La invasión británica a la chilena

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En 1964, los Beatles sacudieron al mundo con su rock. El impacto llegó hasta Chile pero de formas curiosas, con revanchas sociales, peleas e insistencia. Constanza Iglesias revive esa época, reseñando el libro “Se oyen los pasos” de Gonzalo Planet, reeditada investigación sobre la historia del rock chileno entre 1964 y 1973. 

La invasión británica a la chilena

Reseña a “Se oyen los pasos. La historia de los primeros años del rock en Chile”, de Gonzalo Planet

Fotografía: www.crashboombang.wordpress.com

La historia del rock chileno, al parecer, es igual que todas las otras que nos han contado: de Plaza Italia para arriba, de Plaza Italia para abajo. Cuando en febrero de 1964 los Beatles visitaron Estados Unidos, entre la histeria juvenil y su irresistible sonoridad, la música popular cambió para siempre. Por supuesto, el revuelo llegó hasta nuestro lejano país, pero de curioso modo. Es lo que nos relata el músico y periodista Gonzalo Planet en “Se oyen los pasos”, investigación sobre la historia del rock chileno entre 1964 y 1973. Un libro que este año se reedita, incluyendo un CD compilatorio de las bandas que dan vida a sus psicodélicas páginas.

Lo que impusieron los Beatles ese 1964 fue un rock a secas –también llamado beat–  con canciones riesgosas, llenas de idealismo y rebeldía, bastante diferente a los sonidos demócrata cristianos que se silbaban por acá; acordes al nuevo presidente de la república que asumía, Eduardo Frei Montalva. Aquí se escuchaba el rock and roll de Elvis Presley o el orquestado de Los Ramblers. De desenfreno, nada. Fue Camilo Fernández, productor discográfico que por ese entonces veía cómo los jóvenes chilenos se llenaban los bolsillos con más dinero que sus padres, quien inventó la Nueva Ola. Un movimiento que contextualizó el rock and roll extranjero para que por fin los jóvenes deliraran con artistas distintos a la que escuchaban sus padres. Música en español, casi toda,  con artista que “retocaron pomposamente sus nombres” en inglés, como Pat Henry (Patricio Núñez) o Danny Chilean (Javier Astudillo). Interesante pensar que los que triunfaron llevaban sus nombres verdaderos, como Alfredo “Pollo” Fuentes, Fresia Soto o Cecilia “la incomparable”.

Lo que logró Fernández con su Nueva Ola fue consolidar el mercado musical nacional, activando un nuevo público consumidor, masivo, capaz de gritar por sus artistas, pedirlos en las radios, comprar sus discos y acabar en un día con los más de cien mil ejemplares de la famosa revista “Ritmo de la juventud”. Pero, ¿qué pasaba con la contracultura del rock?, ¿dónde estaba la rebeldía beat? Como bien describe Planet, “la Nueva Ola estableció un vibrante alboroto bajo estricto control adulto”. Sonido y postura complaciente, suave e inofensivo.

¿Dónde se podía, entonces, escuchar las canciones de los Beatles y los Rolling Stone? De Plaza Italia para arriba. Había que pertenecer a la elite para viajar al extranjero y comprar discos, o bien,  pasearse por el puerto de Valparaíso, como lo hicieron los hermanos Mac-Iver, fundadores del grupo Los Mac’s, quienes intercambiaron discos con extranjeros y vieron por primera vez una guitarra eléctrica en un bar de marinos. Fueron muy pocos los medios nacionales que se atrevieron a darle cabida a la música beat. A los músicos se les tildaba de raros, jipies, drogadictos. maricones.

Fotografía: Gonzalo Planet | www.contiendanacional.cl

Fue así como la difusión del rock o beat chileno tomó formas poco convencionales para darse a conocer. Los festivales de colegios particulares y las fiestas de ingreso a sociedad de las chicas de quince  fueron las que solventaron a las incipientes bandas. En una época en la que los equipos de alta potencia aún no llegaban, las familias adineradas contrataban a los conjuntos favoritos de la festejada. “Era una fuente de trabajo enorme que hoy día no existe”, asegura Eduardo Gatti, por ese entonces guitarrista de la banda The Apparition. Las que hoy día son las clínicas de la calle Pedro de Valdivia, recuerda Willy Morales de Los Mac’s, eran mansiones gigantescas en donde se hacían fiestas lujosas que les dejaban mucho dinero.

Ya para 1967, cuando las disqueras se percataron que financiar a las orquestas que acompañaban a los artistas de la Nueva Ola era un riesgo de pérdida económica, los músicos beat consiguieron su espacio para grabar: eran solo cuatro o tres chicos, con sus propias guitarras, que traían sus temas ensayados. Fácil, barato. Eso sí, se les obligaba a grabar covers de bandas como Los Rolling Stone, The Who o los Beatles, tras luchar bastante para agregar uno o dos temas propios.  Fue ese mismo año en que se inauguró la carpa Circo a Go-Go, centro de reunión e intercambio musical, en donde se podía bailar y gritar con las actuaciones de Los Beat 4, Los Jockers, Los Mac’s o Los Picapiedras.

La carpa circo a Go-Go, ubicada en lo que hoy es la rotonda Pérez Zujovic y luego en calle Francisco Bilbao, reunía entre quinientos y dos mil chicos con sus mejores pintas rebeldes.  Lo mismo pasaba en el Drive In de Los Portones de Vitacura, sede de Los Mac’s, banda de tal éxito que logró comprarse una casa rodante instalada en la heladería Coppelia de calle Las Palmas, Providencia, para promocionar su música. “Son los mismos que vivían en Las Condes”, recuerda Willy Morales, “y que hoy día son los políticos de derecha. También venían todos los gringos del colegio Nido de Águilas (…) Chile estaba lleno de norteamericanos de la CIA…habían muchos y los hijos de estas personas, que no tenía nada que ver con sus padres, iban al local [Los Portones…]y les gustaba nuestra música”. Sin embargo, en este espacio, como en otros de su especie, no se vendía alcohol. Rock a la chilena, de diecinueve horas a una de la madrugada.

Fotografía: Los Jockers | http://miradachilena.blogspot

Ser hombre melenudo y usar camisas floreadas en el Chile machista y conservador de 1967 era cosa de valientes. Bien lo saben Los Jockers, primera banda beat que llevaba el pelo largo de verdad, no como sus colegas Los Larks que usaban pelucas. La banda, liderada por Sergio del Rio, se inspiró en una fotografía de los Rolling Stone para tomar su look, el que demoró seis meses recluidos en una sala de ensayo, esperando que creciera el pelo y agarraran actitud. Pero pronto, al salir al mundo, Los Jockers se dieron cuenta que habrían algunos a los que no les gustaba su presencia. Uno de sus integrantes casi fue linchado cuando se le ocurrió salir solo, con su estilo beat floreado, a dar una vuelta por el Coppelia. “Nos gritaban ¡maricón!, ¡degenerado!”, recuerda del Río, “nos poníamos de acuerdo para salir de tres o cuatro amigos, todos juntos”. La intolerancia llegó a su grado extremo cuando Los Jockers fueron invitados a tocar a La Serena. En la noche, un grupo de cincuenta encapuchados entró a su improvisado dormitorio en un liceo. Venían ataviados de tijeras y máquinas de afeitar para cortarles sus largas cabelleras rockeras.  La atemorizada banda puso una denuncia, agarraron sus maletas y tras las disculpas del alcalde de La Serena, aceptaron subirse al escenario. Esta vez, los pelados Jockers cubriendo sus cabezas con excéntricos turbantes.

Curioso, que ese mismo año, Los Jockers fueran invitados por el Presidente Eduardo Frei Montalva a tomar once. Quería felicitarlos por haber logrado el recórd mundial de tocar 53 horas y media sin parar. Los raros tomaban un sitial y por primera vez un grupo rock visitaba el Palacio de la Moneda. Ahí, de  Plaza Italia para abajo.

El autor:

Constanza Iglesias. 32 años, periodista, ex redactora radial.

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