Yo, la Gloria de Chile

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Desde el Más Allá alguien ha dispuesto que “el ciego” se comunique con sus amigos muertos, el director teatral Andrés Pérez, el transformista Divina Extravaganza y el actor callejero Andrés Pavéz, a través de las canciones de una radio. Coni Iglesias nos recomienda “Hijos de la trampa”, de Daniel Palma, un libro que clama no olvidar al Chile marginal. 

Yo, la Gloria de Chile

Reseña a “Hijos de la trampa”, de Daniel Palma S.

Portada libro "Hijos de la trampa" - www.letrasdechile.cl

Se nos ha enseñado que a la muerte se la trata con discreción, por eso resulta cruda la honestidad de un escritor ciego que nos sitúa frente al tránsito final, saturándonos con más claridad que la que pueden advertir nuestros ojos. “Mis amigos murieron y me quedé cautivo en sus sueños”, advierte Daniel Palma, escenógrafo y escritor de “Hijos de la trampa”, una especie de velorio de particulares angelitos ataviados con lentejuelas.

Palma, “el ciego”, escucha canciones por la radio que lo hacen comunicarse con sus amigos muertos: Andrés Pérez, “el director”; Carlos Franco, el transformista conocido como “Divina Extravaganza” y Andrés Pavéz, el “actor callejero” con zapatos de payaso. Desde el Más Allá alguien ha dispuesto que “el ciego” medie por ellos, sus “Sombras”, recibiendo mensajes a través de diversas letras de canciones. Mientras tanto, un ángel llamado Gloria de Chile, evocará las aventuras de los amigos, como también se hará presente en sus funerales con olor a fiesta popular. “¿Somos un sueño o un desvelo?, se preguntan muertos y vivos” en este relato delirante, que requiere toda la atención o más bien la soltura instintiva del lector.

Estas son historias de mediados de los ochenta, principios de los noventa, cuando el Sida, conocido también como “el chiste” o “la trampa”, arremete contra sus protagonistas. En cada página es como si el autor nos preguntara ¿por qué “el ciego” continua con vida? Y la respuesta, al parecer, es una invitación a no olvidar. “Hijos de la trampa” es un libro denuncia sobre un dolor marginal, una voz por todos “los que se desvanecieron en ninguna parte” esperando la alegría ya viene. Es por esto que cuesta quedarse indiferente ante la verdad de Palma: “quizás usted, lector, prefiera el boato de las velas en vez de este Ciego empujando sus esqueletos en procesión contra el tráfico. Si usted ve, no puede más que asombrarse ante la imagen de un ciego con las manos vacías hacia lo alto”.

Es cierto, requiere coraje adentrarse en sus emociones, pero si algo también le sobra al autor es mucho humor y altas dosis de encanto para colorear a los personajes que brillan en las fuentes de soda, buscando amor en el paso bajo nivel de calle Santa Lucía, caminando en Estación Central o Nueva York, bailando en Fiesta Spandex, esperando en el cine Arte Normandie, dejando el chiteco en manos de otro en Plaza de Armas o fumando a la salida del bar “El Cuervo”.

Fotografía: www.premioaltazor.cl

Hay aventuras de todo tipo: morenos tercermundistas contra vikingos colorines en “Time out”, relato sobre el director Andrés Pérez y su escenógrafo Daniel Palma en las jergas interminables presentando “La Negra Ester” por Europa; romerías con discursos que ya se quisiera en su funeral Pedro Almodóvar, como el de la inigualable florista Juana, hermana de las camboyanas de la igualdad, hablando de Andrés Pavéz y las diferencias de sexo, mientras la multitud clama “¡Ris-peto, ris-peto, qui-rimos rispeto!”. Noches clandestinas de hombres buscando a machos en pleno toque de queda, matando “su hambre histórica” en el relato “Culeo Exprés”. Lentejuelas que siempre acompañan a la Divina Extravaganza haciendo “equilibrio con la estética de lo obsceno”. Un cielo especial bajo “Teatro circo de espectros”, leyenda de ángeles y arcángeles que parlan italiano mientras se “afilan con los ojos” a un recién llegado que grita “¡ya sé que soy pecadora y de puro califa!”. Sin duda, el relato más conmovedor es “Alucivagaciones amarillas”. En él, Palma rememora su infancia a través del niño Pichiculpa, quien entre meados tiene su inicio sexual, mientras un sueño con la madre muerta en colores amarillos presagia la agonía de Andrés Pérez.

“Hijos de la trampa” no es un libro fácil de leer, pero vale la pena hacerlo precisamente para no olvidar. En ciertas ocasiones el lenguaje se torna críptico, cuesta entrar en él, pero es indudable que Palma conmueve con su forma particular de escribir, entre la poesía y la dramaturgia, con una verdad brutal, sin hacerle asco a llamar las cosas por su nombre. Honestamente, no sé si se puede pedir mesura o cierta estructura en sus relatos a alguien que habla con tanta franqueza de su propio dolor. Sin embargo, dan ganas de saber más de sus amigos, en historias lineales y simples que nos cuenten más sobre ellos.

Daniel Palma en “Hijos de la trampa” nos acerca de  singular modo a la muerte y a la ilusión en torno a ella,  quedándonos tal vez con la pregunta que se hiciera uno de sus personajes: “¿alguien sabe aquí cómo se muere de manera impecable?”.

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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