precursor del pensamiento anarquista, William Godwin, le enseñó a leer observando lápidas. Fue a los once días de su nacimiento que la madre, Mary Wollstonecroft, falleció producto de una infección postparto. De ella se escribían y contaban historias, había sido la famosa autora de “Vindicación de los derechos de la mujer”, título que le valió ser considerada la primera mujer feminista de la historia. Sin duda, no era cualquier mujer la que dejaba el mundo y aquella idea de Mary Shelly, esa de sentirse tal vez responsable por la muerte de la especial madre, podría ser el primer gatillante de sus pesadillas. Así lo interpreta magistralmente el psicoanalista  británico Ron Britton, quien en diciembre del año pasado visitó nuestro país para dar la charla “Frankenstein al diván” en el Festival Puerto de Ideas de Valparaíso. Para Britton, la novela es una fantasía sobre percibirse monstruoso desde el punto de vista de la madre. Pero hay más vivencias traumáticas en la vida de Shelley que, como ella diría, la hacen sentirse “poseída por una imaginación incontrolable”.

Mary Shelley

Mary Shelley y Frankestein

A los dieciséis años, Mary se enamora de un discípulo de su padre, el poeta romántico Percy Shelley. Se encontraban secretamente nada menos que en la tumba de su madre, Mary Wollstonecroft, lugar en donde los enamorados deciden escaparse. Mientras huyen por Europa, Mary queda embarazada, la niña nace prematura y muere. Se casan ese mismo año, luego que Harriet, primera esposa de Percy, se suicidara. Dos años después de experimentar estas tragedias, Mary Shelley escribe Frankenstein, curiosamente, ese mismo año, 1818, la escritora sufre la pérdida de su segundo y tercer hijo, estando embarazada del cuarto primogénito, el único que creció junto a ella. Cuatro años después, Mary y Percy, la pareja de vida nómade que deja en cada estación hogares y tumbas, también se verá destruida por un destino fatal. Percy muere ahogado. Se dice que cuando su cuerpo fue cremado, Mary Shelley rescató el corazón de Percy, el cual conservó envuelto en una hoja donde ella escribió un poema. Nunca se separó de esta especie de reliquia que guardò junto a otros objetos pertenecientes a sus tres hijos muertos, como cabellos y  ropas.

Recién en 1970, la incipiente crítica literaria feminista dio una nueva visión a la obra de Mary Shelley. Esta vez, Frankenstein era interpretado como un mito sobre el nacimiento, en donde la autora habla sobre sus culpas. Por un lado, al causar ella misma la muerte de su madre; por otro, una autoflagelante visión de sus propias fallas como madre. En ojos del psicoanálisis de hoy, según Ron Britton, Shelley intenta liberarse de sus pesadillas, contándolas, para así sanarse. De lo que sufría era del llamado “rechazo primario” que no es odio o frustración, sino el poderoso efecto de cuando la guagua es vista como un monstruo, la identificación de sí misma como un monstruo, de la misma forma en que el científico Victor Frankenstein escapa del ser que crea al momento que cobra vida.

El psicoanálisis lo definiría como el sentir que no se ha sido bienvenida en el mundo y si es así, siempre se estará en guerra con el mundo. Mary Shelley ilumina lo que significa esta alienación y construye así la primera novela de una mujer contemporánea sobre el nacimiento, el rechazo prenatal, el odio del ego, el inconsciente del ego, la culpa y la desesperación. Pero esta es solo una interpretación más sobre las fuentes de inspiración de una mujer de dieciocho años que indagó en los misterios de su imaginación, la misma que fue enterrada junto al corazón de su esposo y los objetos de sus tres hijos, fragmentos de toda una vida.

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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