¿Leer o no leer?

Fomento lectorPortada

La lectura como deber, la preocupación por los que no leen o la generación de iniciativas diversas que promueven leer por gusto, suponen -quizá- un sentido a la promoción de esta actividad cultural. Mario Valdovinos se pregunta por ello, ¿leer o no leer?.  

¿Leer o no leer?

La pregunta se repite en las últimas décadas: ¿Leer o no leer?

Si la respuesta es afirmativa, ¿para qué puede servir enfrascarse en un acto solitario, que lleva a lo menos dos horas, ensimismado, narcicista, aburrido e inútil? Si se busca entretenimiento, la gran obsesión de los años posmodernos, del capitalismo financiero, de la última revolución industrial que dio paso a la marea tecnológica, la respuesta es una negativa rotunda. Los celulares reemplazaron a cualquier otro invento o situación que pudiera proporcionar alegría al instante. Con el aparatito mágico, portable, se pueden llenar todos los momentos de vacío, eliminar los bostezos, las tardes de domingo, las horas muertas, los ocios, las situaciones estériles, esas que en abundancia nos caen a todos como meteoritos o estrellas en la cabeza.

Si ya están instalados inventos como el cine, la TV, ahora la Internet, es muy difícil que el grueso de la población acuda a un libro que requiere, además, concentración, silencio, apartamiento. También respetables niveles de comprensión lectora, no muy abundantes en nuestro país. Por otro lado, y estamos hablando del soporte papel, al parecer en franca retirada, frente a los formatos digitales, los tablets, la lectura sobre la pantalla del notebook, sin duda una transformación radical que, para sus fans, es capaz de reemplazar el encanto de la página, el tacto del papel, el olor del libro impreso, la mirada sobre sus líneas de palabras ordenadas como ejércitos. Frases, párrafos, mundos, fantasías.

Ilustración: www.biblogtecarios.es

En el metro casi no se ven personas leyendo. Mujeres maquillándose, hombres que dormitan para disminuir el cansancio de agotadoras jornadas laborales, mientras gran parte de los pasajeros digita sus celulares, envía mensajes de texto, revisa el e-mail, conectados a programas, como si debiéramos estar siempre disponibles, on line, requeridos, sin un instante para borrarse, desaparecer y volverse un habitante menos de la superpoblada capital. ¿Bajando tal vez un libro?… difícil.

El libro, desde su masificación a partir de la imprenta de Gutenberg, hacia 1450, condenó a los manuscritos, llenos de información, a la biblioteca. Allí estaban atesorados en los monasterios por la Iglesia que monopolizaba y ocultaba el conocimiento, ese que la mitología había condenado en los mortales porque los podía acercar a Dios, dándole a la sabiduría un carácter exclusivo y reduccionista. Los monjes, ateridos de frío, copiaban, replicaban sin descanso, a la luz de velas de sebo, manuscritos archivados y polvorientos, que envejecían a merced de la humedad, de los insectos y de las ratas. Ahora las historias que cruzaban la mente y el corazón de hombres y mujeres podían llegar a todos, por lo menos a los alfabetizados; los demás, escuchaban. El palimpsesto, copia en cuero u otro material resistente, escrito varias veces, un texto sobre otro, se copiaba a mano, con caracteres góticos, barrocos, con ilustraciones, los preciosos libros miniados de la época medieval, bestiarios, manuales y florilegios de zoología fantástica, colecciones de cosas inexistentes, libros de horas o de oraciones, y ocultaba códigos cifrados, fórmulas, alquimias verbales, intuiciones esotéricas, brujuleadoras, enceguecedoras, herméticas.

Está claro y probado que la cultura no es exclusivamente libresca, se puede ser culto sin leer libros, pero ¿se puede de verdad serlo sin leer nada o leyendo sólo fragmentos de textos?  El dato empírico señala que es posible vivir en perfecta paz interior sin apetecer los libros; también lo es alcanzar reconocimiento profesional y éxito económico sin pasar jamás la mirada por páginas impresas, ni cargar volúmenes en los bolsillos, ni acumular libros en estanterías dentro de la casa (se les solía llamar bibliotecas), ni prestarlos, ni perderlos, ni extrañarlos, ni adorarlos, ni ignorarlos. Sin volver a sentir lo que Borges llama en su dedicatoria  a Leopoldo Lugones del libro El hacedor: “La gravitación física de los libros” ¿Puede tener atractivo un espacio, una residencia, la morada del ser, sin libros como ornamento, como herramientas, como objetos refulgentes?

Ilustración: www.culturamas.es

Estamos al borde de tirar por la borda todos los libros y sin culpa alguna  Deberíamos hacer una pira en el patio, no en la calle, para no reverenciar a las ideologías totalitarias que los quemaron de esa forma, como el bombero Guy Montag de Farenheit 451, la profética novela de Bradbury. Rara vez o nunca aparecen en los medios de comunicación. No ocupan espacio alguno, los momentos que sobran en la TV, innumerables, se rellenan con más accidentes, más crímenes, más realities, más asaltos, más farándula, más fútbol, más transmisiones en directo sobre la salida y llegada de los automovilistas hacia la quinta región en los fines de semana largos; o el aumento de la carne, los pasajes y los mariscos en Semana Santa y el Dieciocho de septiembre. No hay autores ni autoras en pantalla, el público no sabe siquiera si viven. Ni pintores, ni músicos, ni cineastas; ni filósofos, ni ensayistas, ni bailarines, ni escultores. Gonzalo Rojas produjo durante más de medio siglo el portento de su poesía y pocos se enteraron en su país natal. En Lebu, donde nació, lo sabían y lo declararon Hijo Ilustre, tal vez para echar por tierra el refrán, nadie es poeta en su tierra, pero dificulto que lo hayan leído en abundancia. Fue más reconocido en Europa, en España. Nadie es muy visible en su tierra, de acuerdo, pero el vate fue objeto de galardones extraordinarios.

Da la impresión que la lectura de libros es una pasión de élite, de minorías, como escuchar música en vinilos, tal vez de la inmensa minoría; de chicas nostálgicas y adolescentes tímidos; de jubilados y escritores; de periodistas culturales y damiselas hastiadas de todo. ¿A qué seguir con el empeño de masificar lo que jamás fue masivo? Tal vez lo haya sido en los períodos áureos, los de la literatura oral, cuyo soporte, lo sabemos muy bien, es la frágil memoria. Por ejemplo, los cantares de gesta, las epopeyas, los poemas épicos, el romancero, las coplas satíricas y burlescas, los cantos de enamorados, los difunde el viento; además los poetas populares, los juglares, los ciegos de callejón, los músicos errantes, los saltimbanquis, y a esa literatura remota  también se la lleva y la borra el  viento.

Fotografía: www.bloggorium.com

“La carne es triste, ay,  y todo lo he leído”, dice el poema Brisa marina, de Mallarmé, y el príncipe Hamlet solía caminar por los pasadizos del castillo de Helsinor, en el lejano reino de Dinamarca, con un libro en sus manos, ironizando su contenido, mientras repetía junto al eco de sus pies: palabras, palabras, palabras… Claro, si importaban mucho menos que los hechos ocurridos a sus espaldas, que se precipitarían muy cerca de su cara en los días venideros.

Mientras tanto, ahí están los libros, esperando despertar de su  sueño profundo, con el tacto de las manos y de los ojos de los lectores. Ofelia, Emma Bovary y Julieta aún no se suicidan; Nora sigue sometida al orden patriarcal; Aldonza Lorenzo no sabe que un hidalgo loco la convierte en sus sueños en una dama; Jaun Pablo Castel prepara el cuchillo para asesinar a María Iribarne; alguien obtuvo, al fin, una foto del coronel Aureliano Buendía y la difundió por internet, y a través de los campos de trigo sembrados por los indios en Temuco y Curacautín vieron pasar al poeta Jorge Teillier,  rumbo a  la estación de Lautaro, a esperar la llegada del tren que le trae cada semana la revista El Peneca.

El autor:

Mario Valdovinos | No nací en Valparaíso ni estudié en el Instituto Nacional, como me habría gustado, sino en Santiago y en el Liceo N. 6, Andrés Bello, de San Miguel. Tuve una infancia solitaria y feliz en las barriadas de la capital y, especialmente, en los cines. Allí me (de)formé: en la calle, en los rotativos y en la U. de Chile, donde estudié literatura y filosofía, vale decir, vocación temprana y eterna por lo inútil. Escribo hace rato narrativa y teatro, crónicas y crítica literaria, doy clases en colegios y universidades privados. ¿Privados de qué?.Vaya a saber. Soy acuariano hasta la muerte, dramaturgo y actor. Lo demás, espero que harto, se hace día a día.

Dejanos tu comentario