Don Nicanor

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Mentor, bardo y sacerdote. El arte de hacer evocar, invocando sucesos mediante la palabra escrita. Un viaje en busca de una persona para reconciliar la vocación. “Don Nicanor”, cuento de Miguel Rodewald, ilustrado por María Cristina Pacheco.

Don Nicanor

Ilustración: María Cristina Pacheco

 

Mara me fue a dejar al Terminal de Buses. Desde la ventana del segundo piso del bus rumbo a Parral nos despedimos. Me manda un WhatsApp para desearme feliz viaje. El bus entra a la carretera. Reclino mi asiento, calzo mis fonos e invoco al arenero escuchando Ozric Tentacles.

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Desde la plaza hacia el norte. Un número de calles con nombres de prócer de la república. A la vuelta de la esquina, la casa con rejas blancas y jardín. El número 347. Mi mochila y en la mano una enciclopedia de grandes artistas. Golpeo la puerta. Me abre Jonathan. No saluda. Rápidamente vuelve a su pieza a terminar de ver Dragonball Z. Don Nicanor, sentado en su living, trabajando en su máquina de escribir. Cuando me ve se levanta para saludarme. Me da el cariño reservado para un viejo amigo, quizás para un nieto.

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La sexualizada adolescencia. Los estudios de leyes en la universidad. Un trabajo de goma en un estudio de abogados. Me voy de ahí, solo para entregar el alma en un holding. El matrimonio. Dos bellos niños. La independencia de mi propia oficina en Los Andes. Había olvidado mi niñez de Parral. Había metido en un baúl el recuerdo de don Nicanor. Hasta hace dos noches. El sueño fue intenso. Todavía puedo recordar los detalles. Estamos en la mesa con el caballero tomándonos un té con leche. Yo era el niño y el adulto a la vez. Esa clase de dualidades que sólo la dimensión onírica permite. No hablamos una palabra. Lo que teníamos que decirnos ya fue. Sin embargo don Nicanor rompe el silencio. Me pregunta cómo va lo mío. Se refería a la escritura.

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En mi casa no leíamos mucho. Mi padre llegaba cansado del trabajo, comía y se iba a dormir. Mi madre, por otro lado, tomaba encargos de costurera y se preocupaba, con ese celo que tenían las madres en los ochenta, de mi crianza y de mi hermana. Hizo un gran trabajo. Nos inculcaron una ética laboral. Sacar la pega y después hacer lo que uno quiera. Obtener el cartón y después darse la vida que uno cree merecerse. Fuimos buenos alumnos en el colegio y la universidad. Yo soy abogado, mi hermana, odontóloga.

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Don Nicanor escribe trozos de ficción de una hoja. Es análogo al concepto de los poemas breves japoneses haiku. Ahora, estos son trozos de ficción. Como hacer zapping en el televisor viendo películas. El escritor extrae una idea, un momento que visualiza y lo describe con intensidad. En una hoja. Don Nicanor me habla de ritualización, de la magia de traer con palabras hechos a la conciencia colectiva. La palabra como generadora, la palabra como el acto de creación tiene hoy un rol sesgado en la concepción de mundo que conocemos. Esto último a pesar que la Gnóstica, la Cábala e incluso, la misma religión católica utilizan con fuerza la idea de la palabra como origen del todo. En el principio era el verbo, el verbo era con Dios y el verbo era Dios. En el mundo secular, las palabras son vehículos de evocación de ideas, pero pierden su magia. Contar historias ya no es invocar, sino endulzar mentiras. Es el cinismo al que nos encadena la ciencia.

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El mundo que compartía en las tardes con don Nicanor era mágico. No hablábamos de la realidad dura y pragmática. Discutimos de autores, de cómo varía la estética en el tiempo. De arquetipos que se repiten a través de diversos periodos. De modelos de personajes que se saltan generaciones para aparecer en otras. Leí lo que no te dicen en el colegio. Leí los textos que inspiran a los autores tradicionales. Me informé de los libros amarillos que discuten el ennui y que inspiran al Dorian de Wilde. Examiné análisis de obras germánicas en las que Tolkien se especializa y que llevan a la génesis de su mitología alegórica en El Señor de los Anillos. Don Nicanor me explica uno a uno quiénes son aquellos autores y textos que nombra Borges en sus obras (en una prehistórica época pre-wikipedia). Así pasa un año escolar, un verano leyendo clásicos y un medio año aprendiendo inglés a través de la poesía. La primera noche que pasé de largo con la linterna, en mi cama, la hice escribiendo a mano mi primer retazo de ficción.

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Despierto en mi cama. Prendo la luz. Mi madre despierta y va a ver que me pasa. Le digo que es una pesadilla. Ella contesta que me duerma, mañana hay colegio. No fue pesadilla, sino que uno de esos sueños tan reales, que requieren de un ejercicio estricto de la racionalización para poder distinguirlos de los hechos de la vigilia. En él, Yo era un adulto. Era una versión de Don Nicanor, pero joven. Estaba buscando la verdad, como escritor, a través de mis textos. Ritualizando a través de ficción, eventos para conectar infinitos mundos. Creando hechos de mi mente (¿o más bien invocando de dimensiones que no puedo precisar?), para que persistan y así intervenir el plano en el que existo. Logro mi cometido con éxito. Seré escritor. Continuaré la labor arcana que ejecuta mi maestro en su living, con su máquina de escribir. La motivación es fuerte. Quiero comunicarlo al otro día a mis padres. Mas no tengo la oportunidad. Es jueves. El lunes nos mudamos. Mi padre encontró un trabajo en Los Andes.

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Golpeo la puerta del 347. Me abre una señora que no conozco. Me identifico y pregunto por don Nicanor. Me responde que no sabe de tal nombre. Ella vive hace 7 años ahí. A quien ella le compró la casa, el nombre no reconozco. No tiene que pasar un siglo para que las personas se olviden. Los vínculos con los cercanos son los que te mantienen vivo. Si desaparecen, no eres ni siquiera historia. Ahora solo queda un recuerdo, un sueño, una idealización. Quizás es mejor así.

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Ya de vuelta en Los Andes. Es de noche. Mara me espera con los niños. El abrigo con las solapas hacia arriba. Mi cara es la información completa de como me fue. Sin embargo, hay serenidad en mi mirada. La circunferencia alcanzó su punto de origen, eso Mara puede percibir, y eso la tranquiliza. Es la magia de Uno en el cuerpo de Dos. Levanto a Martina, mi hija. Está soñolienta. Mi mujer empuja el coche con Vicente. Vamos a casa.

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El autor:

Nace en Iquique, crece en San Carlos, vive en Santiago. Trabajó en varios rubros. Ahora pitutea. Cree que las historias no se inventan, sino que los personajes son invocados y nos cuentan que les pasó.

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