Doble sentido

Historias de LecturaPortada

Gisela Valenzuela nos ofrece su “historia de lectura”, el encuentro con palabras que sonrojan a las maestras y sacan sonrisas a quienes descubren cómo usarlas. “Doble sentido”, ilustrada por Enita Cortés.  

Doble sentido

Ilustración de Enita Cortés | http://www.flickr.com/photos/lasrtasinestesica/

Eran tiempos de vacas flacas, a mi papá lo habían despedido de la pega, me acuerdo de que en la casa en esos días reinaba una atmosfera de terror, más ilusoria que real, porque mis abuelos estaban vivos y no permitieron que la comida faltara en la mesa, pero aún así, la cesantía se hizo sentir y la familia pasó un par de vergüenzas y penas.  Me acuerdo que unos señores llegaron a la casa para llevarse el VHS y una radio que teníamos. También me acuerdo de cómo se me caían las lágrimas y los mocos cuando me dijeron que me iban a cambiar de escuela, que el tío Jorge ya no me iba a ir a buscar en el bus nunca más y que de ahí en adelante me iba a ir a la escuela en citroneta. Sí, en citroneta, porque mi madre pensaba que yo aún no tenía edad para irme sola a pesar de que la escuela nueva quedaba a pocas cuadras.

Había pasado a cuarto básico, tenía 9 años en la cabeza y en el carnet, pero mi estatura era la de una chiquilla de 13 o 14 más o menos, alta para mi edad, eso era lo que me decían. Quizás fue por una cuestión de estatura que la Priscilla generó una especie de afinidad conmigo.

La Priscilla era mi compañera de banco, a las dos nos sentaban atrás porque éramos las más altas del curso, una de las pocas cosas que teníamos en común. Priscilla tenía 16 años y no había logrado pasar de cuarto básico, le pegaba a los compañeros, a mi me ahorcaba de vez en cuando y tenía ademanes bruscos. Le tenía miedo. Aunque éramos del mismo porte, ella me llevaba ventaja porque yo era pánfila… me faltaba calle.

Recuerdo que nuestra profesora jefe, que estaba a punto de jubilar, nos hacía todas las asignaturas, incluso gimnasia. Era divertido ver cómo esa señora nos ponía en fila para jugar con aros y pelotas de plástico, vestida con falda, blusa y tacos altos, siempre preocupada de que no se le corriera el punto de las medias.

La escuela no tenía muy buena fama, no tenía muy buena infraestructura y no tenía muchos profesores. Con los años las cosas fueron cambiando, pero en los tiempos en que yo me ponía jumper para ir a la Arturo Lowey, los cabros iban a clases con cuchillo cartonero y en mi curso, cada vez que un par de niños se agarraba a combos en clases, el resto se subía arriba de las mesas y gritaban: ¡Queremos sangre!

A pesar de que el ambiente era algo violento, con el tiempo me fui adaptando: conocí a los compañeros, las niñas me dejaban jugar al luche, al avioncito, al elástico, intercambiábamos láminas. Descubrí que los papás de la Priscilla eran pescadores, que a ella le gustaba coleccionar esquelas, ayudar a su mamá a cocinar, que tenía amigas más grandes que yo y que si uno le prestaba algo de oreja en la clase de Castellano, ella dejaba de ahorcarte en los recreos.

Durante el tiempo que estuve en esa escuela no recuerdo haber aprendido mucho de ninguna de las materias que te pasan en la básica. No me iba mal, pero mis aprendizajes durante ese año pasaron rapidito por los libros para detenerse en el gesto, en la mirada, en la talla, en la risa fácil, en la respuesta rápida, en la polisemia.

Recuerdo muy bien una tarde en que, después del recreo, entré a la sala y mis compañeros estaban escandalizados, entraban y salían, se tapaban la boca, se reían, cuchicheaban, se decían cosas al oído. El aire estaba lleno de risitas de cabro chico.

Al fondo de la sala en un rincón estaba parada la Priscilla, la miré con el ceño fruncido y le pregunté:

—¿Qué pasa?

Con una sonrisa en el rostro, ella levantó el brazo para señalar la pizarra. Ahí estaba la palabra, cuidadosamente escrita, con letras blancas, enormes, tan grandes que llenaban todo el panel de color verde.

—Dice pico —le dije.

—¡Ooh! —gritaron los compañeros al unísono.

—¿Qué es lo que dice? —me preguntó uno de ellos.

—Pico

—¡Aah!  ¡Jajajajajajajaja!

La sala se llenó de carcajadas, las niñas me miraban con ojos bovinos. El espacio era puro  gorgoteo.

—La profe va llegar luego —dijo una de ellas mientras salía de la sala.

Yo no entendía lo que pasaba. Ahí estaba parada, entre el pico y los bancos de la salita B3. Entonces repetí,

—¡Pico, dice pico! El de los pajaritos… ¿que vuelan? —dije, agitando las manos, para simular un batir de alas, totalmente consternada.

La sala se quedó en silencio, los compañeros que aún estaban adentro salieron. Solamente quedamos Priscilla y yo, con las manos todavía en el aire. Entonces ella preguntó:

—¿De verdad no sabes?

—¿Qué cosa?

—Lo que pasa es que pico también significa otra cuestión —respondió en voz bajita lanzándome una mirada pícara. Luego se acercó y me susurró al oído el otro sentido del término.

—Uuuh… ¡Ah, ya! ¡Jajajaja! —reaccioné, una vez que me fue revelado el misterio. Ahora la risa era compartida.

Cuando el libro de clases golpeó la mesa, se acabaron las risas también de golpe.

—¡¿Quién escribió eso ahí?!

—¿Qué cosa? —preguntó Priscilla

—¡Eso que usted ve en la pizarra! —gritó indignada la señorita Inés.

—¿Eso que dice en la pizarra? —volvió a preguntar Priscilla.

—¡Sí, no se haga la tonta! ¿Qué no lo lee? ¡A ver, léalo!

—Dice pico —respondió.

—Sí, dice pico, el de los pajaritos, que vuelan —agregué, y volví a batir las manos.

La sala se quedó muda. La profesora tomó el borrador y lo frotó lentamente sobre el pizarrón, desvaneciendo la palabra poco a poco, luego nos miró a las dos y sin emitir sonido se acercó a la puerta y llamó al resto de los niños para que entraran. No hubo anotación en el libro de clases, tampoco hubo castigo, por razones obvias, pero desde ese día en adelante no volvieron a quedar pedazos de tiza en el borde de la pizarra y durante los recreos la sala se cerró con llave.

El autor:

Gisela Valenzuela, 1983. Trashumante, Valparaíso-Santiago/Santiago-Valparaíso. Ama la música, las aceitunas, el mar del invierno, los libros y la gente cuya pauta es no tener pauta. No cree en la madurez porque le gustan las manzanas verdes y espera que al cumplir los 50 todavía le digan que es cabra chica.

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