De la ingenuidad a “La resistencia”

Historias de LecturaPortada

Joaquín Pérez comparte con Terminal su historia de lectura, recordando el momento en que, insomne de fascinación, se encontró con la literatura. Que ésta puede tener alguna utilidad es algo discutible. Joaquín tiene una personal respuesta, surgida leyendo a Sábato. Ilustra esta historia Consuelo Tardones.

De la ingenuidad a “La resistencia”

Ilustración: "La resistencia" - Consuelo Tardones | http://www.flickr.com/photos/bachaca/

Estaba cansado por el largo día de trabajo, mientras revisaba mis últimas cosas para irme, al fin, a mi casa. De pronto noté que estaba todavía aquel libro de opaca portada, “La resistencia” de Ernesto Sábato, en la misma posición que yo, antes, y muy despectivamente, lo había dejado. Apagué la tele; terminaban las noticias. Y no sé por qué, ni cómo, ni para qué; pero tomé el libro y leí su contratapa. Decía algo como: “Ernesto Sábato lanza un mensaje esperanzado al océano de individualismo y pobreza existencia en el que navegamos por estos tiempos. Y su palabra es un llamada a la capacidad de resistir”.

Me llamó la atención que alguien propusiera un grito desesperado hacia un mundo muy similar al que yo veía, y me parecía de sobremanera curioso que existiera un libro que abordara un problema actual, con la seriedad que lo merece y con amplitud que se requiere para hacerlo.

Hasta antes de eso, siempre creí que la literatura era muy banal para entender el mundo. Criado en base a una filosofía utilitaria, donde todo debe tener rédito, no comprendía la finalidad que tenían los libros, que no enseñan nada más que una historia ficcionada, con personajes que no son reales y que no hacen nada más que lo que su autor propone. Veía la literatura como la proyección creadora de un hombre que aspiraba a ser el Dios de su mundo y que podía hacer y deshacer todo lo que se pretendía, porque no aguantaba su existencia de ser criatura y buscaba, por los medios que mejor y más fácil le resultaran, un camino hacia su propio deísmo.

¡Que error más grande!

Y aún hay más. Me dediqué a la historia, me matriculé en la misma disciplina, y cada vez me confirmaba mucho más que este oficio tenía una finalidad útil importante: permitía comprender la sociedad, al hombre en su desenvolvimiento continuo a lo largo del espacio temporal, las respuestas culturales del bajo pueblo, la maquinaria de explotación de una oligarquía mercantil, a las comunidades en su mediación entre el Estado y su localismo, etc. Suma y siguen aspectos que me decían que la historia era la madre de las ciencias sociales. Bueno, aún creo eso, pero con ciertos detalles.

Llegué a mi casa, desenvolví el libro de ese nailon que le colocábamos a los libros un poco más importantes –en este caso, los libros que eran para adolescentes o adultos sin importar que fueran originales o pirateados-, y lo hojeé mientras esperaba el hervir del agua para mi mate diario.

Leí por ejemplo: “Todavía podemos aspirar a la grandeza, Nos pido ese coraje. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que –únicamente- los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana”. ¿Valores del espíritu? ¿Existen todavía? Después de Auschwitz, después de los diversos genocidios que ha habido por el mundo, después de las crudas dictaduras latinoamericanas, después de Vietnam, después de todo eso y más ¿puede hablarse, todavía, ingenuamente, de que existe un espíritu en cada uno de los hombres? Me sobresaltó demasiado este simple párrafo, y comencé a leer desesperadamente aquel libro, como si aquellas páginas tuvieran todas aquellas respuestas a las preguntas que habían sido desterradas al más terrible de los ostracismos en el terrible inconsciente. La esperanza en la humanidad, aquello que había asesinado hace tiempo por culpa de la historia, Sábato me la estaba devolviendo con una cachetada de voluntad, de humanismo, de conciencia y, por sobre todo, con Literatura.

Esa noche no dormí. Leyendo el libro, re-leyéndolo, analizándolo y, como si fuera poco, consagrándolo en mi vida como uno de los mejores que he leído. Renací ante un mundo que yo mismo había esquivado. Desde ese entonces no he podido parar de leer lo que antes no supe apreciar, y me doy cuenta de lo errado que estuve cuando deseché cada libro que hoy devoro en una noche. Si es que los libros abren mundos, permiten viajar, reencontrarse con uno mismo y muchas cosas más, se los dejo a los demás. Por mi parte, puedo asegurar que he podido comprender mucho mejor al hombre -esa especie a veces inanimada pero real- con la ayuda y el soporte de la literatura, y no hay ahora quien me pueda comprobar lo contrario. Por lo mismo, en vez de conocer a alguien por ‘whatsapp’ en la micro, prefiero hacerlo con una buena obra de un gran escritor de todos los tiempos.

No puedo despedirme sin dejarles un último trozo de humanidad:

“Los hombres encuentran en las mismas crisis la fuerza para su superación. Así lo han mostrado tantos hombres y mujeres que, con el único recurso de la tenacidad y el valor, lucharon y vencieron a las sangrientas tiranías de nuestro continente. El ser humano sabe hacer de los obstáculos nuevos caminos. Porque a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer. En esta tarea lo primordial es negarse. Defender, como lo han hecho heroicamente los pueblos ocupados, la tradición que nos dice cuánto de sagrado tiene el hombre. No permitir que se nos desperdicie la gracia de los pequeños momentos de libertad que podemos gozar: una mesa compartida con gente que queremos, una caminata entre los árboles, la gratitud de un abrazo. El mundo nada puede contra un hombre que canta en la miseria”.

El autor:

Joaquín Pérez | Estudiante de Pedagogía en Historia y Ciencias Sociales, Universidad Alberto Hurtado. Lector compulsivo en la medida que la universidad y mi salud me lo permiten. Profesor del Preuniversitario Popular “Agogé” en Quilicura e incipiente escritor de reseñas, columnas y cuentos.

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