El día en que una monja me pidió disculpas

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Alejandra Toro nos ofrece una nueva Historia de Lectura, nuestros relatos que comparten caminos hacia la lectura. Ilustra Sandra Rebolledo. 

El día en que una monja me pidió disculpas

Ilustración: Sandra Rebolledo | Arrocito corazón https://www.facebook.com/amorcito.corazon.397?fref=ts

Recuerdo que estaba en sexto o séptimo básico y teníamos prueba de Religión. En cualquier ramo el sistema siempre era el mismo: terminábamos de responder, entregábamos nuestra hoja y en los días buenos, nos dejaban ir al patio hasta que la última niña del curso acabara. Los días fomes, simplemente debíamos volver a nuestro puesto y quedarnos en silencio hasta que todo el curso estuviera listo. De más está decir que todas preferíamos ir al patio a conversar, pero no siempre se podía, dependía del ánimo del profesor de turno.

Le decían hermana Brisa, nunca me voy a olvidar de su nombre. Era una monja joven, no debía tener más de 35 años, muy menuda y con pelo de color indeterminado porque siempre la vi con el traje de monja gris y la cabeza toda cubierta.

Nunca he sido de esas personas que se demoran mucho en responder en las pruebas. Si sé la respuesta contesto en poco tiempo y si no la dejo en blanco, pero nunca me he quedado pegada en alguna pregunta dándole mil posibles soluciones. Tampoco vuelvo a repasarlas cuando estoy a punto de entregar la prueba. No es la mejor virtud porque a veces en el repaso se pueden encontrar errores y corregirlos, pero nunca me ha gustado volver sobre lo que ya hice. Por eso casi siempre era la primera en quedar desocupada.

Ese día terminé mi prueba, se la entregué a la hermana Brisa y me mandaron de vuelta a mi puesto con la orden de quedarme quieta y en silencio. Pensé que me iba a aburrir cuando me acordé que había pedido un libro en la biblioteca y podía usar el tiempo leyéndolo. Era “La amortajada” de María Luisa Bombal. No llevaba ni dos páginas cuando siento que la hermana me quita el libro y con cara severa, me reta por no haberle hecho caso. No dije nada, pero para mis adentros pensé en cuál era el problema si no estaba haciendo ruido ni distrayendo a mis compañeras. Leer no tiene nada de malo.

Terminó la clase y la monja se llevó mi libro. Horas más tarde me informaron  que lo fuera a buscar porque estaba requisado en Inspectoría. Sí, requisado. Al parecer había cometido una falta gravísima. Con una cara que no supe definir si era de regaño o comprensión, la inspectora me dijo que para la próxima hiciera exactamente lo que decía la hermana.

Me molestó el asunto, pero lo olvidé rápido. Pasaron unos días y me encontré con la monja en el patio. Me pidió disculpas por haberme quitado el libro, me dijo que había cometido un error y que yo no estaba haciendo nada indebido. Me sorprendió y no dije nada, sólo asentí con la cabeza. No todos los días las monjas te decían algo así.

Había olvidado por completo esa historia, pero hoy en el metro vi a alguien leyendo “la amortajada” y el recuerdo vino de regreso como si hubiera ocurrido ayer. Es curioso cómo funciona la memoria. Nunca supe qué fue de la hermana Brisa ni qué habrá pasado por su cabeza para pedir disculpas considerando que las monjas suelen ser muy arrogantes, pero ahora, con el paso de los años valoro mucho su gesto.

El autor:

Alejandra Toro | Periodista, amante de los gatos, los libros, las películas, las canciones de Queen, los diarios y las revistas. Vivo en Santiago, tomo metro todos los días y aprovecho de leer en los trayectos, pero con lo apretado que está es cada vez más difícil. Tengo un blog por si sirve el dato: http://elblogdealerecargada.wordpress.com

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