Mi papá leía harto

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Hoy, Miguel Rodewald escribe su historia de lectura y la de su padre, quien después de jubilado partió como “lector contratado” e hizo del hobby su vida. Ilustra Enita Cortés. 

Mi papá leía harto

Ilustración: "Olivetti", de Enita Cortés | http://www.flickr.com/photos/lasrtasinestesica/

Como una buena familia de clase media, toda actividad cultural y académica se hacía en el comedor. Ahí realizaba yo mis tareas a regañadientes, con un ojo en el cuaderno y otro en la teleserie de turno, o en las series de TV de los ’90 como “Salvado por la Campana”, “Parker Lewis Ganador” y otros. Ahí estaba siempre mi papá, jubilado, leyendo alguna cosa y escribiendo manuscritos en hoja carta para pasarlos a la máquina de escribir Olivetti mientras fumaba sus cigarrillos Advance[1].

Cualquier expresión literaria parecía ser buena para él. Podía llegar del colegio y verlo enfrascado en un pulp[2] de cowboys o de detectives privados, o quizás un libro denso de historia; recuerdo “La caída del tercer reich” de William Shirer, un voluminoso best seller de abogados tipo John Grisham. Otra vez estuvo mucho tiempo digiriendo una copia de “Los Bastardos de Voltaire”. Incluso, leyó los tres tomos de “The Lord of the Rings”, de Tolkien, en una semana[3].

Mi papá tenía su propia pila de novelas y folletos, pero una conversación casual lo convirtió en un lector hardcore: mi madre trabajaba como secretaria en la industria local del pueblo y el dueño de la empresa, un norteamericano llamado Henry, le preguntó a qué se dedicaba su marido ahora que estaba jubilado. Mi madre le respondió: él lee el diario, hace el puzzle de La Tercera[4] y trata de leer uno que otro libro. Henry le contó que él y su señora tenían una cantidad enorme de libros, tantos, que ni siquiera habían tenido el tiempo de leer ni una pequeña porción de ellos. Al día siguiente, mi madre llegó a casa con “Clear and Present Danger” de Tom Clancy.

A partir de ese momento, empezó un ciclo de años en el cual mi papá leía las dos o tres novelas que le enviaban a la semana, para después devolverlos junto a flamantes resúmenes de una plana tipiados a máquina. Se crea una simbiosis: Henry, contento de poder saber de qué se trataban sus libros; mi papá entretenido y, lo mejor, funcionando. “La verdadera muerte, es cuando uno deja de funcionar hijo, cuando uno vegeta, como esos viejitos que se sientan afuera de la casa”, me decía.

La alianza entre este matrimonio y mi padre se acabó cuando nos mudamos a Santiago por mis estudios. Mi padre volvió a sus viejos libros favoritos y enciclopedias (que leía de cabo a rabo). Los leía y releía. Y yo empecé a agarrar curiosidad por las novelas en los primeros años de mi adolescencia. El mismo interés ecléctico, el mismo sehnsucht[5], por aventuras en tierras exóticas, en países donde se hablan distintos idiomas a la vez. Esa fiebre haría mi vida adulta.

Mi Papá falleció el 12 de Enero de 2000, en el Hospital Salvador. Cuando fui a buscar sus cosas, estaba la novela “El Día del Chacal” de Frederick Forsyth. La estaba leyendo por enésima vez.


[1] Advance es una marca de cigarrillos chilena, lanzada en 1981, como la primera marca de bajos índices de alquitrán y nicotina. http://cl.ly/image/3y2F3N0B193G/1213805465395_f.jpg

[2] Llamados así porque estaban confeccionados en pulpa de celulosa, el pulp fue el vehículo de excelencia de la primera mitad del siglo XX para historias cortas en distintos generos, principalmente vaqueros, detectives y proto-superheroes como el fantasma y la sombra. Es considerado por algunos como el padre del comic book.

[3] Antes de su fulminante éxito de taquilla, el público chileno no estaba expuesto a historias de razas de elfos, enanos y dragones, no por lo menos, como lo acostumbrado el 2013. Este era dominio exclusivo de gente entusiasta del tema, en especial de aquellos que jugaban rol, como “Calabozos y Dragones” y otros. Leer a JRR Tolkien en el colegio era sinónimo de ser muy, pero muy raro.

[4] El puzzle de la Tercera hecho por J.O. Quién después ya firmaba abiertamente como Juan Ostoich. Mi papá me contaba que este era seleccionado nacional de basquetbol, quien ya jubilado, tenía como ocupación, confeccionar este pasatiempo de última página.

[5] El Sehnsucht, ingeniosa palabra alemana de múltiples capas, habla de una nostalgia por cosas que no han sucedido, por una pena desde el subconsciente. Con esa mirada hacia el infinito del mar, sin haber navegado, en busca de tierras lejanas.

 

El autor:

Nace en Iquique, crece en San Carlos, vive en Santiago. Trabajó en varios rubros. Ahora pitutea. Cree que las historias no se inventan, sino que los personajes son invocados y nos cuentan que les pasó.

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